Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 3

 


Mientras Scarlett apretaba el volante de su auto con los nudillos blancos, conduciendo hacia la casa de sus padres con el cuerpo aún tembloroso y el olor de Anderson pegado a la piel, Valery estacionaba su deportivo rojo frente a la casona de Pablo Ezequiel Lara. El motor se apagó con un ronroneo que fue devorado por el silencio de la noche. Al bajar, sus zapatillas blancas crujieron sobre la gravilla y sus ojos celestes se abrieron con sorpresa. La entrada de la casa, habitualmente desierta y sombría, estaba sembrada de autos deportivos, limusinas negras, vehículos de colección que brillaban bajo la luz de la luna como esculturas de metal y codicia. 


"¿Qué mierda es esto?", pensó, ajustándose instintivamente la camiseta blanca con ribetes rojos sobre el short de mezclilla celeste. Su ropa de gimnasio le resultó de repente obscena, fuera de lugar. Se dirigió a la puerta principal, pero antes de que sus dedos tocaran la madera, una voz a sus espaldas la detuvo. 


—Así no puede entrar, señorita Valery. 


Giró sobre sus talones. El mayordomo, siempre impecable, la observaba desde el costado del porche, medio oculto por las enredaderas que arañaban las paredes centenarias. 


—El abuelo me llamó —respondió ella, la barbilla alzada en un gesto de falsa seguridad. 


—Lo sé. Pero entre por atrás. Yo le daré ropa acorde. 


La guió por un sendero lateral, bordeando los muros de la casona, alejándose del rugido apagado de conversaciones masculinas y risas femeninas que escapaban por las ventanas iluminadas. Valery alcanzó a ver, a través de un ventanal, un destello de máscaras venecianas, de trajes oscuros y pieles desnudas. Una fiesta. Su abuelo daba una fiesta de máscaras y nunca le había mencionado nada. "Claro, qué iba a decirme. Yo soy la decepción de la familia, no su confidente". 


Llegaron a una entrada de servicio. La cocina estaba vacía, las hornallas apagadas, un contraste fantasmal con la ostentación del frente. El mayordomo le alcanzó una bolsa de tela negra sin pronunciar palabra. Valery la tomó. Al abrirla, sus dedos rozaron un tejido mínimo, sedoso, traicionero. Extrajo el contenido: un conjunto de lencería blanco, casi transparente, compuesto por un corpiño de encaje que apenas cubriría sus pezones y una tanga que no era más que un hilo dental. Tragó saliva. Un escalofrío le recorrió la columna. 


—El señor Lara dice que te lo pongas —la voz del mayordomo era neutra, sin rastro de juicio ni de lástima. 


Valery sostuvo la tela entre sus dedos. "Es por la herencia", se repitió, como un mantra. Pero sabía que era mentira. O no solo era por la herencia. Había algo más, algo oscuro y palpitante que había despertado aquella tarde sobre la alfombra persa y que ahora le aceleraba el pulso de una manera que no quería admitir. Sin decir nada, dejó la bolsa sobre una mesa de acero inoxidable y comenzó a desvestirse frente al mayordomo, que no apartó la mirada. 


Sus manos se deslizaron por el dobladillo de la camiseta blanca. La tomó de la nuca y tiró hacia arriba. La tela se desprendió con un susurro, dejando al descubierto su torso delgado, la cintura definida, el corpiño deportivo que le aplastaba los senos pequeños y erguidos. Se desabrochó el short celeste, la cremallera bajando con un chirrido metálico en el silencio de la cocina. La mezclilla cayó al suelo, un montículo de tela que apartó con el pie. Sus piernas estilizadas quedaron expuestas, largas, torneadas por horas de gimnasio. El corpiño deportivo fue lo siguiente; se lo quitó por la cabeza, y sus pechos, liberados, se alzaron con los pezones rosados ya endurecidos por el frío y la anticipación. Por último, el hilo dental que llevaba debajo del short se deslizó por sus muslos. Valery quedó completamente desnuda en la cocina de su abuelo, el cuerpo brillando bajo la luz fluorescente, una estatua de mármol joven y temblorosa. 


Tomó la lencería de la bolsa. Primero la tanga, un hilo blanco que se perdió entre sus nalgas duras y paraditas, el triángulo de tela mínima apenas cubriendo su sexo depilado. Luego el corpiño, que se abrochó en la espalda con dedos que ensayaban una firmeza que no sentía. El encaje le quedaba pintado, sus pezones marcándose a través de la transparencia, el blanco contrastando con el bronceado suave de su piel. Se miró en el reflejo de una ventana oscura: una criatura de encaje y carne, los ojos celestes demasiado abiertos, la sonrisa amplia ausente por primera vez en mucho tiempo. 


El mayordomo asintió y le indicó que lo siguiera. Valery caminó descalza por los pasillos alfombrados de la casona, sintiendo la caricia áspera de la lana bajo las plantas de los pies. La lencería era un segundo pellejo, una armadura frágil que le recordaba cada centímetro de piel expuesta. A medida que avanzaban, los sonidos de la fiesta se volvían más nítidos: el tintineo de copas, el rumor de voces graves, alguna risa femenina demasiado aguda. 


Cruzaron una última puerta y Valery entró en otro mundo. 


El salón principal de la casona había sido transformado en un burdel veneciano. Hombres con trajes oscuros y máscaras plateadas, doradas, negras, se arremolinaban entre sillones de cuero y mesas bajas repletas de licores. Pero lo que le heló la sangre fueron las mujeres. Jóvenes como ella, sin máscaras, algunas en lencería similar a la suya, otras completamente desnudas. Reían, jugaban, se sentaban en los regazos de los enmascarados, dejaban que manos anónimas recorrieran sus cuerpos. Un par de ellas bailaban en un rincón, sus pechos al aire moviéndose al compás de una música suave, sus caderas girando sin urgencia. El aire olía a alcohol caro, a perfume dulzón, a sudor y a un almizcle que Valery reconoció con un vuelco en el estómago: el olor del sexo. 


En el centro de todo, sobre un escenario bajo que dominaba la sala, estaba Pablo Ezequiel Lara. Sentado en un sillón que parecía un trono, vestía un traje negro impecable y una máscara veneciana de cuero que le ocultaba media cara. Sus manos, las mismas manos que habían sostenido el celular para fotografiarlas a ella y a Scarlett, descansaban sobre los apoyabrazos. No era un invitado. Era el rey. 


El mayordomo escoltó a Valery hasta el escenario. La hizo subir. Los ojos de los presentes, detrás de sus máscaras, se posaron en ella como una jauría silenciosa. Pablo ni la miró. Fue el mayordomo quien habló, la voz proyectada por la acústica del salón: 


—Esta putita tiene dieciocho años. Los que la quieran usar, les costará cien dólares. 


Valery abrió los ojos, el corazón golpeándole contra las costillas. Buscó la mirada de su abuelo, pero Pablo seguía ignorándola, sus ojos fríos recorriendo la sala como si ella fuera un mueble más. "Me está vendiendo. Cien dólares. Como a una cualquiera". La humillación le quemó las mejillas, pero debajo de esa quemadura, inconfesable, una ola de calor le bajó por el vientre y se instaló entre las piernas. Morbo. Admiración por ese poder absoluto que la reducía a una mercancía. Deseo prohibido de saber hasta dónde llegaría esto. 


No tuvo tiempo de procesarlo. Un hombre corpulento, máscara dorada y manos gruesas, se acercó al escenario. La tomó del brazo con una fuerza que no admitía resistencia y la apoyó contra el borde de la tarima, su torso desnudo presionando la madera pulida. Dejó un billete de cien dólares sobre el escenario, junto al zapato de Pablo, y de un solo tirón le rompió la tanga. La tela blanca cedió con un rasgado seco, dejando su sexo expuesto, húmedo ya contra su voluntad. 


Valery sintió los dedos del desconocido apartando sus pliegues, buscando la entrada. Un instante de resistencia, de músculos tensos, y luego la penetración. Un miembro grueso, caliente, que se abrió paso sin contemplaciones. Jadeó, las manos aferrándose al borde del escenario. El hombre no buscaba su placer; tomaba el suyo con embestidas profundas, rítmicas, que hacían temblar todo su cuerpo. Sus pechos pequeños, apenas contenidos por el encaje blanco, se sacudían con cada envión. El sudor empezó a perlarla, gotitas brillantes que resbalaban por su cuello, por su cintura definida, por sus piernas estilizadas que ahora temblaban sin control. Las nalgas duras y paraditas, esa parte de su cuerpo que tanto miraban en el gimnasio, chocaban contra la pelvis del enmascarado con un sonido húmedo, obsceno, que se mezclaba con la música de la fiesta. 


El desconocido la tomó de las caderas, clavando los dedos en su carne, y aceleró el ritmo. Valery sintió cómo el placer empezaba a construirse en su interior, un hormigueo que le subía desde el punto exacto donde él la llenaba. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados. La boca se le abrió en un mudo que era casi un rezo. El hombre la embistió una, dos, tres veces más, profundas, brutales, y Valery estalló. Un orgasmo que le nubló la vista, que le hizo arquear la espalda como un arco tensado, que le arrancó un grito que no se molestó en ahogar. Sintió cómo él también terminaba, un calor espeso derramándose en su interior, y luego el vacío cuando el desconocido se retiró, dejándola temblorosa, apoyada contra el escenario, el sexo goteando sobre la madera. 


No tuvo tiempo de recuperar el aliento. Dos billetes de cien dólares cayeron sobre el escenario, flotando por el aire cargado de perfume y sexo. Cuando levantó la mirada, dos hombres la esperaban. Uno era alto y delgado, máscara plateada; el otro, más bajo pero musculoso, máscara negra. Ni una palabra. La tomaron entre los dos, acomodándola como si fuera una muñeca de trapo. El de la máscara plateada se sentó en el borde del escenario, bajándose los pantalones, y empujó la cabeza de Valery hacia su entrepierna. Ella entendió sin necesidad de instrucciones. Abrió la boca y lo recibió, la mandíbula doliéndole al instante por el grosor. Su lengua trabajó con una destreza que ignoraba poseer, lamiendo la punta, recorriendo el tronco hinchado, mientras un hilo de saliva le resbalaba por la comisura de los labios. 


Al mismo tiempo, el de la máscara negra se colocó detrás de ella. La penetró sin preámbulos, una embestida salvaje que la hizo gemir con la boca llena. El sonido vibró alrededor del miembro del hombre plateado, que soltó un gruñido gutural. Valery quedó atrapada entre dos cuerpos ajenos, dos ritmos distintos que chocaban en su interior. El de atrás era brutal, sus testículos golpeando contra sus nalgas con cada envión, sus dedos aferrando sus caderas con la fuerza de quien reclama una propiedad. El de adelante le sostenía la cabeza con ambas manos, guiando el movimiento, empujando más hondo, ahogándola apenas. 


Ella estaba confundida, la mente partida en astillas. "¿Por qué me gusta tanto esto? ¿Por qué me excita que me usen así?". Pero no había tiempo para respuestas. Su cuerpo se movía solo, las piernas estilizadas abriéndose más, la cintura definida girando para recibir mejor cada embestida. Sus pechos, liberados ya del corpiño que alguien —no sabía quién— había desabrochado, se balanceaban hacia adelante y hacia atrás, los pezones rozando la tela áspera del pantalón del hombre plateado. El sudor le corría por la espalda, entre las nalgas, mezclándose con los fluidos que resbalaban por sus muslos. Los jadeos de los tres se entremezclaban, una sinfonía animal que ya no le parecía ajena. 


El hombre de atrás aceleró, sus dedos encontrando su clítoris, pellizcándolo con una precisión que la hizo gritar —un sonido ahogado por la carne que llenaba su boca—. El de adelante gimió y se vació en su garganta, un líquido salado y espeso que ella tragó sin pensarlo, por instinto, casi con gratitud. El de atrás la embistió dos veces más y también terminó dentro de ella, sumando su calor al reguero ajeno que ya le empapaba los muslos. Y en ese instante, con los ojos cerrados, Valery tuvo su segundo orgasmo. Lo sintió venir desde lo más hondo, una explosión que le contrajo todos los músculos, que le hizo apretar involuntariamente al hombre que aún estaba dentro de ella, que le arrancó un gemido largo y quebrado. Abrió los ojos en el clímax y, a través del velo del placer, buscó a su abuelo. 


Pablo Ezequiel Lara la miraba. Por primera vez en toda la noche, sus ojos estaban fijos en ella. Y en esos ojos, Valery no leyó lujuria, ni aprobación, ni desprecio. Solo un cálculo frío, una evaluación clínica. Ella le sostuvo la mirada mientras el orgasmo le sacudía el cuerpo, desafiándolo sin palabras, diciéndole "mirá lo que soy, mirá lo que hiciste de mí". Y se excitó aún más. 


La noche se volvió un carrusel de máscaras, de manos anónimas, de miembros que entraban y salían de su cuerpo. Valery perdió la cuenta de cuántos hombres la usaron. Diez, quince, veinte. Ya no distinguía rostros, solo máscaras que se alternaban, billetes que caían sobre el escenario, su propio cuerpo moviéndose en una danza aprendida de puro instinto. La penetraban sobre el escenario, contra las paredes, apoyada en la mesa de los licores. A veces uno solo, a veces dos a la vez. Su lencería blanca, o lo que quedaba de ella, era un jirón arrugado en algún rincón. Estaba completamente desnuda, el cuerpo brillando de sudor y de fluidos ajenos, las piernas estilizadas manchadas de sí misma, las nalgas enrojecidas por los apretones, los pezones hinchados de tanto pellizco. 


Cuando el último invitado se fue, cuando el silencio cayó sobre el salón como una lápida, Valery seguía desnuda sobre el escenario. Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando, el cabello rubio oscuro pegado a las mejillas, los labios hinchados, los ojos celestes vidriosos. Tenía el cuerpo lleno de marcas: chupones en el cuello, moretones en las caderas, las muñecas enrojecidas por los agarres. El sexo le ardía, una quemazón que era a la vez dolor y un eco lejano del placer. Olía a hombre, a alcohol, a sí misma. 


Las manos de su abuelo entraron en su campo de visión. Manos viejas, de venas gruesas, que juntaban los billetes esparcidos por el escenario. Los contó con parsimonia, alisando cada dólar con la yema de los dedos. 


—Felicitaciones. Te has ganado en buena ley dos mil quinientos dólares. 


Valery no respondió. No podía. Su abuelo se acercó y le tocó el cabello, un gesto que podría haber sido tierno pero que estaba cargado de una posesión oscura. Sus dedos ásperos se enredaron en las ondas pegoteadas por el sudor. 


Luego, sin decir nada más, la cargó. La levantó del escenario como si fuera una niña pequeña, sus brazos viejos, pero aún fuertes sosteniendo su cuerpo desnudo y magullado. Valery apoyó la cabeza contra el pecho de su abuelo, oliendo su colonia cara, sintiendo el ritmo tranquilo de su corazón. La llevó por los pasillos en penumbras, atravesando el silencio de la casona vacía, hasta una habitación que Valery nunca había visto: el cuarto principal, la cama enorme donde durante décadas había dormido la abuela que ya no estaba. 


La depositó sobre las sábanas frías con un cuidado que contrastaba con todo lo ocurrido. La arropó como a una niña, subiendo el edredón hasta su mentón. Las manos de Pablo alisaron el cobertor, rozando apenas sus hombros desnudos. 


—Que descanses. Mañana no vas a trabajar —murmuró, y su voz ronca tenía un matiz irreconocible, algo parecido a la satisfacción. 


Valery lo miró a través de los párpados que ya se le cerraban. Su abuelo se sentó en un sillón junto a la cama, la silueta recortada contra la luz tenue de una lámpara. No la tocó. No hizo nada más. Simplemente se quedó ahí, velando su sueño. 


El último pensamiento de Valery antes de hundirse en la inconsciencia no fue sobre el dinero, ni sobre la herencia, ni siquiera sobre su prima Scarlett. Fue un pensamiento pequeño, filoso, que se le clavó en la mente como una astilla de vidrio: "Hoy tuve mi récord en orgasmos". Y una sonrisa, la primera sonrisa genuina en toda la noche, se dibujó en sus labios hinchados mientras se dormía.

 


Continuara... 

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