Juegos de un Millonario - Parte 2

 


El silencio en la sala era pesado, cargado con el olor a sexo, a poder y a una rendición que ya no necesitaba palabras. Ivana permanecía de rodillas, el sabor salado y amargo de Víctor aún impregnándole la boca, una marca indeleble en su paladar y en su psique. La quemazón en el cuero cabelludo, donde él había tirado de su pelo, era un recordatorio físico de su nuevo lugar en el mundo: el suelo, a sus pies. Su cuerpo desnudo sentía el frío del aire acondicionado, pero una calor interior, vergonzante y profundo, persistía en su vientre. Había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás, y la sensación era aterradora y, de una manera que no se atrevía a analizar, profundamente liberadora. 


La voz de Víctor, seca y sin emoción, cortó el silencio como un cuchillo. 


—Servime un whisky. 


No era una pregunta, ni una sugerencia. Era una instrucción, la siguiente en una secuencia lógica de dominio. Ivana, sin decir una palabra, asintió lentamente y se puso de pie. Sus piernas le temblaban ligeramente, la debilidad post-orgásmica mezclada con el temor reverencial que ahora le inspiraba ese hombre. Caminó hacia la barra de ébano, consciente de cada movimiento de su cuerpo. Sus pechos, grandes y firmes, se balanceaban con cada paso, un recordatorio constante de su desnudez y vulnerabilidad. Sentía la mirada de Víctor clavada en su espalda, en el vaivén de sus caderas, en la curva de sus nalgas. Ya no era la mirada de un posible amante, sino la de un dueño evaluando su posesión. 


Sus manos, todavía un poco trémulas, encontraron la pesada botella de whisky escocés de malta simple. El sonido del líquido ámbar al golpear el cristal de la copa era el único ruido en la habitación. No preguntó cómo lo quería. Instintivamente, sabía que sería solo, sin hielo, sin adulterar. La pureza y la fuerza, como todo lo que parecía rodear a Víctor Onofre. Cuando terminó, tomó la copa y se volvió, caminando de regreso hacia el sillón donde él permanecía, impasible, con los pantalones todavía desabrochados. Al extenderle la copa, su mirada se encontró con la de él por un instante. No había gratitud en sus ojos, solo una aceptación fría de lo que era suyo por derecho. 


—Tu vida va a ser más sencilla a partir de ahora, Ivana —dijo él, tomando un sorbo largo—. Solo tenés que aprender a obedecer. Y a callar. 


Ella asintió de nuevo, sintiendo cómo esas palabras, en lugar de oprimirla, tallaban un nuevo espacio en su mente, un molde en el que podría encajar y descansar. "Ya no tengo que pensar. Solo obedecer. Es por ellas", pensó, y el mantra, ahora, tenía un sabor a whisky y a sumisión. 


Víctor la estudió por un momento, sus ojos recorriendo su cuerpo desnudo de pies a cabeza con una curiosidad clínica. 


—Me dijiste que tenés hijas —comenzó, su tono casual, como si comentara el clima. 


Ivana se tensó levemente. Era un territorio inesperado. 


—Sí, señor Víctor. Dos. 


—¿Y son tan… agraciadas como su madre? —preguntó, con un deje de algo que podía ser interés genuino o simple cálculo. 


"¿Por qué pregunta por mis hijas?", se preguntó Ivana, un pequeño brote de alarma maternal germinando en su interior. "Quizás solo quiere saber con quién se está metiendo. Si hay un ex marido problemático, o… o si mis hijas son un lío. Es natural, supongo." Quería creer que era eso. 


—Son muy bellas, señor —respondió, manteniendo la voz lo más neutral posible—. Valeria, la menor, tiene veinte. Y Dakota, veinticuatro. 


Víctor asintió lentamente, dando otro sorbo a su whisky. Su mirada se perdió en la distancia por un segundo, como si estuviera visualizando algo. 


—¿Estudian? ¿O trabajan? 


—Valeria estudia Diseño de Modas. Dakota… ella estudia y trabaja en una galería de arte. Es más independiente. 


—Bien. Jóvenes con… potencial —murmuró él, y la elección de la palabra hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal a Ivana—. ¿Hacen ejercicio? Se nota que vos te cuidás. 


Ella se sintió absurdamente halagada por el comentario, otra señal de lo trastocada que estaba su brújula moral. 


—Sí, las dos van al gimnasio. Tienen cuerpos… esbeltos. Tonificados. Como el mío, pero… más jóvenes —dijo, y de inmediato se arrepintió de la última parte, sintiendo que sonaba como una oferta, como una comparación insidiosa. 


Víctor esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible. Era la primera vez que Ivana veía algo parecido a una expresión en su rostro, y no le gustó. Era la sonrisa de un jugador de póker que acaba de ver una carta favorable. 


—¿Y novios? —la pregunta fue directa, sin rodeos, y esta vez el interés era demasiado obvio para ignorarlo. 


Ivana tragó saliva. El pequeño brote de alarma en su pecho creció hasta convertirse en un nudo de angustia. "¿Por qué le importa eso? ¿Qué clase de hombre pregunta por las novias de las hijas de su… su amante?" Miró a Víctor, a su mirada impasible, y de repente, las piezas empezaron a encajar de una manera horrible y obscena. Su insistencia en que eran tres mujeres, su fascinación por la dinámica familiar, su deseo de posesión total. No se trataba solo de ella. Nunca se había tratado solo de ella. 


—No —logró decir, su voz un poco ronca—. Valeria sale con chicos, pero nada serio. Dakota… está concentrada en su trabajo. 


Víctor asintió, satisfecho. No dijo nada más. Simplemente terminó su whisky y posó la copa en la mesa con un golpe seco que hizo que Ivana se estremeciese. El interrogatorio había terminado. Ahora venía la reclamación física. 


—Ponete en cuatro —ordenó, su voz recuperando su tono habitual de mando. 


Sin vacilar, Ivana giró y se arrodilló en la alfombra, apoyando las manos en el suelo. Arqueó la espalda, presentándose. La humillación de la posición se mezclaba con un anticipo de excitación que la avergonzaba. Sentía el aire frío en sus partes más íntimas, completamente expuesta. Oyó el ruido de la cremallera y, un momento después, la punta del miembro de Víctor, aún húmeda, buscó su entrada. Con un empuje brutal y sin preámbulos, la penetró. 


Ivana gritó, un sonido entrecortado que fue mitad dolor, mitad placer. La fuerza de la embestida la hizo tambalear sobre sus manos. Él no era delicado. No había caricias, ni palabras dulces. Solo un ritmo implacable y posesivo, un marcaje territorial con su propio cuerpo. Y, para su propio asombro, Ivana comenzó a disfrutarlo. Cada embestida profunda y dura era un golpe a su independencia, un recordatorio de su sumisión, y cada una de ellas alimentaba el fuego que ardía en su interior. Se olvidó de sus hijas, de sus preocupaciones, del futuro. Solo existía el presente animal, la sensación de ser tomada, usada, poseída. Era un placer primitivo y puro, liberado de la carga de pensar, de decidir. 


—¿Te gusta, puta? —gruñó Víctor desde atrás, su voz áspera por el esfuerzo. 


—Sí… sí, señor Víctor —jadeó ella, sus palabras entrecortadas por las sacudidas. 


—¿Qué sos? 


—Soy… soy tuya —gimió, y la frase, en lugar de sentirse como una derrota, fue un éxtasis. 


La mano de Víctor se alzó y cayó con fuerza sobre una de sus nalgas, produciendo un chasquido seco y un dolor agudo que se transformó al instante en una oleada de calor. 


—Más fuerte. Decilo. 


—¡Soy tuya! —gritó Ivana, ya sin control, sus caderas empujando hacia atrás para encontrarse con las suyas—. ¡Toda tuya! 


Otra nalgada, en el otro glúteo. El dolor y el placer se fundían en una sola sensación electrizante. Era la confirmación de su entrega, el precio físico de su liberación mental. Víctor la sujetó de las caderas con más fuerza, hundiéndose en ella con una ferocidad que la hacía gritar con cada movimiento. El sonido de sus cuerpos chocando, sus jadeos y sus gemidos llenaban la sala fría y minimalista, profanando su pureza estética con la cruda realidad del acto. 


Después de lo que pareció una eternidad de éxtasis y dolor, Víctor la agarró de los hombros y la dio vuelta con brusquedad, dejándola boca arriba sobre la áspera alfombra. Sus ojos verdes, vidriosos por el placer, miraron el rostro sudoroso y severo de él por un instante antes de que volviera a penetrarla, esta vez mirándola a los ojos. La posición era aún más intensa, más íntima y a la vez más despiadada. Sus grandes pechos rebotaban salvajemente con cada embestida, un espectáculo del que él no apartaba la vista. Los gemidos de Ivana se hicieron más agudos, más desesperados. Sentía que se acercaba al borde, arrastrada por la corriente de una sensación que no experimentaba desde hacía años, quizás décadas. No era el amor lo que la llevaba allí; era la rendición total. 


—¡Víctor! —gritó, sin título, sin protocolo, mientras su cuerpo se tensaba como un arco. 


Un orgasmo violento la estremeció, sacudiéndola de pies a cabeza. Gritó, con los ojos cerrados, mientras las contracciones internas parecían querer expulsarlo y retenerlo al mismo tiempo. Víctor, estimulado por su clímax, aceleró el ritmo, sus propias facciones distorsionándose en una mueca de placer concentrado. Con unos pocos empujones finales y un gruñido gutural, terminó dentro de ella, derramándose en su interior con una posesión aún más profunda que la oral. 


Quedaron allí, tendidos uno al lado del otro sobre la alfombra, jadeando, cubiertos de un sudor pegajoso que enfriaba rápidamente sus pieles. El olor a sexo era denso, abrumador. Ivana tenía los ojos cerrados, flotando en un limbo de agotamiento físico y confusión mental. Había disfrutado como un animal, se había entregado por completo, y ahora, en la resaca, la realidad empezaba a filtrarse de nuevo, trayendo consigo las preguntas y los miedos. 


El silencio se prolongó durante varios minutos. Luego, la voz de Víctor, ya recuperada, clara y sin lugar a discusión, cortó el aire como un decreto. 


—Mañana, vos y tus hijas se vienen a vivir conmigo. 


Ivana abrió los ojos, el corazón dándole un vuelco en el pecho. Lo miró, buscando un atisbo de broma, de negociación, de algo. Pero solo vio la fría determinación de un hombre acostumbrado a que sus deseos se cumplieran. Se lo había imaginado, lo había intuido en sus preguntas, pero oírlo dicho en voz alta, tan crudamente, después de lo que acababan de compartir, la dejó sin aliento. No era una propuesta. Era una orden. Un traslado. La anexión completa de su vida y la de sus hijas a la órbita de Víctor Onofre. 


La lucha interna fue feroz pero breve. Por un lado, el instinto maternal de proteger a sus crías de un depredador obvio. Por el otro, la promesa de una seguridad económica absoluta, la comodidad de esta casa, el fin de todas sus luchas. Y, en el fondo, la parte de ella que ya se había rendido, que había encontrado un extraño y perverso consuelo en la sumisión, anhelaba que la decisión fuera tomada por otro. 


Abrió la boca para protestar, para pedir tiempo, para decir algo. Pero las palabras no vinieron. En su lugar, tras un suspiro que pareció sacarle el alma del cuerpo, bajó la mirada hacia la alfombra y murmuró, con una voz que era apenas un hilo de sonido: 


—Como diga, señor Víctor. 


Era la cláusula de rendición final. No solo de su cuerpo, sino de su familia, de su futuro, de todo. Y mientras yacía allí, desnuda y conquistada, supo que el verdadero juego, el que involucraba a sus dos bellas hijas, apenas comenzaba. 


— AL DIA SIGUIENTE —


El aire en el pequeño departamento de toda su vida olía a cajas de cartón y a decisiones precipitadas. Dakota, con los brazos cruzados firmemente sobre su pecho, miraba a su madre con una mezcla de incredulidad y furia contenida. Su rostro de facciones definidas y ojos marrones, que usualmente transmitían una confianza inquebrantable, estaba ahora nublado por la confusión. 


—No entiendo, mamá. En serio no entiendo —dijo, su voz más grave de lo usual—. ¿Un tipo? ¿De un día para el otro? Y no cualquier tipo, sino Víctor Onofre. Todo el mundo sabe cómo es. 


Valeria, la menor, se frotaba los brazos nerviosamente. Su melena rubia oscura caía sobre sus hombros como una cortina de seda, y sus ojos verdes, tan parecidos a los de Ivana, parpadeaban con ansiedad. 


—Es verdad, mami. Siempre nos enseñaste a no depender de nadie. A valernos por nosotras mismas. ¿Y ahora esto? ¿Mudarnos todos juntos? ¿Así, sin más? 


Ivana, metiendo platos en una caja con papel de diario, evitaba la mirada de sus hijas. Sentía el peso de su desilusión como una losa sobre sus hombros. ¿Cómo explicarles? ¿Cómo decirles que su feroz independencia, la que tanto les había inculcado, se había quebrado no solo por el dinero, sino por el agotamiento de una lucha interminable, y por una rendición de su cuerpo y su voluntad que, para su propia vergüenza, había encontrado placentera? 


—Es una oportunidad, nenas —dijo, forzando una calma que no sentía—. Una oportunidad para las tres. Van a tener una vida más fácil. Yo voy a tener una vida más fácil. No es solo un hombre, es… es seguridad. 


—Suena como si te estuvieras vendiendo —murmuró Dakota, con una franqueza que cortó el aire. 


Ivana se detuvo, un plato en la mano. "Sí", pensó, "eso es exactamente lo que estoy haciendo. Y lo peor es que ya me estoy acostumbrando al precio". Pero en voz alta dijo: 


—Estoy eligiendo. Eligiendo un futuro mejor para nosotras. Confíen en mí. 


Pero la confianza, ese frágil puente entre madre e hijas, se había resquebrajado. La mudanza se realizó con una tensión palpable, un silencio incómodo lleno de preguntas no hechas y de miradas de reojo. Cuando el auto de Víctor, ese monstruo gris y silencioso, se detuvo frente a la fortaleza de cemento, las dos jóvenes sintieron una opresión en el pecho. No era una casa, era una declaración de poder que las empequeñecía. 


Víctor las recibió en la puerta principal. Vestía ropa casual de lino blanco, impecable, pero su actitud era la misma: la de un monarca recibiendo a sus nuevos súbditos. 


—Bienvenidas a su nuevo hogar —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Su mirada, sin embargo, no se posó en Ivana, la supuesta novia. Se deslizó, rápida y calculadoramente, sobre Dakota, recorriendo su figura esbelta y segura, y luego sobre Valeria, deteniéndose en su rostro delicado y en su cabellera rubia. Fue una mirada de evaluación, de deseo frío, que no pasó desapercibida para ninguna de las tres mujeres, aunque ninguna lo comentó. 


—Es… muy grande —dijo Valeria, casi en un susurro, sintiéndose diminuta. 


—Sí. Y espero que lo disfruten —respondió Víctor—. Vengan, les muestro. 


El recorrido por la casa amplia y elegantemente amueblada fue un sueño surrealista. Había cuadros que parecían valer una fortuna, esculturas en rincones estratégicos, alfombras tan gruesas que los pies se hundían en ellas. Ivana caminaba en silencio, y cuando llegaron a la sala principal, una oleada de calor le subió al rostro. Allí, frente al sillón de cuero negro, la alfombra persa adquirió un significado obsceno. "Ahí", pensó, con una punzada de humillación y excitación retrospectiva, "ahí fue donde me arrodillé. Donde le chupé. Donde entregué mi libertad". Miró a sus hijas, admirando inconscientemente el lujo que las rodeaba, y sintió un dolor agudo en el corazón. Lo había hecho por esto. Por estas sonrisas de asombro que empezaban a borrar el escepticismo de sus rostros. 


Cuando les mostró sus habitaciones, la duda comenzó a ceder ante la realidad tangible del confort. Eran suites, no simples cuartos. Amplias, con baño privado, vestidores, vistas impresionantes. Valeria corrió hacia la cama tamaño king hundiendo las manos en las sábanas de algodón egipcio. 


—¡Mamá, es enorme! —exclamó, y por primera vez desde que se había anunciado la mudanza, había genuina alegría en su voz. 


Dakota, más contenida, entró a su habitación y cerró la puerta suavemente. Se apoyó en la madera, dejando escapar un suspiro. La habitación era preciosa, sí. Impecable. Todo de la más alta calidad. Jamás en su vida había tenido algo ni remotamente parecido. Y fue en ese momento, rodeada de un lujo que solo había visto en revistas, que empezó a entender, o al menos a vislumbrar, la decisión de su madre. No era solo codicia; era el cansancio de nadar contra la corriente, la seducción de una vida donde las cosas, al menos las materiales, venían dadas. Sacudió la cabeza, como para alejar esos pensamientos. Se sentía sucia por siquiera considerarlo. 


Decidió probar el baño. Era un espacio de mármol blanco y gris, con una ducha a ras de suelo con múltiples cabezales. Se desvistió con movimientos lentos, dejando que la ropa cayera al suelo. Su cuerpo, esbelto y tonificado por las horas de gimnasio, se reflejó en el espejo de cuerpo entero. Su piel, dorada por el sol, contrastaba con la blancura del mármol. Su cabello castaño oscuro, largo y liso, cayó sobre sus hombros. Sus pechos no eran grandes como los de su madre; eran moderados, firmes, con una curvatura sensual y natural. Se tocó una de sus nalgas, redondas y firmes, también bronceadas, y un estremecimiento le recorrió la espina dorsal. Se sentía vulnerable y poderosa al mismo tiempo. 


Bajo el chorro de agua caliente, cerró los ojos, dejando que la calidez la envolviera y lavara, aunque fuera momentáneamente, la tensión del día. El agua corría por su cuello, por su espalda, acariciando la curva de su columna, mojando su cabello hasta que se pegó a su piel como un manto de seda oscura. Se frotó los brazos, el vientre, perdida en la sensación, tratando de no pensar en el hombre que ahora gobernaba su vida y la de su familia desde la sombra. 


Fue entonces cuando una voz, serena y masculina, la sacó brutalmente de su ensoñación. 


—¿Te gusta tu nuevo cuarto? 


Dakota se sobresaltó violentamente, abriendo los ojos de par en par. Con un movimiento instintivo, cruzó los brazos sobre sus pechos y bajó las manos para tratar de cubrirse el pubis. El corazón le latía con fuerza en el pecho, a punto de estallar. Giró la cabeza y allí, apoyado con total naturalidad en el marco de la puerta del baño, como si fuera lo más normal del mundo, estaba Víctor. La miraba sin prisas, sus ojos recorriendo su cuerpo desnudo y mojado sin el más mínimo rubor. 


—¡Salga! —gritó ella, su voz temblorosa por la conmoción y la rabia—. ¡No me mire! ¡Soy la hija de su novia! 


Víctor no se inmutó. Ni siquiera parpadeó. Con una tranquilidad que resultaba aterradora, respondió: 


—No me puedo arrancar los ojos. 


La frase, simple y obscenamente lógica, la dejó sin aire. Él llevaba unos minutos allí, observándola. Había visto cómo el agua acariciaba su espalda, cómo sus manos recorrían su piel, cómo su cuerpo se movía bajo la cascada. Y lo había hecho con el derecho de quien observa algo que le pertenece. Después de una pausa cargada, en la que Dakota solo sentía el latido furioso de su sangre en los oídos, él continuó hablando, con el mismo tono casual que usaría si ella estuviera completamente vestida. 


—Tu madre me dijo que vas a la universidad caminando todos los días. ¿Te gustaría que te compre un auto? 


Dakota lo miró, atónita. La pregunta era tan surrealista, tan fuera de lugar en ese contexto de violación absoluta de su intimidad, que por un momento no supo cómo reaccionar. Quería gritarle, insultarlo, acusarlo de pervertido, de enfermo. Pero las palabras se congelaron en su garganta. Un auto. Esas dos palabras resonaron en su mente con una fuerza práctica y seductora. Un auto significaba independencia dentro de su nueva y opresiva dependencia. Significaba no depender del transporte público, llegar seca a la universidad los días de lluvia, poder ir a ver a sus amigos sin tener que pedirle plata a su madre. Era la solución a muchos de sus problemas logísticos, un trozo de libertad tangible ofrecido por su carcelero. 


La batalla interna fue breve y sucia. La dignidad, por un lado, gritaba que no se dejara comprar, que su cuerpo desnudo no era una moneda de cambio. La comodidad y la pragmática, por el otro, le susurraban que era un precio bajo por un beneficio tan grande. Bajó la mirada, incapaz de sostener la suya, sintiendo cómo la vergüenza por su propia debilidad le quemaba las mejillas. 


—Sí —murmuró, casi sin voz—. Me gustaría tener un auto. 


Víctor esbozó una sonrisa, una expresión de triunfo puro y duro. Sus ojos, una vez más, recorrieron todo su cuerpo, desde los pies mojados sobre el mármol, subiendo por sus piernas, su vientre, sus pechos apenas ocultos por sus brazos cruzados, hasta su rostro humillado. Fue una mirada de deseo posesivo, de un hombre que sabía que acababa de comprar no solo un objeto, sino un pedazo de la voluntad de otra persona. 


—Bien —dijo, con satisfacción—. Mañana iremos a comprar un auto. 


Y con esa frase, tan simple como un contrato verbal, dio media vuelta y salió del cuarto, dejando la puerta del baño abierta. Dakota se quedó inmóvil, pasmada, el agua siguiendo, cayendo sobre su cuerpo que ahora sentía sucio y mancillado. Las lágrimas, de rabia, de confusión y de una extraña culpa, se mezclaron con el agua de la ducha. Sabía que acababa de cruzar una línea, de aceptar las reglas de un juego cuyas consecuencias finales no podía ni imaginar. 


Víctor, en cambio, caminó por el pasillo con una sonrisa triunfal y profunda clavada en su rostro. No fue a su estudio, ni a la sala. Fue directo a la habitación de Ivana. La encontró arrodillada frente a una maleta abierta, sacando sus pocas y modestas prendas. Ella lo miró al entrar, y en sus ojos verdes él no vio sorpresa, sino una resignación expectante, casi una pregunta silenciosa. Sin mediar palabra, Víctor se desabrochó el pantalón y sacó su miembro, que ya estaba erecto, una firme y brutal declaración de intenciones. 


—Chúpame la verga —ordenó, su voz un eco de la noche anterior. 


Ivana no vaciló. No hubo protesta, ni siquiera un suspiro de resistencia. Había un gusto dulce y amargo en la sumisión, una liberación en la anulación. Se arrodilló frente a él, sobre la suave alfombra de su nuevo y lujoso cuarto, y cumplió con su deber como la novia del hombre más rico de la ciudad. Mientras lo hacía, sabía que no era la única que estaba aprendiendo a obedecer. La jaula de oro se estaba cerrando alrededor de las tres, y las reglas, escritas por Víctor, eran cada vez más claras y terribles. 


Continuara... 

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