Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 5

 


El mes transcurrió con una normalidad engañosa, de esa que se instala como una fina capa de hielo sobre un río turbulento. Valery y Scarlett trabajaban cada una en su proyecto, rodeadas de administradores que les presentaba su abuelo, firmando papeles que apenas entendían, visitando terrenos y locales que les parecían desmedidos. El local que Pablo había elegido para Scarlett no era una tienda: era una distribuidora, un galpón enorme con oficinas, depósitos y un salón de ventas que parecía un centro comercial. El polideportivo de Valery no era un gimnasio: era un complejo con pileta climatizada, canchas de tenis, salones de spinning y un ala entera dedicada al entrenamiento funcional. Los planos les quitaban el aliento, pero también les sembraban una inquietud silenciosa. El dinero de sus autos deportivos apenas cubría los cimientos. 


Ninguna dijo nada. "Si le cuento al abuelo, me va a pedir algo más oscuro", pensaba Valery, y el recuerdo de las máscaras, de los billetes sobre el escenario, de los desconocidos turnándose para usarla, le provocaba un escalofrío que no sabía si era miedo o anticipación. Scarlett, por su parte, evitaba el tema con la misma determinación con que evitaba mirarse al espejo después de ducharse. "Ya me acosté con mi tío por un auto. ¿Qué más me va a pedir?". 


Los fines de semana salían juntas, como siempre. Los mismos boliches, los mismos amigos, los mismos chicos de su edad que las invitaban a tomar algo, que las besaban en la pista de baile, que a veces terminaban en sus camas. Pero algo había cambiado. Valery se aburría. Los chicos de su edad eran amables, predecibles, tiernos. La trataban como a una princesa, le preguntaban si estaba bien, si quería que pararan. "Parar", pensaba ella mientras alguno la penetraba con cuidado. "¿Para qué querría que pare?". Su cuerpo añoraba otra cosa: la rudeza de los desconocidos enmascarados, la sensación de ser usada sin permiso, la mirada fría de su abuelo evaluándolo todo. Scarlett sentía algo aún más oscuro. Cuando se acostaba con un chico del boliche, por más lindo que fuera, por más atento, le faltaba ese sabor a prohibido que le había encontrado a su prima aquella tarde en el comedor, a su tío Anderson en la concesionaria. La sangre, la familia, el tabú. Sin eso, el sexo era solo fricción, un ejercicio mecánico que le dejaba el cuerpo tibio y el alma vacía. 


Una tarde de viernes, Scarlett llegó a su casa con los pies doloridos de tanto caminar. Había vendido su auto deportivo, y aunque no se arrepentía, sus piernas largas extrañaban el pedal del acelerador. La casa estaba en penumbras, salvo por la luz de la cocina. Su madre, Carla, estaba sentada a la mesa con una taza de té, los ojos verdes clavados en la puerta como si la estuviera esperando. 


—¿Qué te pasa, hija? Tenés cara de cansada. 


Scarlett se dejó caer en la silla, apoyando los codos sobre la mesa con un gesto que su madre normalmente le reprocharía. Pero esta vez Carla no dijo nada. 


—Es el local, mamá. El abuelo eligió un lugar enorme. Parece una distribuidora, no una tienda de ropa. Y el dinero del auto no alcanza ni para la mitad de la reforma. No sé qué hacer. 


Carla dio un sorbo a su té, sus dedos largos y cuidados acariciando la porcelana. No parecía sorprendida. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de su hija, la miraron con una calma que desentonaba. 


—Yo te puedo ayudar. 


—¿De verdad? —Scarlett se enderezó, los ojos brillándole de esperanza. 


—Mañana temprano te llevo a mi trabajo. Es hora de que conozcas el verdadero negocio familiar. 


Scarlett frunció el ceño. 


—¿El verdadero negocio familiar? Mamá, vos trabajás en la ferretería de papá. 


Carla sonrió. Fue una sonrisa enigmática, una curva de labios que no llegó a los ojos. 


—Mañana, Scarlett. Ahora andá a dormir. 


Esa misma noche, Valery caminaba por las calles de Capital Federal con los pies hinchados dentro de sus zapatillas. El sol ya se había puesto, y el aire fresco de la noche le aliviaba apenas el cansancio. Pensaba en el polideportivo, en los planos que se apilaban sobre su escritorio, en los presupuestos que no cerraban. "¿Cómo voy a conseguir el dinero? ¿Voy a tener que pedirle al abuelo otra cosa a cambio?". La idea le revolvió el estómago, pero también le provocó un cosquilleo en la nuca. 


Una bocina la sobresaltó. Un auto negro, grande, se detuvo junto a la vereda. La ventanilla bajó y apareció el rostro de Gustavo, el padre de Scarlett, con su mandíbula cuadrada y su pelo canoso en las sienes. A su lado, en el asiento del conductor, estaba Mateo, el hermano mayor de Scarlett, un muchacho de veinticinco años con el mismo pelo rubio y los mismos ojos verdes de su hermana, pero con un aire de seguridad que le venía de ser el primogénito. 


—Valery, ¿adónde vas? Subí que te llevamos —dijo Gustavo, señalando el asiento trasero. 


Valery sonrió, aliviada. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento de cuero, suspirando cuando sus pies dejaron de soportar su peso. 


—A mi casa, por favor. Estoy muerta. 


Mateo arrancó el auto con suavidad. La ciudad se deslizaba por la ventanilla, las luces de los comercios reflejándose en el vidrio. Gustavo se giró hacia ella desde el asiento del acompañante. 


—¿Cómo va el proyecto del polideportivo? 


—Muy bien —dijo Valery, y era verdad y mentira al mismo tiempo—. Aunque yo pensé que iba a ser un gimnasio simple, pero el abuelo hace todo en grande. 


—Así es Pablo —rió Gustavo, una risa profunda que le salía del pecho—. No conoce la palabra chico. 


—Sí, tal cual. El problema es que el dinero del auto no me alcanza ni para empezar. 


Gustavo intercambió una mirada rápida con Mateo. Fue un gesto fugaz, apenas un destello, pero Valery lo captó. No supo interpretarlo. 


—Eso no es un problema —dijo Gustavo, volviéndose hacia ella—. Yo tengo un trabajito que podés hacer. Vas a sacar mucha plata. 


Valery parpadeó. "Un trabajito". La frase le sonó familiar, parecida a las palabras de su abuelo antes de la fiesta de máscaras. Pero era Gustavo, el marido de su tía Carla, el padre de Scarlett. Un hombre de familia. Confiable. 


—Sí, ¿cuándo? —preguntó, ingenua. 


Mateo respondió por su padre, una sonrisa torcida en los labios. 


—Ahora. 


—Qué bueno —dijo Valery, y se recostó en el asiento, confiada, sin imaginar lo que venía. 


El auto se desvió del camino hacia su casa y enfiló hacia una zona más residencial, de calles arboladas y mansiones con rejas altas. Mateo estacionó frente a una casa moderna, de líneas rectas y ventanales oscuros. Se escuchaba música, el rumor de conversaciones, risas femeninas. 


—Es una fiesta de jugadores de fútbol —explicó Mateo mientras la guiaba hacia la entrada—. Gente copada. Vas a ver. 


Valery entró. El lugar era un loft enorme, decorado con un lujo ostentoso: sillones de cuero blanco, barras de bar iluminadas con neón, pantallas gigantes que mostraban partidos de fútbol sin sonido. Había muchas chicas jóvenes, la mayoría con vestidos ajustados y copas en la mano, riendo, bailando, sentadas en los regazos de hombres corpulentos y tatuados. Algunos le resultaron conocidos, caras que había visto en la televisión, en revistas deportivas. "Es un jugador de la selección", pensó, reconociendo a uno. Se sintió fuera de lugar, pero Mateo le puso una copa en la mano y Gustavo le palmeó la espalda con afecto. 


—Relajate, sobrina. Divertite. 


Valery bebió. El alcohol le bajó por la garganta, cálido, y le aflojó los músculos tensos. Se dejó llevar por la música, charló con desconocidos, incluso se rió de un chiste malo de Mateo. Pero una parte de su mente seguía preguntándose: "¿Cuándo empieza el trabajo?". La pregunta flotaba, incómoda, pero la fue acallando con más tragos. 


Entonces vio a Mateo hablando con un hombre mayor, de traje, no de jogging como los jugadores. Intercambiaban palabras en voz baja. Mateo asentía, señalaba hacia Valery. El hombre la miró. La recorrió de arriba abajo con un descaro que ella ya conocía, que ya había sentido sobre el escenario de su abuelo. Mateo se acercó, la sonrisa torcida aún en su lugar. 


—Valery, un jugador de fútbol quiere estar con vos. Te da diez mil dólares. 


La frase le cayó como un balde de agua fría. Los pensamientos se le atropellaron: "Diez mil dólares. Eso es un montón. Pero yo no soy prostituta. ¿Qué estoy haciendo? Mi primo es el intermediario. Mi tío me trajo para esto. Me están vendiendo. Otra vez". Cerró los ojos. El ruido de la fiesta se convirtió en un zumbido lejano. Vio, como una película acelerada, su cuerpo desnudo sobre el escenario, los billetes cayendo, los desconocidos penetrándola, los orgasmos que no había podido controlar. "Ya me acosté con desconocidos delante del abuelo. Esto es lo mismo. Solo que por más dinero. Mucho más dinero". 


Abrió los ojos celestes. Miró a Mateo con una seriedad que contrastaba con el ambiente festivo. 


—Bueno. 


El cuarto era amplio, con una cama king size y paredes revestidas de espejos. Valery no tuvo tiempo de contemplar la decoración. El jugador de fútbol —un hombre corpulento, de espalda ancha y cuello grueso— la empujó contra la pared apenas la puerta se cerró. No hubo besos, no hubo caricias. Le arrancó la camiseta blanca con ribetes rojos, le bajó el short de mezclilla de un tirón. La lencería que llevaba debajo —un conjunto negro que se había comprado la semana anterior sin saber por qué— corrió la misma suerte. 


El hombre la tomó de las caderas y la alzó contra la pared como si no pesara nada. Valery sintió el papel tapiz áspero contra su espalda desnuda, sus piernas estilizadas enroscándose instintivamente alrededor de la cintura de él. El miembro del jugador, grueso y caliente, la penetró de una sola embestida. Valery jadeó, la nuca apoyada contra la pared, los ojos entrecerrados. Él no fue amable. No le preguntó si estaba bien. La embistió con fuerza, sus caderas chocando contra sus nalgas duras, sus dedos clavándose en la carne de sus muslos. Los pechos pequeños de Valery, liberados, se movían con cada envión, los pezones rozando el torso musculoso del hombre. El sudor empezó a perlarla, gotitas brillantes que resbalaban por su cuello, por su cintura definida. Los espejos de las paredes le devolvían su propia imagen: una criatura de piernas abiertas y boca entreabierta, gimiendo al compás de un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía. 


El jugador la cambió de posición sin retirarse de su interior. La giró contra la pared, su torso ahora aplastado contra el papel frío, sus nalgas paraditas expuestas para él. La penetró por detrás, una embestida aún más profunda que le arrancó un grito. Sus dedos encontraron su clítoris, lo pellizcaron con una precisión experta, y Valery estalló. El orgasmo le subió desde los pies, una ola caliente que le contrajo todos los músculos y le hizo ver estrellas detrás de los párpados. Él terminó dentro de ella, un calor espeso que se sumó al ardor del placer. 


Cuando el jugador se retiró, Valery se quedó apoyada contra la pared, las piernas temblorosas, el cuerpo brillando de sudor. Pero antes de que pudiera recuperar el aliento, la puerta se abrió de nuevo. Otro jugador, más joven, más delgado, entró sin decir palabra. Y Valery, sin que nadie se lo pidiera, lo recibió. Esta vez fue sobre la cama, de espaldas, las piernas sobre los hombros de él, los ojos fijos en el techo mientras el joven la penetraba con un ritmo diferente, más rápido, más torpe, pero igual de urgente. Otro orgasmo. Otro hombre. Y luego otro. 


Perdió la cuenta. Los cuerpos se sucedían, las máscaras ya no eran de carnaval sino de fama y dinero, pero el resultado era el mismo: su cuerpo siendo usado, su placer siendo arrancado a la fuerza, su mente apagándose para dejar lugar al puro instinto. Se durmió en esa cama desconocida, entre sábanas que olían a sudor ajeno, el sexo goteando una mezcla de fluidos que ya no sabía distinguir. 


A la mañana, muy temprano, Gustavo y Mateo la cargaron hasta el auto. Valery apenas se despertó, sintiendo el movimiento, el cuero del asiento contra su mejilla, el motor ronroneando. No preguntó nada. Se dejó llevar, los ojos cerrados, el cuerpo dolorido, pero extrañamente satisfecho. 


A esa misma hora, al otro lado de la ciudad, Carla y Scarlett llegaban a la ferretería. El local estaba cerrado todavía, las persianas metálicas bajadas, el cartel de "Ferretería Lara Hermanos" apagado. Carla abrió con su propia llave y guió a su hija a través del mostrador, de las estanterías repletas de tornillos y herramientas, hacia el fondo del local. 


—Mamá, ¿qué hacemos acá? Esto es la ferretería de papá. 


Carla no respondió. Siguió caminando hacia el depósito, un galpón trasero lleno de cajas y estantes metálicos. Pero al fondo del depósito, oculta tras una cortina de lona, había una puerta. Carla la abrió, y Scarlett se quedó sin aliento. 


Era un pasillo con pequeñas habitaciones a ambos lados, como un hotel mínimo, como un panal de concreto. El lugar estaba limpio, casi aséptico, iluminado con tubos fluorescentes que daban a todo un tono clínico. Carla tocó una campana que colgaba de la pared, un sonido metálico que resonó en el pasillo. Las puertas de las habitaciones se abrieron al unísono, y de ellas salieron chicas jóvenes, de la edad de Scarlett, con batas de seda que apenas les cubrían el cuerpo. Tenían cara de sueño, el maquillaje corrido, el cabello revuelto. Pero se alinearon en el pasillo y, casi como un coro ensayado, dijeron: 


—Buenos días, gerenta. 


Scarlett miró a su madre. Carla no era una empleada de la ferretería. Era la gerenta. La gerenta de esto. 


—Ese cuarto es tuyo por hoy —dijo Carla, señalando una de las habitaciones vacías, y su tono no era de sugerencia. 


Scarlett no entendió. O no quiso entender. Pero cuando la ferretería abrió sus puertas, lo comprendió todo. Los hombres empezaron a llegar. No venían a comprar tornillos. Entraban al mostrador, saludaban a Carla con una familiaridad que hablaba de años de costumbre, dejaban billetes sobre la caja registradora —no por tuercas, no por herramientas— y desaparecían en el pasillo del fondo con alguna de las chicas. Scarlett se quedó paralizada, de pie junto a la puerta de su cuarto asignado, viendo el desfile silencioso. 


Un hombre de mediana edad, calvo, con un portafolios en la mano, se detuvo frente a ella. La miró. Luego miró a Carla, que asintió desde el mostrador. El hombre dejó un fajo de billetes sobre la mesa y tomó a Scarlett de la muñeca. Ella sintió el papel moneda en su mano —Carla se lo había puesto ahí, no sabía en qué momento— y tragó saliva. "Mi madre es la gerenta de un prostíbulo. La ferretería es una fachada. Mi padre es dueño de cien ferreterías. Cien prostíbulos. Mi abuelo puso un local de ropa que es una distribuidora. ¿Qué va a vender mi local? ¿Ropa de hombre? ¿Qué clase de ropa de hombre?". Las piezas encajaban con un clic siniestro en su cabeza. Pero ya no había tiempo de pensar. El hombre la empujó hacia el cuarto. 


La cama era angosta, las sábanas blancas, el olor a lavandina flotando en el aire. El hombre la desnudó sin prisa pero sin ternura, sus manos ásperas recorriendo sus pechos generosos, apretándolos, pellizcando sus pezones hasta que Scarlett gimió de dolor y placer. La puso de espaldas sobre la cama, le abrió las piernas largas, y la penetró. Fue una embestida fuerte, directa, que la hizo arquear la espalda. El hombre no la miraba a los ojos; miraba sus pechos, cómo se movían al compás de cada envión, cómo rebotaban como dos melones sueltos sobre su torso. Sus manos los apretaban, los amasaba, los golpeaba suavemente con una fascinación casi hipnótica. Scarlett sintió el sudor del desconocido cayendo sobre su piel, el sonido húmedo de los cuerpos chocando, el crujir de la cama barata. Cerró los ojos y se dejó llevar. El orgasmo le llegó como una sorpresa, una ola que le subió por el vientre y le hizo clavar las uñas en la espalda del hombre. Él terminó con un gruñido, se retiró, y se fue sin decir palabra. 


Scarlett se quedó tirada en la cama, recuperando el aliento. Pero antes de que pudiera moverse, otro hombre entró. Y luego otro. Y otro. Hombres de todo tipo: jóvenes, viejos, gordos, flacos, algunos bruscos, otros casi indiferentes. Su cuerpo se adaptó a cada uno, sus pechos recibiendo la atención obsesiva de todos, su entrepierna acostumbrándose al desfile de miembros que entraban y salían. En algún momento del día, dejó de contar. Había perdido la cuenta después del décimo. 


Cuando el último hombre se fue y Carla entró al cuarto, Scarlett estaba desnuda sobre las sábanas revueltas, el cuerpo lleno de moretones y fluidos, los pechos enrojecidos de tantos apretones. Su madre la miró desde la puerta, los ojos verdes inescrutables. 


Scarlett alzó la cabeza. El cansancio le pesaba en los huesos, pero su mente estaba extrañamente clara. Se miró las manos, los muslos manchados, los pezones hinchados, y se dijo a sí misma, con una mezcla de asombro y resignación: 


"Soy una puta". 


No lo pensó con vergüenza. Lo pensó como quien descubre una verdad que siempre había estado ahí, esperando. Valery, a esa misma hora, se despertaba en su cama sin recordar cómo había llegado, el cuerpo dolorido, la cartera llena de billetes que no había contado. Las dos primas, en extremos opuestos de la ciudad, habían aprendido la misma lección el mismo día. 


El sexo no era solo placer. El sexo era un negocio. 


Eso era lo que Pablo Ezequiel Lara quería enseñarles. 



Continuara... 

Comentarios

Entradas populares