Pruebas de fuego — Epílogo
Cinco años después.
En los pasillos de la facultad, Tamara era una estudiante más. Saludaba a sus compañeros, tomaba apuntes en las clases, aprobaba los exámenes con notas correctas sin ser brillante. Nadie sospechaba nada. Nadie podía imaginar lo que esa chica de pelo castaño y ojos color miel hacía cuando se apagaban las luces.
Porque en la fraternidad Delta Kappa Omega, Tamara era otra cosa.
Era la más deseada.
Franco la reclamaba todas las tardes. No había una sola jornada en que él no se presentara en su departamento, en la habitación privada que le habían asignado dentro de la fraternidad, o directamente en algún rincón del salón de los espejos.
—De rodillas —decía él, y ella obedecía.
—En cuatro —ordenaba, y ella se arqueaba.
—Hoy voy a ser más duro —anunciaba, y ella abría las piernas, ofreciendo el lugar que Franco había tomado para sí mismo desde aquella primera vez.
Todos los días entraba por su ano. Tamara se había acostumbrado a esa sensación: el dolor inicial, la resistencia, la paciencia de él, y después el placer torcido que la hacía gritar contra la madera, contra la pared o contra las sábanas. Su cuerpo ya no oponía resistencia. Su cuerpo había aprendido a recibirlo, a pedirlo, a necesitarlo.
Pero no era solo Franco.
Las noches de la fraternidad eran un carnaval de hombres maduros. Tamara se convirtió en la anfitriona favorita. Los políticos, los periodistas, los profesores que antes la miraban como una presa ahora hacían fila para tener un turno con ella. Y ella los atendía a todos.
A veces dos a la vez. A veces tres. A veces cuatro.
En la misma cama. En el mismo momento.
Tamara aprendió a distinguirlos por el sabor, por el olor, por la forma en que la tomaban. Aprendió a gemir con la intensidad justa, a arquear la espalda en el ángulo preciso, a decir "así, así" cuando ninguno de esos hombres le importaba realmente. Aprendió a vaciar la mente y dejar que el cuerpo hiciera el trabajo.
Y le encantaba.
Esa era la parte que nunca contaba. Que cuando estaba con cuatro hombres a la vez, cuando sentía manos en cada centímetro de su piel, cuando un miembro llenaba su boca mientras otro empujaba por detrás y otros dos esperaban su turno —en esos momentos, Tamara se sentía viva. Completamente viva.
"¿Qué pensaría la chica de primer año si me viera ahora?", se preguntaba a veces. Y se reía sola.
Cuando terminó la universidad, los contactos que había forjado en la fraternidad se activaron como fichas de dominó. Un llamado. Una recomendación. Una cena. Un favor que se cobraba en especie.
Tamara se convirtió en diputada nacional.
Tenía veintitrés años, un escaño en el Congreso, y una carrera política que prometía ser meteórica. Los periódicos hablaban de su juventud, de su belleza, de su "fresca mirada sobre la política". Nadie mencionaba, por supuesto, cómo había llegado hasta ahí.
Pero Tamara lo sabía.
Y no le importaba.
En la Cámara de Diputados, nunca presentó una ley. Jamás escribió un proyecto. No dio discursos memorables ni lideró comisiones importantes. Su trabajo era otro.
Su trabajo era hacer gozar a los demás diputados de su partido.
Los encontraba en los pasillos vacíos después de las sesiones, en los baños de los pasillos laterales, en los departamentos que algunos de ellos tenían cerca del Congreso. Hombres de sesenta, setenta años. Algunos con panza y pelo blanco, como Aníbal. Otros más cuidados, más elegantes, pero todos con la misma mirada de "yo sé lo que vos hacés y vos sabés lo que yo quiero".
Tamara se arrodillaba en sus despachos. Se agachaba sobre sus escritorios. Se tendía en los sillones de cuero donde horas antes se habían votado leyes.
Y los hombres votaban a cambio.
No en papel. No en las cámaras. Pero cuando llegaba el momento de aprobar un presupuesto, de firmar un decreto, de levantar la mano en una votación clave —ahí aparecía la mano de Tamara, aunque nadie la viera. El favor que ella había cobrado la noche anterior. La lengua que había lamido donde había que lamer. El cuerpo que se había ofrecido donde había que ofrecer.
"Mi trabajo es otro", pensaba mientras subía la escalinata del Congreso, los tacos resonando en el mármol, los periodistas fotografiándola desde lejos. Y sonreía para las cámaras. Una sonrisa perfecta. Una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Porque los ojos de Tamara ya no sonreían. Los ojos de Tamara se habían quedado en algún lugar entre el piso de madera de la fraternidad y la cama de su departamento, en ese punto exacto donde el placer y la vergüenza se volvieron la misma cosa.
Una noche, después de una sesión especialmente larga, Franco la esperaba en su departamento.
No lo veía desde hacía meses. Su relación había cambiado cuando ella se convirtió en diputada —él seguía siendo "el secretario", el hombre detrás de las cámaras, el que nunca salía en las fotos pero movía todos los hilos. Tamara ya no era suya exclusivamente. Era de todos.
Pero esa noche, Franco había pedido su turno.
—De rodillas —dijo, como siempre.
Tamara obedeció, como siempre.
Él la tomó en el piso del living, con la vista del obelisco entrando por la ventana. La penetró por el único lugar que él consideraba suyo. Tamara sintió ese dolor conocido, ese placer torcido, y por un momento fue la chica de dieciocho años otra vez. La que no sabía nada. La que creía que estaba entrando a una fraternidad para tener un futuro mejor.
Cuando terminaron, Franco se vistió en silencio. En la puerta, antes de irse, le dijo:
—Nicol está orgullosa de vos.
Tamara asintió. No dijo nada más.
Se quedó desnuda en el piso, mirando el techo, como hacía cinco años. El cuerpo le dolía. El alma también. Pero cuando cerró los ojos y pensó en su vida —en los hombres, en el poder, en la forma en que todos la deseaban y ninguno la conocía— no sintió tristeza.
Sintió algo peor.
Sintió que había elegido todo eso. Que si volviera atrás, elegiría lo mismo.
Y esa era la verdadera condena.
FIN.



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