Pruebas de fuego — Parte 1

 


El sol de la tarde se pegaba en la nuca de Tamara mientras caminaba por la avenida adoquinada que llevaba a la fraternidad Delta Kappa Omega. Seis meses en la universidad y ya había rechazado tres propuestas de militancia política, dos programas de estudios especiales, y una beca de investigación que a cualquier otro estudiante le hubiera cambiado la vida. 


Pero Tamara no quería ser cualquier estudiante. 


Quería eso. El edificio blanco que se alzaba al fondo del camino, con sus columnas estilo colonial y sus ventanales que dejaban ver un jardín interno lleno de palmeras. Quería lo que representaba: las fiestas exclusivas donde los empresarios y políticos iban a "relajarse", los contactos que forjarían su futuro, las puertas que se abrirían solas si tenía el símbolo correcto bordado en su chaqueta. 


"Las chicas de la DK O tienen algo que las otras no", pensó, apretando más fuerte la correa de su mochila. "Y yo voy a tenerlo". 


El portón de hierro forjado estaba entreabierto. Lo empujó con la punta de los dedos y entró. 


El patio central era una postal de abundancia líquida. La piscina de mosaicos turquesa reflejaba el cielo naranja del atardecer, y alrededor, dispersas en reposeras de madera blanca, había mujeres de una belleza casi irreal. Rubias, morochas, pelirrojas. Todas con cuerpos trabajados, ropas caras que parecían puestas al descuido, risas que sonaban a cristal. Una de ellas se ajustaba el corpiño de la malla mientras reía con otra que fumaba con boquilla larga. 


Tamara sintió el primer cosquilleo en el estómago. "Mirálas". No eran solo lindas. Eran algo más. Había en la forma en que ocupaban el espacio una certeza de pertenencia que ella no conocía. 


—¿Sos la nueva? —una voz a su espalda la hizo girar. 


La chica que la miraba tenía el pelo negro cortado en un bob perfecto, y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Vestía un conjunto de lino blanco que costaría más que el alquiler de Tamara. 


—Tamara. Vengo por la entrevista con la presidenta. 


—Seguime. 


La guió por un pasillo de paredes altas, adornado con cuadros de antiguas miembros de la fraternidad. Todas mujeres impecables, todas con la misma mirada de acero cubierta de caramelo. El eco de los tacos de Tamara contra el mármol le pareció de repente un ruido demasiado ordinario para ese lugar. 


Llegaron a una puerta de madera lustrada. La guía golpeó dos veces, breve, y abrió sin esperar respuesta. 


La sala era espaciosa, iluminada por una araña de cristal que arrojaba destellos diminutos sobre cada superficie. Un escritorio enorme de caoba ocupaba el centro, y detrás, una mujer. 


Nicol López Muñoz no era linda. Era peligrosa. 


Tamara lo supo antes de que abriera la boca. El cabello castaño oscuro recogido en un moño bajo que dejaba ver el arco perfecto de sus pómulos. Los labios llenos, pintados de un rojo que parecía recién aplicado. Vestía un top de seda color champán que dejaba ver la línea de sus hombros, y una pollera lápiz negra que se ajustaba a sus caderas como una segunda piel. Pero lo que capturó la mirada de Tamara fue el collar: una tira fina de cuero marrón alrededor de su cuello, y colgando, una chapita dorada tan pequeña que no permitía leer lo que tenía grabado. 


—Tamara, ¿no? —la voz de Nicol era suave, casi un susurro que obligaba a inclinarse para escucharla—. Sentate. 


No era una invitación. 


Tamara obedeció, dejándose caer en una de las sillas de terciopelo burdeos frente al escritorio. Fue entonces cuando lo vio. 


A la derecha de Nicol, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, había un hombre. 


No grande, no imponente en el sentido físico. Franco tendría unos cincuenta años, el pelo canoso corto, la mandíbula cuadrada pero blanda, el cuerpo que había sido atlético y ahora empezaba a ceder. No era atractivo. Pero cuando sus ojos grises se encontraron con los de Tamara, ella sintió algo que no supo nombrar. Una presión en el pecho. Como si ese hombre, sin moverse, sin hablar, le estuviera diciendo "yo sé quién sos, y vos todavía no". 


—Él es Franco —dijo Nicol, y la sonrisa que asomó era de esas que guardan secretos—. Nuestro secretario. 


—secretario —repitió Tamara, y la palabra le supo rara en la boca. 


Un hombre mayor, rodeado de mujeres jóvenes y hermosas. Custodiando los archivos de una fraternidad. No cuadraba. Pero algo en la forma en que Franco inclinó apenas la cabeza, en el silencio que llenó la sala después de su nombre, le hizo entender que no iba a recibir más explicaciones. 


Nicol entrelazó los dedos sobre el escritorio. Las uñas, perfectas, color vino. 


—No es fácil entrar acá, Tamara. Seguro ya te lo imaginaste. No nos importa tu promedio, ni tus méritos académicos, ni qué tan buena hija sos. A nosotras nos importa otra cosa. 


—¿Qué cosa? —preguntó Tamara, y odió un poco lo pequeña que sonó su voz. 


—Si tenés lo que hay que tener. Y eso se prueba. 


El silencio se estiró. Tamara escuchaba su propia respiración, y detrás, el roce casi imperceptible de la ropa de Franco contra la pared cuando cambiaba el peso de su cuerpo. 


—Voy a hacer lo que sea —dijo, y las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas. 


La sonrisa de Nicol se ensanchó. Lenta. Triunfal. 


—Qué bueno que digas eso. Porque vamos a empezar ahora mismo con una sesión de fotos. 


¿Fotos? Tamara parpadeó. Eso no era tan malo. Se imaginó a Nicol con un celular, sacándole algunas tomas para el archivo de la fraternidad. Sonrió aliviada. 


Pero no fue Nicol quien se movió. 


Franco se despegó de la pared con una lentitud deliberada, caminó hacia uno de los cajones del escritorio y lo abrió. Cuando giró, tenía en las manos una cámara profesional. Lente grande. Cuerpo de metal negro. Un equipo que valía más que todo lo que Tamara tenía puesto. 


—Vamos a un lugar más cómodo —dijo Franco. 


Era la primera vez que le hablaba directamente. Su voz era grave, de un tono que no admitía réplica. Tamara lo miró, lo miró a él y a la cámara, y sintió un escalofrío que no supo si era miedo o era otra cosa. 


Nicol ya estaba de pie, ajustándose la pollera con un movimiento de caderas que parecía ensayado. Pasó cerca de Tamara y dejó en el aire un rastro de perfume —almizcle, vainilla, algo más oscuro. 


—Ven, nena. No muerde. 


"No muerde". Tamara tragó saliva y las siguió. 

 

El salón estaba al fondo del pasillo, en lo que debía haber sido un viejo estudio. Ahora no había nada: paredes blancas, piso de madera clara, y una luz cenital que caía pareja, sin sombras, implacable. Era un espacio diseñado para no esconder nada. 


Franco cerró la puerta detrás de ellos. El sonido del pestillo al encajar hizo que Tamara diera un paso atrás, instintivo. 


—Parate ahí —dijo él, señalando el centro de la habitación. 


Tamara obedeció. Sus zapatillas de lona contrastaban con la madera pulida. La remera negra, gastada, de repente le pareció demasiado vulgar para ese lugar. Frente a ella, Franco ya había levantado la cámara, el ojo pegado al visor. 


—Mirá acá. 


El primer disparo la hizo parpadear. El segundo, también. Para el tercero, ya estaba mirando fijo al lente, tratando de adivinar qué veía él a través de ahí. 


Siguieron así durante varios minutos. Franco se movía a su alrededor con una fluidez que contrastaba con su cuerpo pesado, agachándose, elevando la cámara, cambiando el ángulo. Disparaba en silencio. El único sonido era el clic metálico del obturador y el roce de los pies de Tamara sobre la madera cuando él le pedía, con un gesto de la mano, que girara un poco más, que levantara la barbilla, que relajara los hombros. 


Nicol estaba apoyada contra la pared, los brazos cruzados, mirando. No decía nada. Pero su presencia era una presión constante, la sensación de ser observada por alguien que ya sabía el final de la película. 


—Sacate la remera —dijo Franco. 


Tamara dejó de respirar. 


Sus ojos fueron a Nicol, buscando una señal, una excepción, algo. Pero Nicol solo alzó una ceja, como diciendo "¿y?". 


"Es normal", se dijo Tamara mientras sus dedos buscaban el borde de la remera. "Todas lo hacen. Es parte del proceso". 


Levantó la tela sobre su cabeza. El aire frío del salón le pegó en la piel descubierta, erizándole los brazos. Abajo llevaba un conjunto de lencería negro: el corpiño de encaje que sostenía sus pechos pequeños, los pantalones anchos negros que le quedaban cayendo en la cadera. No era ropa interior provocativa, pero la combinación —la tela brillante, la piel blanca contrastando— la hacía verse de otra manera. Más mujer. Más algo. 


Franco volvió a disparar. El lente la recorría de arriba abajo, deteniéndose en el borde del encaje, en la curva de su cintura, en la sombra que la luz cenital dibujaba entre sus pechos. "Me está mirando", pensó Tamara, y el pensamiento se clavó en algún lugar de su vientre. No como miran los hombres en la calle, con hambre rápida. Franco la miraba como si estuviera armando un rompecabezas. Como si cada foto fuera una pieza. 


—Sacate los pantalones. 


Esta vez no dudó tanto. O tal vez sí, pero la mirada de Nicol —tranquila, aburrida casi— le dijo que esto era un trámite. Se agachó para desabrochar el botón, bajó la cremallera, y los pantalones cayeron en un susurro de tela sobre la madera. 


Quedó en ropa interior. El corpiño de encaje negro, y la bombacha a juego, triangulito diminuto que apenas cubría. Sus piernas largas, pálidas, temblaban un poco. No de frío. 


Franco seguía fotografiando. Su cara detrás de la cámara era ilegible. Solo se veía el movimiento de su mano al ajustar el lente, al presionar el disparador, al hacer un gesto para que ella cambiara de posición. 


—Acostate. 


Tamara se tendió en el piso de madera. La superficie era fría contra su espalda descubierta. Apoyó la cabeza sobre un brazo, tratando de encontrar una pose que se viera natural, artística, no tan expuesta. 


Clic. Clic. Clic. 


—Abrí las piernas. 


Tamara obedeció. Las separó apenas, un movimiento tímido. La bombacha negra se estiró sobre su entrepierna y sintió una humedad que no estaba ahí hace cinco minutos. 


"Ay, Dios". 


—Más. 


Abrió más. El aire entraba donde no debía. Las piernas temblorosas, los muslos apretándose y separándose en un ritmo que no controlaba. 


—En cuatro. 


Giró sobre sí misma, apoyó las rodillas en el suelo, las palmas de las manos. La cadera quedó levantada, la cola pequeña pero firme apuntando al techo. Cada vez que Franco disparaba, ella sentía el peso de esa mirada posándose en el límite entre la tela y su carne. 


—Sacá la lengua. 


Se sonrojó hasta el pecho. Pero la sacó, rosada, húmeda, y Franco hizo una serie de disparos rápidos. El obturador parecía reírse de ella. 


"Si entrás a esta fraternidad vas a tener un gran futuro", repitió en su cabeza como un mantra. Pero la voz sonaba lejana. Lo único real era el piso frío contra sus rodillas, el encaje clavándose en su piel, y la forma en que ese hombre la estaba desarmando foto por foto. 


—Desnudate. 


La orden cayó en el silencio como una piedra en agua quieta. 


Tamara levantó la cabeza. Franco seguía con la cámara pegada a la cara. Nicol seguía apoyada en la pared. Pero algo había cambiado en el aire. Una tensión más densa, más espesa. 


—¿Desnudarme? —preguntó, y su voz sonó tan pequeña como la primera vez. 


—No me hagas repetir. 


Sus dedos fueron al cierre del corpiño. Lo desabrocharon. La tela cayó hacia adelante, y sus pechos quedaron al aire. Pequeños, perfectos, los pezones rosados y ya endurecidos por el frío o por otra cosa. Se mordió el labio para no hacer ningún ruido. 


Luego, la bombacha. La bajó por los muslos, por las rodillas, hasta los tobillos. Quedó completamente desnuda, hecha un ovillo sobre el piso de madera, los brazos cruzando sobre el pecho por puro pudor. 


Pero Franco meneó la cabeza detrás de la cámara. 


—No. Mostrate. Las manos a los costados. 


Tamara obedeció. Porque ya no sabía por qué estaba obedeciendo, solo que su cuerpo se movía antes de que su mente pudiera detenerlo. Sus brazos cayeron. Su torso se estiró. Y los ojos de Franco la recorrieron entera, desde el cabello castaño desparramado sobre la madera, hasta el triángulo vello claro entre sus piernas. 


Clic. Clic. Clic. 


—Manos atrás de la espalda. 


—Apoyá la cabeza y arqueá la cadera. 


—Señalame con la lengua dónde querés que te toquen. 


Cada orden la dejaba más desnuda. No en el cuerpo —eso ya era imposible— sino en el alma. Tamara sentía que Franco le estaba sacando fotos a algo que ella misma no sabía que tenía. Algo que estaba despertando. 


Hasta que Nicol habló. 


—Mastúrbate. 


Tamara la miró como si acabara de pedirle que prendiera fuego el edificio. 


—¿Qué? 


Nicol no se movió de la pared. Su voz siguió siendo suave, casi maternal. 


—En nuestra fraternidad creamos mujeres exitosas. Mujeres que pueden hacer cualquier cosa en cualquier situación sin inmutarse. Si no podés masturbarte frente a dos personas, no servís. 


No había lógica. Tamara lo supo. Pero también supo que había algo en esas palabras que no estaba diseñado para ser lógico. Era una prueba. Y las pruebas no se discuten. 


Su mano tembló cuando la bajó entre sus piernas. 


Los dedos rozaron el borde de su entrada, húmeda ya. "¿Desde cuándo?", se preguntó. Desde las fotos. Desde que Franco la miró por primera vez. Desde que se sacó los pantalones y sintió el aire frío donde no debía. 


Comenzó a tocarse. 


Al principio fue un movimiento tímido, casi infantil. Los dedos sobre su clítoris, dibujando círculos lentos, inexpertos. No quería hacer ruido. No quería que ellos supieran que le estaba gustando. 


Pero les gustaba. A ella le gustaba. 


El pensamiento la golpeó cuando el placer ya estaba creciendo en su vientre, cálido, húmedo, imparable. "Me gusta que me miren. Me gusta que él me mire". 


Franco seguía fotografiando. Cada vez que el obturador sonaba, Tamara sentía una sacudida en la mano, en el ritmo de sus dedos. Nicol observaba en silencio, con esa media sonrisa que no prometía nada bueno. 


Tamara presionó sus pezones con la otra mano. Un gemido se escapó de sus labios, corto, vergonzoso. Pero en lugar de detenerse, sus dedos se movieron más rápido. Más seguros. Ya no importaba que la estuvieran viendo. Lo que importaba era esa ola que estaba creciendo dentro de ella, ese vacío que necesitaba llenar, esa mirada gris que la devoraba detrás de la cámara. 


Metió dos dedos dentro de sí. El sonido fue obsceno en el silencio del salón. Chasquido húmedo, respiración entrecortada, el clic del obturador marcando el ritmo. 


"Franco", pensó, y no supo por qué. "Que me mire Franco". 


Su cuerpo se arqueó en el piso. Los dedos dentro, el pulgar sobre el clítoris, la otra mano retorciendo un pezón hasta doler. Jadeaba abiertamente ahora, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Sudor perlaba su frente, sus axilas, el hueco de sus rodillas. 


—Así —dijo la voz de Nicol, pero sonaba lejos—. Así me gusta. 


Tamara ya no podía parar. Su pelvis se movía contra su propia mano en un ritmo desesperado. Los dedos entraban y salían, entraban y salían, y ella gimió —un sonido largo, agudo, casi un llanto— cuando sintió que se acercaba. 


"Voy a terminar. Me van a ver terminar". 


Y lo hizo. 


El orgasmo la atravesó como un látigo. Su espalda se arqueó hasta el límite, la boca abierta en un grito que no pudo contener, las piernas temblando, los dedos aún dentro, apretándola, sacándole cada gota de placer. Cuando cayó de vuelta sobre la madera, su cuerpo seguía sacudiéndose en espasmos pequeños. Transpiraba. Jadeaba. Estaba completamente desnuda, completamente expuesta, completamente rota. 


Clic. 


Franco tomó una última foto. La de su cuerpo sudoroso, los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada, el vello púbico brillante, las mejillas encendidas. La de la vergüenza convertida en otra cosa. 


Silencio. 


Luego, Nicol se enderezó y aplaudió dos veces, lento. 


—Vestite —dijo—. Mañana a la tarde tenés que pasar la siguiente prueba. No llegues tarde. 


Tamara se incorporó sobre los codos. Buscó su ropa con manos torpes, vistiéndose como pudo bajo la mirada de ellos. La remera negra le pareció de repente una armadura demasiado frágil. Se la puso igual. 


Cuando salió del salón, sus piernas aún temblaban. Caminó por el pasillo de mármol, el eco de sus pasos sonando a derrota. No miró atrás. 


Pero en la puerta de la fraternidad, cuando el aire fresco de la calle le pegó en la cara, se detuvo. 


Acababa de masturbarse frente a dos desconocidos. Acababa de dejar que un hombre cincuentón, con un cuerpo que ninguna modelo miraría dos veces, le sacara fotos de su orgasmo. Acababa de sentir el placer más intenso de su vida mientras él la miraba. 


"¿Qué tiene ese tipo?", se preguntó mientras caminaba hacia la parada del bondi. "Parece que me quiere devorar. Pero es solo un secretario". 


En el salón, después de que Tamara se fue, Nicol dejó caer las rodillas contra el piso de madera. El ruido fue seco. Miró hacia arriba, hacia Franco, que seguía con la cámara colgando del cuello, los brazos cruzados. 


—Mi señor —dijo ella, la voz temblorosa, los ojos brillantes—. ¿Le gusta este prospecto? 


Franco bajó la cámara con lentitud. Se acercó a Nicol, y con dos dedos le levantó la barbilla. La mujer tembló bajo su toque. Él sonrió —una sonrisa que no calentaba nada— y le pasó el pulgar por los labios rojos. 


—Vamos a ver con el tiempo si es digna de ser una de mis perritas. 


Nicol cerró los ojos. Y sonrió.

 


Continuara... 

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