Juegos de un Millonario - Parte 3

 


La mañana siguiente llegó con una luz fría y clara que se colaba por los grandes ventanales de la casa, iluminando el polvo de oro que parecía flotar sobre cada superficie impecable. Dakota desayunó en silencio con su madre y su hermana. La tensión de la víspera aún colgaba en el aire, tan palpable como el olor a café recién hecho. Valeria, siempre más voluble, parecía haberse adaptado con sorprendente rapidez al lujo, comentando entusiasmada sobre la suavidad de las toallas y el tamaño de la bañera. Ivana, en cambio, evitaba la mirada de su hija mayor. Había una sombra en sus ojos verdes, una culpa silenciosa que Dakota podía leer como un libro abierto. 


Cuando Víctor apareció, ya vestido con un traje informal pero evidentemente caro, el ambiente se cargó de electricidad. 


—¿Lista? —preguntó, dirigiéndose a Dakota sin preámbulos. 


Ella asintió, secando sus labios con la servilleta. Se había vestido con cuidado, eligiendo un atuendo que caminaba la delgada línea entre la elegancia y una sensualidad que, quizás de manera inconsciente, quería reafirmar ante aquel hombre. Llevaba un vestido de jersey color vino tinto ceñido, pero no vulgar, que se detenía unos centímetros por encima de la rodilla. El tejido suave se movía con ella, acariciando las curvas de su cuerpo esbelto y tonificado. Un par de botas altas de cuero suave y un bolso discreto completaban el look. No llevaba mucha joyería, solo unos pequeños aros. Parecía mayor de sus veinticuatro años, y proyectaba una imagen de sofisticación que era a la vez un escudo y una invitación involuntaria. 


El viaje en el auto lujoso de Víctor fue tenso y silencioso durante los primeros minutos. El interior era una cápsula de cuero perfumado y absoluto silencio, donde cada respiración parecía un eco. Dakota miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad, su ciudad, se desdibujaba en un paisaje de boutiques de lujo y barrios cerrados a los que nunca había tenido acceso. 


Fue Víctor quien rompió el hielo, su voz calmada, casi paternal, pero con una intención que se sentía como una caricia gélida en la nuca. 


—Tu madre me contó que te va muy bien en la universidad. Que tenés ambición. 


Dakota se limitó a asentir, sin mirarlo. 


—Sí —murmuró, una palabra corta, un muro de contención. 


—Eso es bueno. A mí me gusta la gente con ambición —continuó él, deslizando las palabras como un jugador de ajedrez moviendo una pieza—. Una chica como vos no debería conformarse con poco. Cuando te recibas, ¿qué pensás hacer? 


Ella se encogió de hombros, incómoda. 


—Trabajar. En una mejor galería, quizás. 


Víctor hizo un ruido suave, de desaprobación. 


—Aquí? Esto es un estanque. Vos merecés un océano. Londres, por ejemplo. Las mejores galerías del mundo están allí. Los mejores curadores. 


Dakota no pudo evitar volver la cabeza hacia él, sus ojos marrones abiertos por la sorpresa. Londres era un sueño lejano, una fantasía de revistas que nunca se había permitido siquiera considerar. 


—Londres es… muy caro —dijo, con cautela. 


—Para algunos —respondió Víctor, con un dejo de arrogancia—. Si vos te portás bien, si me dejás cuidarte, yo me puedo ocupar de eso. Una licenciatura en una universidad de prestigio. Un departamento en un barrio agradable. Con contactos. Tu vida podría ser completamente distinta, Dakota. Brillante. 


"Portarse bien". "Dejarse cuidar". Las palabras resonaron en el aire, cargadas de un significado que iba más allá de lo académico. Dakota sintió un nudo en el estómago. La oferta era tentadora, deslumbrante. Era todo lo que una parte de ella, la ambiciosa, la que quería escapar de la mediocridad, siempre había anhelado. Pero el precio… 


"¿Hasta dónde va a llegar este hombre?", pensó, su mente un torbellino de temor y una curiosidad malsana. "¿Es solo el novio rico de mamá intentando comprarnos a todas con sus regalos? ¿O hay algo más? Algo… más oscuro. Lo vi ayer en el baño. La manera en que me miró… no era la mirada de un padrastro." 


Mientras su mente se debatía, sintió la mano de Víctor posarse sobre su muslo, justo por encima de la rodilla. La tela fina del vestido no era ninguna barrera para el calor de su palma, que se sentía como una marca de propiedad. Dakota se puso rígida, todo su cuerpo alerta. Quería apartar su pierna, gritarle que la sacara, pero una fuerza paralizante, mezcla de miedo y de esa extraña fascinación que ejerce el poder, la mantuvo inmóvil. 


—Tranquila —murmuró él, como si estuviera calmando a un animal nervioso—. Solo te estoy mostrando que podés confiar en mí. Que yo puedo darle a tu vida el rumbo que se merece. 


Ella no respondió. Solo miró fijamente la mano sobre su pierna, sintiendo cómo cada uno de sus dedos parecía quemarle la piel a través del jersey. Las palabras se le habían agotado. Solo quedaban los pensamientos, gritando en silencio. 


Llegaron a la concesionaria, un lugar de cristales pulidos y vehículos relucientes bajo focos halógenos que los hacían parecer joyas. El vendedor, un hombre joven y impecablemente trajeado, se acercó con una sonrisa profesional que se ensanchó al reconocer a Víctor Onofre. Dakota se bajó del auto, sintiendo el aire frío de la calle en sus piernas desnudas, intentando recomponer algo de su dignidad. 


Pero Víctor no le preguntó qué auto quería. No la miró siquiera. Se dirigió directamente al vendedor, con la confianza de quien está en su elemento. 


—Roberto, ¿cómo estás? —dijo, dándole un apretón de manos. 


—Señor Onofre, un honor como siempre. ¿Busca algo en particular? 


—Algo para la señorita —indicó Víctor con un gesto de cabeza hacia Dakota, pero sin apartar los ojos del vendedor—. Joven, elegante, pero con carácter. Nada de juguetes. Algo serio. 


Roberto asintió, entrando inmediatamente en el juego. 


—Por supuesto. Tenemos el nuevo coupé alemán, un espectáculo. Motor bicombustible, líneas agresivas pero refinadas, interior de cuero… 


Víctor escuchó, haciendo preguntas técnicas, hablando de caballos de fuerza, torque, sistemas de seguridad. Era una conversación entre hombres, sobre un objeto que sería para una mujer, pero del que ella era, momentáneamente, solo un espectro. Dakota se quedó parada a un lado, sintiéndose invisible y al mismo tiempo el centro de una transacción que no controlaba. Observaba a Víctor, a su perfil duro y poco atractivo, pero investido de una autoridad que lo hacía dominar el espacio. "Está comprándome", pensó, con un estremecimiento. "No me está regalando un auto. Está adquiriendo un derecho." 


Finalmente, después de un paseo alrededor del vehículo y de un par de bromas sobre el valor de reventa, Víctor sacó su billetera sin siquiera preguntar el precio final. 


—Lo llevamos. ahora. 


—Excelente elección, señor Onofre. La señorita va a estar más que feliz. 


Dakota miró el auto, un objeto de deseo metálico y brillante que ahora, supuestamente, era suyo. No sintió felicidad. Sintió el peso de una cadena que se cerraba alrededor de su tobillo. 


Cuando la transacción estuvo completa y las llaves, de manera simbólica, pasaron a manos de Víctor (porque el auto quedaría a nombre de una sociedad de él, por supuesto), él se volvió hacia Dakota por primera vez desde que habían entrado. 


—Ahora vamos a pasear juntos —anunció, no sugirió—. Vos manejás. Quiero ver cómo te sentís con él. 


Dakota lo miró. La lógica era aplastante. Era su nuevo auto, era normal que lo probara. "Bueno", dijo, con una voz que sonó extraña en sus propios oídos. Era una aceptación, la primera de muchas, lo supiera o no. 


Se deslizó en el asiento del conductor, el cuero nuevo crujiendo bajo su peso. Ajustó el asiento, los espejos. El interior olía a novedad, a lujo recién estrenado. Víctor se sentó a su lado, reclinándose con comodidad. Cuando Dakota arrancó el motor, que respondió con un ronroneo potente y contenido, una extraña sensación de poder la recorrió. Era un auto magnífico. Respondía a la más mínima presión del acelerador con una suavidad aterradora. 


Condujo durante unos minutos, saliendo de la zona comercial y tomando una avenida que bordeaba la costa. Intentaba concentrarse en la ruta, en la sensación del volante en sus manos, en la libertad que suponía ese vehículo. Pero entonces, la mano de Víctor volvió a posarse sobre su pierna. Esta vez más arriba, su palma caliente presionando contra el músculo interno de su muslo, peligrosamente cerca de la entrepierna. 


Dakota contuvo la respiración. El contacto era íntimo, invasivo, y no dejaba lugar a dudas. 


—Tomá por ahí —indicó Víctor, señalando un desvío menos transitado—. Vamos a un motel. Es la hora que comenzar a devolver el favor. 


Las palabras, dichas con una tranquilidad aterradora, cayeron como un mazazo. El mundo exterior, el sol en el río, los árboles, todo se desvaneció. Solo existía el zumbido en sus oídos y la mano quemándole la piel a través del vestido. "Devolver el favor". La frase era tan cruda, tan desprovista de cualquier romanticismo o afecto, que no dejaba espacio para el autoengaño. 


"Idiota", se insultó a sí misma, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas de rabia y de impotencia. "Estúpida. ¿Qué creías? ¿Que un hombre como él te regala un auto así porque sí? ¿Por tu linda cara? Era obvio. Todo tiene un precio. Siempre lo supe." Su mente era un torbellino de pánico y de una lucidez dolorosa. "¿Me acostaré con él? ¿Aquí? ¿Ahora? No, no puedo. Es el novio de mami. Es… es asqueroso." Pero otra voz, más pragmática y cínica, se abría paso. "Ya lo dejaste llegar hasta aquí. Aceptaste el auto. Dejaste que te tocara. ¿En qué momento pensaste que podías parar esto? Él no va a aceptar un no por respuesta. Y Londres… ¿y tu futuro?" 


Mientras esta batalla interna se libraba con la ferocidad de una guerra civil, sus manos, actuando por inercia, casi por un instinto de supervivencia que anulaba la razón, giraron el volante. El auto, obediente, tomó el desvío. Casi sin meditarlo, como una sonámbula, Dakota condujo hasta la entrada discreta de un motel, uno de esos lugares anónimos con garajes individuales para preservar la privacidad de sus clientes. Apretó el botón, la puerta se abrió con un zumbido siniestro, y entró con su flamante auto a la penumbra de un garaje cerrado, con el hombre que no era su padre, ni su novio, sino el amante de su madre, sentado a su lado, con la mano aún posada en su muslo, reclamando lo que, según sus distorsionadas reglas, ya le pertenecía. 


El zumbido metálico de la puerta del garaje cerrándose detrás de ellos fue el sonido más definitivo que Dakota había escuchado en su vida. Era el ruido de una celda cerrándose, de un punto de no retorno siendo traspasado. La penumbra del espacio reducido, iluminado solo por una luz amarillenta, envolvía el auto nuevo, que ahora parecía una ironía macabra, un precio ya cobrado por un servicio aún no rendido. Antes de que el motor se apagara por completo, Víctor ya había salido del vehículo con la impaciencia de un hombre acostumbrado a no esperar. Dakota, con los dedos temblorosos aún aferrados al volante, lo vio caminar hacia la puerta interior que conducía a la habitación. La abrió y, sin mirarla, hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. 


Cada paso que daba hacia esa puerta abierta era un latido de su corazón, un martilleo de culpa y una excitación prohibida que la nauseaba. "Esto está mal, esto está tan mal", pensaba, pero sus piernas, como si tuvieran una voluntad propia, la llevaban hacia adelante. Cruzó el umbral y la puerta se cerró con un golpe seco. La habitación era anónima, genérica, con una cama enorme con cubrecama de satén rojo y una mesita de luz con un reloj digital que marcaba una hora absurdamente temprana. No había cuadros, no había personalidad. Era un espacio fuera del tiempo, diseñado para actos como este, actos sin pasado ni futuro. 


No hubo palabras. Víctor se volvió hacia ella y, con una eficiencia brutal que no dejaba espacio para la ternura o el cortejo, le arrancó el vestido. No fue un desvestir, fue un despojar. La tela de jersey, tan suave y elegante hace unos minutos, se rasgó en la costura del hombro con un sonido crujiente. Dakota gimió, un sonido de protesta ahogada, pero no se resistió. Sus manos se elevaron por un instante, no para detenerlo, sino como un reflejo inútil. En segundos, el vestido estaba a sus pies, un montón de tela color vino en el suelo sucio de la habitación. Luego fue el sostén, cuyas copas se separaron de sus pechos moderados pero firmes, y la tanga, que fue deslizada por sus caderas con un tirón. De pronto, estaba completamente desnuda en el centro de la habitación, bajo la luz fría de un tubo fluorescente, su piel dorada erizada por el frío y el miedo, sus pezones oscuros y erectos no solo por la temperatura, sino por la adrenalina que le corría por las venas. Se sentía asustada, profundamente asustada. Pero también, de una manera que la horrorizaba, se sentía viva, electrizada, y terriblemente excitada. La mezcla era nauseabunda. "Es el novio de mamá", se repetía, como si con esa frase pudiera exorcizar el deseo que sentía crecer en su propio cuerpo, un deseo que parecía alimentarse de la misma humillación. "Soy una hija de mierda. Una perra sucia." 


Víctor la observó, desnuda y temblorosa, con la misma expresión con la que habría mirado el auto minutos antes: evaluando, aprobando, poseyendo. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer, junto con su ropa interior. Su miembro, ya completamente erecto, se erguía como un arma, un símbolo de la transacción que estaba a punto de consumarse. 


—Chúpame la verga —ordenó, su voz un eco de la orden que le había dado a su madre, y que ahora resonaba en la hija con una siniestra familiaridad. 


Dakota, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies, se arrodilló. El frío del piso de losas le caló en las rodillas, pero era una sensación lejana. Su mundo se había reducido al espacio entre sus ojos y el miembro de Víctor. Con una sumisión que le brotaba de un lugar que no conocía en sí misma, inclinó la cabeza y tomó la punta entre sus labios. Al principio fue mecánico, un acto forzado por la coerción. Pero luego, algo cambió. El sabor salado de su piel, la textura de la piel tensa, el olor masculino y ligeramente almizclado, empezaron a despertar algo en ella. Su lengua, al principio tímida, comenzó a moverse con más intención. Recorrió la longitud del glande, trazando círculos lentos y deliberados. Luego se deslizó hacia abajo, por el tronco, explorando las venas que latían bajo la piel. Una de sus manos se aventuró a acariciar los testículos, sintiendo su peso y textura con una curiosidad sensual que la avergonzaba y la excitaba aún más. Se sentía sumisa, pequeña, insignificante ante la enormidad de este hombre y su poder. Y esa anulación de su yo, esa rendición de su voluntad, era increíblemente intoxicante. Un calor húmedo y vergonzante comenzó a crecer entre sus piernas, una respuesta física traidora a una situación que su mente condenaba. 


Mientras ella trabajaba con una dedicación que cada vez se sentía menos forzada y más genuina, Víctor dejó escapar un gruñido de placer. Pero su dominación no era solo física; era verbal, psicológica. 


—Tu madre… —dijo, jadeando levemente— la chupa mejor. Sabe cómo usar la lengua. Vos todavía estás verde. 


Las palabras fueron un latigazo. Dakota se detuvo por un segundo, una punzada de celos absurda y de humillación atravesándola. "¿Está comparándome con mamá?", pensó, sintiéndose aún más sucia. Pero en lugar de alejarla, la humillación la envalentonó. Quería probarle que estaba equivocado. Quería ser mejor. Redobló sus esfuerzos, tomándolo más profundo en su garganta, relajando los músculos, usando su lengua con más ferocidad, intentando superar a la mujer que la había traído a este infierno. 


—No —gruñó Víctor, poniendo una mano en su cabeza para guiarla, no con suavidad, sino con control—. Así no. Más lento. Disfrútalo. No lo devores como una perra hambrienta. 


La nueva corrección, otro golpe a su orgullo. Dakota, ahora completamente sumergida en el rol, obedeció. Hizo los movimientos más lentos, más sensuales, saboreando cada centímetro, mirándolo a los ojos con una sumisión que era a la vez desesperada y excitante. Estaba aprendiendo. Aprendiendo a ser lo que él quería que fuera. 


Pero Víctor no estaba interesado solo en eso. De pronto, la agarró de los brazos y la levantó con una fuerza que la dejó sin aliento. La empujó contra la pared fría de la habitación, la espalda desnuda golpeando la superficie dura. Antes de que pudiera protestar o siquiera pensar, la penetró. La primera embestida fue brutal, un impacto seco y doloroso que le arrancó un grito agudo. La segunda fue igual de salvaje, llenando un espacio vacío que ella no sabía que tenía. Y entonces, en la tercera, algo estalló dentro de ella. Un orgasmo violento e inesperado la sacudió, haciendo que sus piernas flaquearan y que un grito prolongado y gutural escapara de su garganta. 


"¿Qué me está pasando?", pensó, aterrada y extasiada. "¿Me gusta? ¿Me gusta estar sometida? ¿Me gusta que me usen así?" No había tenido tiempo de procesarlo. El placer era demasiado intenso, demasiado primitivo. Era un animal siendo montado, y su cuerpo respondía con una ferocidad que su mente no podía controlar. 


—¡Sí! —gritó, ya sin poder contenerse—. ¡Dios, sí! 


Víctor, estimulado por su clímax, no se detuvo. Continuó con sus embestidas, una y otra vez, con un ritmo implacable que mantenía a Dakota en un estado constante de éxtasis. Los cuerpos chocaban contra la pared con un sonido sordo y húmedo que resonaba en la habitación estéril. Los gemidos de Dakota ya no tenían vergüenza; eran puros, desinhibidos, un torrente de sonidos que delataban un placer que ella nunca había experimentado. 


—¡Más fuerte! —suplicaba, con la voz quebrada—. ¡Por favor, más fuerte! 


—¿Qué sos? —rugió Víctor, clavándose en lo más profundo de ella. 


—¡Soy tuya! —gritó ella, y la frase, esta vez, no era una mentira forzada, sino una verdad que brotaba de su propio placer—. ¡Toda tuya! 


El sudor cubría sus cuerpos, pegándolos el uno al otro. Dakota, con el pelo castaño pegado a su rostro y su espalda ardiendo por el roce con la pared, tuvo un segundo orgasmo, aún más intenso que el primero, un espasmo que la dejó jadeando y temblando, sostenida solo por la fuerza de él. Poco después, con unos empujones finales y un gruñido profundo, Víctor terminó, derramándose dentro de ella con una posesión que ahora sentía total. 


Quedaron apoyados contra la pared, jadeando, el aire lleno del olor a sexo y a sudor. Después de unos minutos de silencio, solo roto por sus respiraciones entrecortadas, Víctor se separó de ella. La miró, con sus piernas temblorosas y su cuerpo marcado por el encuentro, y esbozó una sonrisa de triunfo absoluto. 


—Eres más sabrosa que tu madre —dijo, y la frase, en lugar de un halago, era la confirmación final de su conquista y de la corrupción de la dinámica familiar. 


Ese día no salieron del motel por horas. Hicieron el amor dos veces más, en la cama esta vez, con una intensidad que no decayó. Dakota ya no luchaba. Se había entregado no solo por el auto, no solo por la promesa de Londres, sino porque su propio cuerpo, para su terror y fascinación, había encontrado un placer profundo y vergonzoso en la sumisión absoluta. 


Cuando finalmente volvieron a la casa, la tarde ya caía. El auto nuevo, que Dakota manejó en un estado de aturdimiento, parecía un trofeo manchado. Al entrar, Ivana y Valeria salieron a recibirlas, con sonrisas amplias. 


—¡Dakota! ¡El auto es una locura! —exclamó Valeria, abrazando a su hermana—. ¡Qué suerte tenés! 


Ivana se acercó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Había una pregunta silenciosa en su mirada, una preocupación que no se atrevía a vocalizar. 


—Es precioso, hija. Te felicito —dijo, tocándole el brazo. 


Dakota no pudo mirarla a los ojos. Bajó la cabeza, sintiendo que la culpa le quemaba las mejillas. "Acabo de acostarme con tu novio, mami. Tres veces. Y me encantó", pensó, y la vergüenza fue tan intensa que le costaba respirar. 


—Gracias —murmuró, y se escapó hacia su habitación, necesitando una ducha, necesitando borrar el olor a Víctor de su piel, sabiendo que era imposible. 


Víctor, en cambio, se quedó en la sala, con una expresión de satisfacción profunda. Había cruzado un umbral crucial. Dakota ya era suya, no por la fuerza, sino porque él había sabido encontrar y explotar los hilos ocultos de su deseo y su ambición. Su plan avanzaba perfectamente. Y entonces, casi automáticamente, como un depredador que ya ha saboreado una presa y busca la siguiente, su mirada se desvió. Se posó en Valeria, la hermana menor, la rubia de rostro delicado y ojos verdes, que reía inocente, ajena a la tormenta que se acababa de desatar y a la que se avecinaba hacia ella. La conquista de Dakota estaba completa. Ahora, era el turno de Valeria. 


Continuara... 

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