Juegos de un Millonario - Parte 4

 


El tiempo, dentro de la burbuja de lujo y silencio que era la casa de Víctor, parecía fluir de una manera distinta, más densa y cargada de significados ocultos. Una semana había pasado desde la mudanza, y los hilos de la vida de las tres mujeres se estaban enredando lentamente en la telaraña que el hombre había tejido a su alrededor, cada una respondiendo a su propio y particular cebo. 


Para Ivana, la transformación había sido casi instantánea y profundamente seductora. Las arrugas de preocupación que durante años se le habían grabado en la frente, producto de contar monedas para llegar a fin de mes, de negociar con los acreedores y de calcular cada peso gastado en la comida, empezaban a suavizarse. Su rutina ya no consistía en madrugar para ir a un trabajo agotador, sino en desayunar frutas exóticas traídas de algún mercado exclusivo, luego ir al gimnasio más caro de la ciudad –donde las máquinas parecían esculturas de diseño y el sudor olía a perfume– y, por las tardes, pasar horas en la piscina climatizada. Flotar en esa agua siempre a la temperatura perfecta, mirando el cielo a través del techo de vidrio de la mansión, era un lujo tan profundo que a veces le producía una punzada de culpa, rápidamente ahogada por la ola de alivio que la inundaba. Ya no se hablaba de pagar las cuentas. La comida, lejos de estar cara, era una sucesión de manjares que aparecían en la mesa sin que ella moviera un dedo. Cada día que pasaba, la convicción de que había tomado la decisión correcta se cementaba más en su mente. "Lo hice por ellas", pensaba, pero ahora la frase sonaba hueca, incluso para sí misma. Lo había hecho, también, por esto. Por la paz de no tener que luchar, por el placer de rendirse. Su cuerpo, mantenido con esfuerzo durante años, se estaba volviendo más suave, más dócil, como si el lujo lo estuviera amansando. 


Dakota, en cambio, navegaba por un mar de confusión turbia. El auto, un objeto de deseo que ahora poseía, se sentía como una losa de culpa sobre sus hombros. Cada vez que se deslizaba en el asiento de cuero, revivía la sensación de la mano de Víctor en su muslo, el zumbido de la puerta del motel, y los sonidos guturales que ella misma había emitido. Lo había pasado bien. Demasiado bien. El placer que había experimentado, crudo y liberador, la aterraba. ¿Qué clase de persona era para disfrutar siendo usada de esa manera, por el hombre que compartía la cama con su madre? La culpa era un sabor amargo constante en su boca. Pero lo que más la desconcertaba era el comportamiento de Víctor desde aquel día. No le había tocado un pelo. No había miradas lascivas, ni insinuaciones, ni órdenes susurradas. Era como si el episodio del motel hubiera sido un sueño febril, una anomalía. Él era cortés, distante, casi paternal. Esa indiferencia, en lugar de calmarla, la ponía más nerviosa. Era como si hubiera pasado una prueba y ahora estuviera en un período de espera, y la incertidumbre sobre cuál sería la siguiente fase la tenía en un estado de perpetua ansiedad. "¿Fue solo una vez? ¿O esto es solo el principio?", se preguntaba, sin encontrar respuestas. 


Mientras tanto, Valeria vivía inmersa en un sueño de cuento de hadas moderno. A sus veinte años, la realidad de las dificultades económicas siempre había sido un ruido de fondo molesto, amortiguado por el esfuerzo de su madre. Pero ahora, ese ruido había desaparecido por completo, reemplazado por una sinfonía de lujos. Víctor, su nuevo "padrastro" –una palabra que aún le resultaba extraña–, era como un hada madrina con billetera ilimitada. No eran regalos enormes, al principio, sino una lluvia constante de pequeñas exquisiteces que la hacían sentir como una princesa. Un bolso de una diseñadora local que todas sus amigas codiciaban, unas gafas de sol de una marca italiana, una colección de maquillaje que antes solo podía mirar a través del vidrio de una perfumería. Cada obsequio venía con una sonrisa distante de Víctor y un "es una boludez, para que estés linda". Valeria, con su rostro delicado y su inocencia aún no erosionada por la vida, lo aceptaba todo con una gratitud efusiva y genuina. No veía el precio oculto, las cuentas que se estaban acumulando en una moneda que aún no podía imaginar. Para ella, Víctor era la personificación de la generosidad, un hombre misterioso y poderoso que había llegado para hacer todos sus sueños realidad. 


Fue en este contexto que Víctor, como un director de orquesta moviendo a sus músicos, comenzó el siguiente movimiento. Se dirigió a la zona de la piscina, donde Ivana flotaba boca arriba en el agua tibia, su cuerpo esbelto y tonificado reluciente bajo la luz artificial que imitaba al sol. Llevaba un bikini minúsculo de color turquesa que, lejos de ocultar sus atributos, los enmarcaba y elevaba, haciendo que sus pechos generosos parecieran una ofrenda sobre su torso. Víctor se detuvo al borde de la piscina, mirándola no con deseo ardiente, sino con la apropiación con la que un hombre mira una parcela de tierra que es suya. Sin mediar palabra, se arrodilló, metió las manos en el agua y agarró esos pechos con fuerza, no una caricia, sino un acto de posesión. 


Ivana se sobresaltó, abriendo los ojos. 


—¿Cuánto hace que no tienen leche? —preguntó él, su voz grave y plana, como si estuviera preguntando por el modelo del auto. 


La pregunta era tan surrealista, tan íntima y a la vez tan fría, que Ivana, por un segundo, no supo cómo reaccionar. Luego, lo tomó como una broma perversa, una de esas rarezas de un hombre maduro y poderoso. Sonrió, con una sonrisa que era mitad nerviosismo, mitad coquetería sumisa. 


—Señor Víctor, desde hace mucho tiempo —respondió, jugando el juego—. Desde que Valeria tenía dos años. 


Víctor no sonrió. En cambio, se inclinó más, acercando su rostro a sus pechos. Con la misma naturalidad con la que un bebé busca el pecho de su madre, se llevó uno de los pezones, ya erecto por el contraste del agua tibia y el aire frío, a su boca y comenzó a chupar. No fue un acto sensual, sino de marcaje. Lo hizo con intensidad, con una succión fuerte y rítmica, sin importarle en absoluto que, desde la casa, a través de los ventanales, alguna de sus hijas pudiera ver la escena. Ivana contuvo la respiración. Una oleada de calor le recorrió el cuerpo, una mezcla de vergüenza, excitación y una profunda sumisión. Sentía sus pechos, siempre un símbolo de su maternidad y feminidad, siendo reclamados, usados, como si él estuviera intentando extraer de ellos algo más que placer. 


Después de un minuto, Víctor se separó, dejando el pezón húmedo y sensible al aire. Los pechos de Ivana, ahora libres del bikini que él había apartado, quedaron completamente expuestos, palpitantes. La miró a los ojos, y en su mirada no había rastro de broma. 


—Quiero hijos tuyos —declaró, como si estuviera ordenando la cena. 


Ivana sintió que el mundo daba un vuelco. Un hijo. No era una idea que le disgustara, en el fondo. Darle un heredero al hombre más rico de la ciudad era, en su lógica distorsionada, la consolidación final de su seguridad. Pero el miedo, biológico y real, surgió a la superficie. 


—Tengo cuarenta años —dijo, su voz un hilo de sonido—. Es peligroso. 


Víctor se rio, un sonido seco y carente de humor. 


—Me vas a dar los hijos, y yo te voy a dar los mejores obstetras que el dinero pueda comprar. Lo que sea. No me importa el costo. 


La frialdad con la que desestimaba su preocupación, transformando un riesgo vital en un simple problema logístico y económico, fue lo que terminó de quebrar cualquier resistencia. Casi sin pensar, impulsada por la necesidad de complacer, de asegurar su lugar, de rendirse aún más profundamente a la corriente que la llevaba, Ivana respondió: 


—Le daré todos los hijos que desee. 


Lo dijo sabiendo que era verdad. No solo por conveniencia –un hijo lo ataría a ella para siempre–, sino porque la idea de que su vida, su cuerpo, su futuro, fuera completamente dictaminado por él, le producía una extraña y poderosa calma. Era la liberación final de la responsabilidad. 


Víctor asintió, satisfecho. Se levantó, dejándola allí en el agua, con los pechos al aire, marcada y poseída de una nueva manera. Dio media vuelta y se dirigió al comedor interior. 


Allí, sentada a la enorme mesa de madera pulida, estaba Valeria. Tomaba un café en una taza de porcelana fina, vestida con un conjunto deportivo nuevo que Víctor le había comprado el día anterior. Al verlo, su rostro se iluminó con una sonrisa radiante y genuina. 


—¡Víctor! —exclamó—. Gracias otra vez por las zapatillas, son re cómodas. Y el perfume… uf, me encantó. 


Víctor hizo un gesto despectivo con la mano, como ahuyentando un mosquito. 


—Son boludeces, Valeria. Pequeñeces. No hace falta que me lo agradezcas todo el tiempo. 


—Pero para mí no son boludeces —insistió ella, con la efusividad de sus veinte años—. Nunca tuve cosas tan lindas. ¡Y pensar que ayer fui a comprar ropa con las amigas y pude entrar a todas las tiendas sin mirar los precios! ¡Fue una locura! 


Él se sentó frente a ella, observándola con esa mirada calculadora que ella, en su inocencia, interpretaba como afecto. 


—Me alegra que lo disfrutes —dijo, su voz suave, casi un susurro—. Una nena linda como vos merece cosas lindas. 


Valeria se sonrojó, halagada. Luego, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto, dijo: 


—Y… ya que estamos… hay una cosa que me gustaría. Una cosa más grande. 


Víctor arqueó una ceja, interesado. 


—¿Ah, sí? Contame. 


—Bueno… —ella jugueteó con la taza—. Vos ves a mi mamá, ¿no? Tiene un cuerpo… increíble. Y sus pechos… son perfectos. A mí me gustaría… que me pagaras una cirugía. Para tener pechos grandes como los de ella. 


La petición, hecha con la ingenuidad de quien pide un helado, flotó en el aire del comedor. Víctor no respondió de inmediato. La miró, recorriendo su rostro de facciones suaves, su cuerpo joven y esbelto, y luego se rio. No era una risa alegre, sino una risa profunda, de quien acaba de escuchar la línea final de un chiste que solo él entendía. 


—Una cirugía —repitió, como saboreando la palabra—. Eso no es una pequeñez, Valeria. Eso no te va a salir gratis. 


Valeria arrugó el ceño, confundida. No entendía. ¿Acaso él no le daba todo? ¿No había dicho que merecía cosas lindas? 


—¿Cómo? —preguntó, su voz perdiendo un poco de su brillo—. ¿Qué querés decir? 


Víctor no respondió con palabras. En su lugar, con una calma aterradora, manteniendo la mirada fija en sus ojos verdes e inocentes, se bajó lentamente el cierre de su pantalón. El sonido del metal deslizándose fue el único ruido en la habitación. No hizo ningún otro movimiento. No dijo nada más. Simplemente dejó el gesto ahí, suspendido en el aire, una respuesta cruda, visual e inescapable a su pregunta. 


La sonrisa se congeló en el rostro de Valeria. Su mente, que hasta hace un momento habitaba un cuento de hadas, de repente chocó contra la pared de piedra de la realidad. Los regalos, la ropa, las zapatillas, el perfume… no eran regalos. Eran un adelanto. Un señuelo. Y el precio, el precio real, estaba ahora frente a ella, expuesto en el frío gesto de ese hombre al que había llamado padrastro. El color se drenó de su rostro. La taza de café le tembló en la mano. El sueño de Disney se había acabado de la manera más brutal posible, y el verdadero cuento, oscuro y perverso, acababa de comenzar para ella. 


La mirada de Víctor no era la de un padrastro, ni la de un benefactor; era la de un depredador que, con paciencia infinita, había tendido su trampa y ahora veía a su presa paralizada justo delante de él. El miembro erecto que ahora estaba a la vista, en la penumbra elegante de la habitación, no era un símbolo de deseo, sino de poder, de una transacción que ella, en su ingenuidad, había activado con su pedido. 


Valeria sintió que las piernas le flaqueaban. El rostro, tan delicado y de facciones suaves, se había vuelto pálido, y sus ojos verdes, tan parecidos a los de su madre, estaban desorbitados por un pánico que le secaba la garganta. Quería gritar, quería salir corriendo, quería despertar de esa pesadilla. Pero una fuerza mayor que su voluntad, el peso aplastante de las expectativas, del lujo al que ya se había acostumbrado, y el miedo visceral a desobedecer a aquel hombre, la mantuvo en su sitio. Sus labios, que hasta hace un momento esbozaban una sonrisa agradecida, temblaron. Con una lentitud que delataba cada gramo de su terror y su confusión, se deslizó de la silla y se arrodilló en la fría losa del piso. Sus manos, temblorosas, se elevaron por un instante, como buscando un apoyo que no existía, antes de posarse en sus propios muslos. 


—No… —logró susurrar, una súplica débil que se perdió en la inmensidad de la habitación. 


Víctor no dijo nada. Solo se ajustó ligeramente, acercándose a ella. Su mirada era impasible, expectante. Valeria, con el corazón martillándole en el pecho como un pájaro enjaulado, inclinó la cabeza. El olor a limpio, a poder, a hombre, llenó sus fosas nasales. Con una timidez desgarradora, casi virginal en su torpeza, abrió los labios y tomó la punta del miembro. Fue un contacto eléctrico, repulsivo y a la vez hipnótico. Su lengua, al principio rígida por el miedo, se movió con torpeza. No sabía qué hacer, cómo hacerlo. Era un acto mecánico, impulsado por el pánico, por la necesidad de cumplir con lo que se le exigía para, de alguna manera retorcida, ganarse esos pechos que tanto anhelaba. Sus movimientos eran vacilantes, su boca apenas se abría lo suficiente, sus manos se aferraban a sus piernas como anclas en un mar de confusión. 


"¿Cómo puede ser?", pensaba, su mente un torbellino de incredulidad. "Este hombre… parecía tan bueno. Tan generoso. Me daba todo. ¿Y ahora esto? ¿Es este el precio? ¿El precio de todo?" Cada movimiento de su lengua, cada vez que sus labios rozaban la piel tensa, sentía que una parte de sí misma, la parte buena e inocente, se desprendía y se hacía trizas en el suelo. 


Fue entonces cuando Víctor, con su voz grave y carente de toda emoción, pronunció la frase que le heló la sangre en las venas. 


—Qué bien la chupa la hija de mi novia. 


Las palabras, dichas con una tranquilidad aterradora, fueron un balde de agua helada. "La hija de mi novia". No era Valeria. No era una persona. Era un título, un rol en la distorsionada fantasía de él. Era la confirmación de que ella era solo una pieza más en su colección, un eslabón en la cadena perversa que incluía a su madre y a su hermana. Se quedó quieta, paralizada por el horror, la boca aún alrededor de él, incapaz de moverse. 


Víctor no toleró la pausa. Su mano, grande y fuerte, se enredó en su larga melena rubia oscura, no con suavidad, sino con un agarre firme y dominante. No tiró con brutalidad, pero la presión fue suficiente para eliminar cualquier duda sobre quién tenía el control. 


—Seguí —ordenó, y su tono no dejaba espacio para la discusión. 


Valeria, con lágrimas silenciosas recorriéndole las mejillas, obedeció. Algo se había quebrado dentro de ella. La resistencia se esfumó, reemplazada por una sumisión automática, casi catatónica. Continuó con su tarea, sus movimientos ahora un poco más fluidos, guiados por la mano en su nuca, aprendiendo, a la fuerza, el ritmo que él exigía. 


Llevaba unos cuantos minutos en esa posición, perdida en un limbo de humillación y desconexión, cuando un grito desgarrador cortó el aire como un cuchillo. 


—¿Qué hacen? 


Era la voz de Ivana. Estaba de pie en la entrada del comedor, con la cara desencajada por el horror. Su cuerpo, todavía húmedo de la piscina, llevaba solo la toalla enrollada en la cintura, dejando sus pechos, aquellos pechos que Valeria tanto envidiaba, completamente al aire, los pezones aún erectos y húmedos por la boca de Víctor. Era una imagen surrealista, una pesadilla hecha realidad. 


Al escuchar el grito de su madre, Valeria intentó retroceder, escupir, liberarse. Pero la mano de Víctor en su nuca se convirtió en una tenaza. En lugar de permitirle separarse, empujó su cabeza hacia adelante con fuerza, obligándola a tomar más profundidad, a tragar, a ahogar su protesta en un acto de sumisión aún más profundo. Un sonido ahogado, entrecortado, escapó de su garganta. 


Víctor, por su parte, ni siquiera se inmutó. Alzó la mirada y clavó sus ojos en los de Ivana. No había culpa, ni sorpresa, ni siquiera desafío en su rostro. Solo una tranquilidad absoluta, la de un hombre que está en su derecho. 


—Tu hija está aprendiendo su lugar en esta casa —declaró, como si estuviera explicando una lección de geometría. 


Ivana, temblorosa, dio un paso al frente. El dolor y la traición brillaban en sus ojos verdes. 


—Me tenés a mí para eso —gimió, su voz quebrada por la emoción—. Yo te doy lo que quieras. Para eso estoy yo. 


En el fondo de su horror, Ivana sintió una punzada de algo inconfesable: celos. Celos viscerales y primitivos. Ella era la elegida, la que había aceptado el trato, la que se había entregado primero. Ver a su hija menor, la más inocente, realizando el mismo acto de sumisión, le producía una rabia mezclada con una sensación de desplazamiento. Quería ser la única puta de Víctor, porque ese título, asquerosamente, le daba un estatus, un valor en esta nueva y retorcida jerarquía. 


Víctor, lejos de conmoverse, esbozó una sonrisa cruel y disfrutona. Mantuvo la mirada en Ivana mientras Valeria continuaba, ahora con más destreza, su tarea. 


—Un hombre como yo —dijo, con una arrogancia glacial— tiene más de una puta. —Hizo una pausa dramática, saboreando el dolor en el rostro de Ivana—. Ahora cállate, ponete de rodillas y mirá cómo tu hija aprende a obedecer. 


Las palabras fueron una sentencia. Ivana sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Toda su vida, toda su lucha, toda su identidad como madre protectora, se desvanecía en ese instante. Pero, al mismo tiempo, una parte de ella, la parte que ya se había acostumbrado a la sumisión, la que encontraba un placer amargo en la anulación, recibió la orden con una especie de alivio profano. No tenía que pelear. No tenía que decidir. Solo obedecer. Con lágrimas silenciosas cayendo sobre sus pechos desnudos, Ivana se dejó caer de rodillas en el suelo, a unos metros de su hija. Su vida anterior se terminaba allí, en ese acto de humillación suprema, y una nueva, más oscura y complicada, comenzaba. 


Y lo mismo, en el fondo de su alma confusa, sintió Valeria. Arrodillada, con la boca llena, viendo a su madre arrodillarse y aceptar la situación, algo cambió dentro de ella. El miedo no desapareció, pero se mezcló con una extraña fascinación.  Era un pacto perverso, una hermandad forjada en la sumisión. Y, para su propio horror, descubrió que no podía dejar de disfrutar la situación. El poder de Víctor, absoluto e incuestionable era, de una manera retorcida, excitante. 


Víctor, entonces, agarró a Valeria por el cabello y la levantó con brusquedad. Con unos tirones expertos, le arrancó la ropa, dejando su cuerpo joven, esbelto y dorado completamente expuesto. La empujó sobre la mesa de madera pulida, donde minutos antes tomaba café inocente. La penetró sin ningún preámbulo, con una embestida brutal que le arrancó un grito que era mitad dolor, mitad éxtasis. 


Las embestidas de Víctor eran salvajes, primitivas. No había ternura, solo posesión. Y Valeria, para su propia sorpresa, respondió con una ferocidad que no sabía que poseía. Su cuerpo, que había estado tenso por el miedo, se relajó y se abrió, encontrando un placer profundo y vergonzoso en la crudeza del acto. 


—¡Ah! ¡Sí! —gimió, sus manos aferrándose al borde de la mesa—. ¡Más duro! 


—Gimés igual que Dakota —le susurró Víctor al oído, su voz áspera por el esfuerzo. 


La mención de su hermana, en lugar de horrorizarla, fue como aceite sobre el fuego de su excitación. La confirmación de que no estaba sola en esto, de que era parte de un secreto compartido y prohibido, la excitó hasta el borde del delirio. El acto era rudo, sudoroso. El cuerpo maduro y un poco grueso de Víctor dominaba por completo el cuerpo sensual y joven de Valeria, que se arqueaba y se entregaba bajo él. Sobre el frío suelo de losas, Ivana observaba la escena, de rodillas, sus pechos al aire, sintiendo una mezcla de vergüenza, dolor y una excitación que la nauseaba. Estaba viendo la violación de su hija, y una parte de ella, la parte sumisa, lo encontraba profundamente excitante. 


Valeria llegó a un orgasmo intenso, un espasmo que recorrió todo su cuerpo y la dejó gritando, con los ojos cerrados. Cuando los abrió, jadeante, su mirada se encontró, por un instante, con la de su madre, arrodillada en el suelo. Y vio, con una claridad aterradora, que en los ojos de Ivana, entre las lágrimas, había una pequeña y temblorosa sonrisa. Una sonrisa de complicidad, de resignación, o quizás, solo quizás, de disfrute. 


"¿Lo está disfrutando?", pensó Valeria, y la idea, en lugar de repudiarla, añadió otra capa de excitación a su confusión. 


Poco después, Víctor terminó dentro de ella con un gruñido final. Quedaron jadeantes, los cuerpos pegados por el sudor, sobre la mesa. Tras recuperar el aliento, Víctor se separó, se acomodó la ropa con la misma calma con la que había empezado todo, y miró a Valeria, que yacía sobre la mesa, exhausta y embriagada. 


—Cuando me des dos hijos —dijo, su voz ya recuperada, práctica—, tendrás tus tetas grandes. 


Y con esa frase, que sellaba el nuevo contrato con una promesa obscena, dio media vuelta y se fue a bañar, dejando el comedor en un silencio pesado, cargado del olor a sexo y a traición. 


En el suelo, Ivana seguía de rodillas, avergonzada no solo por lo que había visto, sino porque, en el fondo más profundo de su ser, había disfrutado al ver a su hija ser sometida. Era la confirmación final de que ya no eran madre e hijas. Eran tres mujeres, unidas por la sangre y ahora, irrevocablemente, por el hombre que las poseía a todas.


Continuara... 

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