Pruebas de fuego — Parte 2
El celular vibró sobre la mesa de luz a las cuatro de la tarde.
Tamara estaba en ropa interior, el pelo todavía húmedo de la ducha, mirando el techo de su monoambiente sin verlo. Llevaba todo el día así. Reviviendo. Las fotos. El piso de madera. La mirada de Franco detrás de la cámara. El momento en que sus dedos se hundieron dentro de sí frente a dos desconocidos y no pudo parar.
"No pude parar".
Agarró el teléfono. El mensaje de Nicol era breve, sin saludos:
"Esta noche. Vestite para una fiesta. Atuendo sensual. La segunda prueba empieza a las nueve. Te espero."
Tamara leyó el mensaje tres veces. Su corazón lateaba en algún lugar entre el miedo y una cosa caliente que no quería nombrar.
"Voy a volver", pensó. Y el pensamiento no era una pregunta.
Abrió el placard y recorrió con la mirada sus pocas prendas decentes. La mayoría eran ropas de antes de la universidad, cuando vivía con sus padres en el conurbano y lo más elegante que tenía era un vestido azul para las fiestas de quince. Pero algo había cambiado. Desde el martes, desde esa sesión, su manera de mirarse en el espejo no era la misma.
Buscaba otra cosa ahora.
Sus dedos rozaron un vestido que había comprado en un local de segunda mano y nunca usó. Era negro, de una tela fina que parecía líquida a la luz. Escote pronunciado, pero no vulgar, la espalda al descubierto hasta la cintura, el ruedo que terminaba varios centímetros arriba de la rodilla. Cuando se lo probó frente al espejo del negocio, la vendedora había dicho "estás radiante" y ella se había sonreído sin saber bien por qué.
Ahora lo entendía.
Se lo puso. La tela se deslizó por sus caderas como una caricia. No había lugar para el corpiño —el escote lo delataba— y la bombacha más pequeña que tenía dejaba una línea apenas visible bajo la tela negra. Se miró de costado. Su silueta era más mujer que nena ahora. Los pechos pequeños se marcaban contra la tela, la cintura fina, las nalgas redondas y firmes que el vestido acariciaba sin esconder.
"¿Voy a arrepentirme de esto?"
Se calzó unos tacos negros, los únicos que tenía, y se soltó el pelo. El castaño claro cayó sobre sus hombros desnudos como una cascada. Un poco de rímel, un poco de gloss. Nada más.
Cuando salió de su departamento, el aire de la calle le pegó en la piel de la espalda y sintió que ya estaba desnuda.
La fraternidad, de noche, era otra cosa.
Tamara lo supo antes de llegar. Desde la esquina ya escuchaba la música —algo electrónico, bajo, vibrante— y veía la luz cálida que se filtraba por los ventanales. En la puerta, dos mujeres que no reconoció la revisaron con la mirada y le sonrieron antes de dejarla pasar.
—Qué linda que viniste —dijo una, con un tono que parecía sincero, pero no lo era.
Adentro, la piscina brillaba con luces sumergidas que teñían el agua de azul eléctrico. Alrededor, mesas altas con manteles negros, y gente. Mucha gente. Mujeres jóvenes, todas hermosas, vestidas con ropas que costaban meses de alquiler. Tamara reconoció a algunas de la piscina del otro día. Otras tenían la misma expresión de nerviosismo contenido que ella — las postulantes, las que todavía no eran nada.
Pero lo que la paralizó no fueron las mujeres.
Fueron los hombres.
No había chicos jóvenes. Ni uno. Los hombres que circulaban entre las mesas, con copas en la mano y sonrisas de lobos, tenían todos canas, panzas, arrugas alrededor de los ojos. Cincuentas. Sesentas. Algunos más. Iban trajeados, algunos con corbata, otros con sacos de lino que disimulaban los kilos de más. Y todas las mujeres les sonreían. Les tocaban el brazo. Se reían de chistes que no podían ser tan graciosos.
Tamara sintió un escalofrío que le subió por la columna.
Reconoció a uno. El doctor Rivas, que daba la cátedra de Introducción a las Ciencias Políticas. Cincuenta y cinco años, panza cervecera, dedos manchados de nicotina. Estaba hablando con una chica pelirroja que no podía tener más de veinte, y su mano descansaba en la cadera de ella como si fuera lo más natural del mundo.
"¿Qué es esto?", pensó Tamara. Pero ya lo sabía. Había escuchado rumores. Fiestas. Contactos. "Grandes personas", le habían dicho. Y ahí estaban. Políticos, periodistas, profesores. Hombres con poder. Hombres que podían abrir puertas.
Hombres que también podían cerrarlas.
—Estás divina.
La voz grave llegó desde atrás de su hombro. Tamara giró y lo tuvo ahí, a unos pocos centímetros.
Franco.
Esta noche no llevaba la cámara. Vestía un saco gris sobre una camisa negra, los primeros botones desabrochados. El pelo canoso peinado hacia atrás. Y seguía sin ser atractivo —la mandíbula blanda, las ojeras profundas— pero cuando sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, Tamara sintió exactamente lo mismo que en el salón. Ese cosquilleo. Ese vértigo.
—Gracias —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que quería.
Franco se acercó un paso. No la tocó. Pero su presencia llenaba el espacio como un humo espeso.
—¿Ves al hombre que está en la barra? —dijo, sin señalar, sin mirar. Tamara siguió la dirección de su barbilla apenas levantada.
En la barra de mármol blanco, apoyado con los codos, había un señor de unos sesenta años. Bajo, gordito, el pelo blanco peinado con gomina. Vestía un traje azul marino que luchaba por contener su panza, y en la mano derecha sostenía un vaso de whisky con dos dedos. Su cara era redonda, rosada, de abuelo de comercial. Pero sus ojos —pequeños, oscuros, enterrados entre pliegues de grasa— recorrían el salón con una lentitud que no prometía nada tierno.
—Tenés que complacerlo —dijo Franco.
El mundo se detuvo.
Tamara lo miró. La rabia le subió a la cara como una quemadura.
—¿Hacer qué? —preguntó, y la palabra salió cortada, filosa.
Franco no se inmutó. Su voz siguió siendo la de siempre: grave, pausada, como si explicara el horario de un colectivo.
—Nicol lo ordenó. Si él tiene una queja de vos, quedás fuera.
—¿Fuera de qué?
—De todo. De la fraternidad. De la posibilidad de volver. De cualquier cosa que valga la pena en esta universidad.
Tamara apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas. Quería escupirle en la cara. Quería dar media vuelta y salir caminando, hacer sonar sus tacos en el mármol y no mirar atrás.
Pero sus pies no se movieron.
"Si entrás a esta fraternidad vas a tener un gran futuro."
La frase ya no era un mantra. Era una soga.
—¿Y vos? —preguntó, y su voz tembló apenas—. ¿Vos también vas a mirar?
La sonrisa de Franco fue apenas un movimiento en la comisura de sus labios. No dijo nada. No hacía falta.
Tamara tragó saliva. Enderezó la espalda. Y caminó hacia la barra.
El hombre se llamaba Aníbal Godoy.
Tamara lo supo cuando llegó a su lado y él giró, evaluándola con esos ojitos de chancho que parecían pesar cada centímetro de su cuerpo.
—Hola —dijo ella, y forzó una sonrisa—. Soy Tamara. Nicol me mandó a saludarte.
—Ah, ¿sí? —la voz de Aníbal era ronca, gastada, como si hubiera fumado toda su vida—. Qué bien que mande Nicol. Qué bien.
Su mano derecha se posó en la cintura de Tamara como un animal que encuentra su madriguera. Los dedos gordos, calientes, apretaron la tela líquida del vestido y, por debajo, su carne.
Tamara no se movió. "Es solo una mano", se dijo. "Está en la cintura. Nada más."
—¿Tomás algo, linda? —preguntó Aníbal, haciendo señas al barman.
—Vino blanco —respondió ella, porque era lo único que se le ocurrió.
Lo que siguió fue una hora de conversación que Tamara registraría después como manchas sueltas en un vidrio empañado. Aníbal hablaba de sí mismo: era productor agropecuario, tenía campos en el sur, conocía a medio gabinete nacional, una vez había cenado con el presidente. Tamara asentía, reía cuando él reía, le tocaba el brazo cuando la anécdota lo ameritaba. Todo mientras sentía sus dedos recorriéndole la columna, bajando, subiendo, siempre en el límite de lo que podía tolerar.
El vino la ayudaba. Dos copas. Tres. El alcohol le calentaba el estómago y le aflojaba los músculos del cuello.
—Mostrame el lugar —dijo Aníbal en un momento, con la voz más espesa—. Es mi primera vez acá. Quiero conocer.
Tamara pensó que era una manera de mantenerlo entretenido. Mostrarle el jardín, la piscina, el salón de los espejos. Algo inocente. Algo que no fuera quedarse quieta mientras sus dedos la exploraban.
—Claro —dijo, y sonrió—. Vení conmigo.
Caminaron por los pasillos de mármol. La música de la fiesta se fue apagando a medida que se adentraban en la parte más antigua de la fraternidad. Pasillos con poca luz. Puertas cerradas. Silencio.
Tamara no conocía bien ese sector. Había estado solo en el salón de las fotos y en la oficina de Nicol. Cada puerta que pasaban era un misterio. Aníbal caminaba detrás de ella, y aunque no la tocaba, sentía su respiración en la nuca.
—Por acá hay un patio —dijo Tamara, señalando una puerta de vidrio que daba a un jardín interior—. Es lindo de noche.
Pero cuando giró para seguir caminando, Aníbal ya había abierto otra puerta. Una marrón, sin identificar, que daba a una habitación oscura.
—Me gusta más acá —dijo él, y la agarró de la muñeca.
Tamara entró porque no supo cómo no hacerlo.
La habitación era pequeña. Un escritorio, una silla, una cama de una plaza arrinconada contra la pared. Olía a polvo y a humedad. La única luz venía de la luna que entraba por una ventana alta, pintando todo de azul fantasmal.
Antes de que Tamara pudiera decir algo, Aníbal ya la había empujado contra la pared.
Su boca encontró la de ella. Tamara sintió el alcohol en su aliento, la lengua gruesa y húmeda forzando la entrada. Quiso apartarse, pero él la sujetaba de la nuca con una mano, firme, como quien maneja un títere.
—No —dijo ella contra su boca—. No quiero.
Aníbal se separó apenas. La miró con esos ojitos de chancho. Y sonrió.
—Ay, nena. Si sos mala, le voy a tener que contar a Nicol. Y Nicol no se va a poner contenta.
Tamara sintió cómo el piso se abría bajo sus pies.
—No es que sea mala —intentó, la voz temblorosa—. Es que no quiero hacer esto acá, así...
—¿Así cómo? —él ya la estaba girando, empujándola contra la cama—. ¿Así no te gusta? Mirá que las chicas de acá son todas así. Se portan bien. Vos querés portarte bien, ¿no?
Sus manos ya estaban en el vestido. Tamara sintió la tela líquida rasgarse en la costura del hombro, un sonido seco y definitivo. Después la otra manga. El vestido cayó por su torso como una piel que se desprende, y ella quedó en el centro de la habitación azul, con los brazos cruzándose sobre los pechos por puro reflejo.
—Sacá las manos —ordenó Aníbal.
Ella obedeció.
Quedó completamente desnuda, de pie frente a él. Los pies descalzos sobre el piso de madera fría, los brazos pegados al cuerpo, los pezones endurecidos por el miedo o por el frío o por esa cosa caliente que no quería nombrar.
Aníbal la miró como se mira un plato antes de comer. Desabrochó su pantalón, lo bajó apenas lo necesario. Tamara vio su miembro, grueso, rojizo, y sintió un nudo en la garganta.
—Acostate —dijo él.
Ella se acostó en la cama de una plaza. Las sábanas olían a cerrado. Él se subió encima, pesado, el peso de su panza aplastándole el estómago. La besó de nuevo, y esta vez ella no opuso resistencia. Abrió la boca y sintió su lengua, y algo en algún lugar profundo respondió a ese beso como si fuera natural.
"¿Qué me está pasando?"
La mano de Aníbal bajó entre sus piernas. Un dedo entró, grueso, sin miramientos. Tamara ahogó un gemido.
—Estás mojada, beba —dijo él, y su voz sonó a triunfo.
Ella no respondió. Porque era verdad. Estaba mojada. Y no sabía por qué. El miedo, la vergüenza, la rabia —todo eso estaba ahí, pero también había otra cosa. Algo que se había despertado en el salón de las fotos y que ahora se estiraba como un animal que huele carne.
Aníbal no esperó más. La penetró de golpe, sin suavidad, sin preguntar. Tamara sintió el empuje, la carne extraña llenándola, el dolor del estiramiento brusco. Abrió la boca para quejarse, pero lo que salió fue un gemido.
Él comenzó a moverse. Duro. Rápido. Las envestidas eran salvajes, como si no le importara romperla. La cabeza de Tamara golpeaba contra la pared cada vez que él embestía, y ella hundía las uñas en sus brazos gordos para no caerse de la cama.
Los testículos de Aníbal golpeaban contra su cuerpo con un sonido húmedo y obsceno. Plaf. Plaf. Plaf. Marcando el ritmo. Tamara cerró los ojos y se dejó llevar. Su pelvis comenzó a moverse sola, buscando el ángulo, encontrándolo.
La besó otra vez y ella respondió. Mordió su labio inferior sin querer, y él rió contra su boca.
—Así me gusta, zorra —dijo, y aceleró.
Tamara sintió cómo el placer crecía desde algún lugar que no sabía que existía. Sus dedos apretaban la espalda de él, sus piernas se abrieron más, sus caderas subieron para recibir cada embestida. Ya no pensaba. Solo sentía. El vaivén. El calor. El sudor pegándole el pelo a la cara.
El orgasmo la encontró de golpe. Gritó contra el hombro de Aníbal mientras su cuerpo se sacudía en espasmos que no podía controlar. Adentro, él seguía moviéndose, y cada sacudida era una nota más alta en ese final que no terminaba de terminar.
Él apretó sus pechos con las dos manos, los pezones aplastados entre sus dedos gordos, y Tamara sintió cómo se endurecía dentro de ella, cómo latía, cómo se vaciaba.
Terminó con un gruñido sordo, y quedó arriba de ella, pesado, respirando contra su cuello.
Solo la respiración de los dos y el olor a sexo llenando la habitación.
Aníbal se incorporó primero. Se acomodó el pantalón con movimientos lentos, casi domésticos. Tamara seguía tirada en la cama, las piernas abiertas, el líquido escurriendo por su muslo. No podía moverse.
—Ponete el vestido —dijo Aníbal, y su voz ya era otra. Negocios. Transacción cumplida—. Sin ropa interior. Y volvamos a la fiesta.
Tamara se incorporó sobre los codos. Miró el vestido roto en el suelo, la bombacha y el corpiño que él había arrancado y tirado a un rincón. Los recogió. Se puso el vestido como pudo —roto, torcido, la tela líquida ahora un trapo arrugado— y lo ajustó sobre su piel sudada.
Sin ropa interior. Sintió el aire frío donde no debía. Sintió los restos de él escurriéndole por la entrepierna.
Cuando salieron al pasillo, la música de la fiesta sonaba lejana, irreal. Aníbal caminaba delante de ella, las manos en los bolsillos, silbando bajito.
Tamara lo seguía con la mirada baja. El vestido roto le dejaba ver un hombro, parte de un pezón. El pelo enmarañado. Las mejillas encendidas.
"Espero que Nicol no se enoje conmigo", fue lo único que pudo pensar.
En el salón principal, Franco la vio llegar.
La vio desde su lugar en un rincón, apoyado contra la pared con una copa que no tocaba. La vio caminar detrás de Aníbal como un barco a la deriva. La piel roja, las marcas en el cuello, el vestido roto que apenas la cubría. El sudor en la frente, el pelo pegado a las sienes. La mirada perdida, buscando algún lugar donde posarse que no fuera el vacío.
Él sabía lo que había pasado.
Franco sonrió. Bebió un sorbo de su copa. La lengua recorrió el borde del vidrio con una lentitud deliberada.
Pronto.
Pronto iba a ser su turno.
Continuara...



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