Pruebas de fuego — Parte 3
La luz del sol atravesaba la cortina blanca y dibujaba líneas tibias en el piso de madera. Tamara estaba despierta desde hacía horas, mirando el techo, sin poder dormir. El cuerpo le dolía en lugares que no sabía que podían doler. Los muslos. La cadera. Entre las piernas, una molestia sorda que la acompañaba cada vez que intentaba girarse.
"No voy a pensar en eso", se dijo.
Pero ya estaba pensando.
Aníbal. La habitación oscura. El peso de su panza aplastándole el estómago. El olor a whisky y a transpiración. La forma en que sus dedos gordos apretaron sus pechos. Y después, lo peor: el momento en que su cuerpo dijo sí cuando su cabeza decía no.
"Me gustó".
Lo pensó y sintió náuseas. Lo pensó otra vez y sintió calor en la entrepierna.
Se levantó de un salto, como si pudiera escapar de sí misma corriendo. Fue al baño. Se miró en el espejo. La chica que la miraba tenía el pelo castaño enmarañado, los ojos color miel rodeados de ojeras, la piel todavía rosada en el cuello donde Aníbal la había mordido. Se pasó los dedos por la marca. Dolió apenas. Un dolor bueno.
—Sos una enferma —se dijo al espejo.
El espejo no le contestó.
La ducha la ayudó a ordenar las ideas. El agua caliente cayendo sobre su nuca, resbalando por sus hombros, entre sus pechos, por el hueco de la columna. Se enjabonó con lentitud, las manos recorriendo su propio cuerpo como si lo estuviera descubriendo. Las caderas estrechas. El vientre plano. La cola pequeña pero firme, redonda, que Aníbal había sujetado con sus manos de hombre grande.
"Cerra la cabeza", se ordenó. Pero las manos seguían moviéndose solas, recordando.
Se vistió pensando en Franco. Y después se odió por eso.
Eligió un jean ajustado, de esos que le marcaban las curvas sin necesidad de pedir permiso. Una remera blanca escotada, mangas cortas, debajo un corpiño de encaje que había comprado hacía una semana en un local del centro. "Por si acaso", se había dicho entonces. Ahora sabía para qué era el "por si acaso".
Zapatillas. Pelo suelto. Un poco de rímel. Y salió a la calle con el corazón latiéndole en la garganta.
La universidad era un hervidero de gente que no sabía nada. Compañeros de cursada que la saludaban como si fuera la misma Tamara de hace dos semanas. La misma que no sabía lo que era acostarse con un desconocido por orden de otra persona. La misma que no sabía lo que era masturbarse frente a una cámara mientras un hombre cincuentón la fotografiaba.
"¿Y si supieran?"
Caminó por los pasillos con la mochila al hombro, sintiendo las miradas. No todas. Algunas. Los chicos de su año la miraban diferente ahora, aunque no supieran por qué. Había algo en ella que había cambiado. Una manera de caminar. Una seguridad en la cadera. La seguridad de la que ya fue comida y sobrevivió.
Compró unos apuntes en la fotocopiadora. Un café en el kiosco. Charló cinco minutos con una compañera sobre un parcial que no le importaba. Todo normal. Todo falso.
Cuando volvió a su departamento, cerró la puerta con doble llave y se apoyó contra la madera. Cerró los ojos.
"¿Qué prueba me espera ahora?"
Se desnudó en la puerta del baño, dejando la ropa caer en el piso como una muda de serpiente. Abrió la ducha. El agua caliente. El vapor empañando el espejo.
Se metió bajo el chorro y dejó que el agua le lavara la culpa. Las manos otra vez recorriendo su cuerpo, pero esta vez sin disimulo. Los dedos sobre los pezones endurecidos. La mano bajando por el vientre. Los dedos abriéndole los labios, encontrando el punto húmedo que siempre estaba ahí ahora.
"¿Por qué estoy tan mojada todo el tiempo?"
No terminó de tocarse. Se obligó a parar. Cerró la canilla y se envolvió en la toalla más grande que tenía.
Fue entonces cuando sonó el timbre.
Tamara se quedó inmóvil, la toalla pegada al cuerpo mojado, el pelo goteando sobre los hombros.
El timbre volvió a sonar. Dos pitidos cortos, insistentes.
"¿Quién puede ser?"
Miró por la mirilla y el corazón se le cayó a los pies.
Franco.
Él no miraba a la mirilla. Miraba hacia abajo, como si estuviera revisando su teléfono. Vestía una camisa azul clara, mangas arremangadas hasta los codos, mostrando antebrazos velludos. El pantalón de vestir gris. Los zapatos negros, lustrados. Y esa presencia. Esa manera de ocupar el espacio del palier sin hacer nada, solo estando.
Tamara abrió la puerta.
—¿Cómo sabes dónde vivo? —preguntó, y su voz sonó más áspera de lo que quería.
Franco levantó la cabeza. La recorrió de arriba abajo con una lentitud que hizo que la toalla de repente le quedara chica. Sus ojos grises se detuvieron en el hueco de sus pechos, en la línea de sus caderas, en las gotas de agua que todavía resbalaban por sus muslos.
—Nicol sabe todo —dijo, y entró.
Tamara no lo detuvo. Cerró la puerta detrás de él y escuchó el pestillo encajar. Ahora estaban solos. En su departamento. Ella en toalla. Él con esa calma de quien sabe exactamente por qué está ahí.
Franco recorrió el ambiente con la mirada. El monoambiente era pequeño: la cama sin hacer, la mesa de madera contra la pared, la cocina minúscula. Vio la ropa de Tamara tirada en el piso del baño. Vio la toalla mojada en el suelo.
—¿Te estabas bañando? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Sí.
—Bien. Así estás más fresca.
Tamara sintió un escalofrío. No de frío.
Franco se giró hacia ella. Ahora la miraba fijo, sin el lente de por medio. Sus ojos eran más duros sin la cámara. Más peligrosos.
—Nicol ya eligió tu siguiente prueba —dijo.
Tamara tragó saliva. Las manos le temblaban, pero hizo todo lo posible por disimular. Apretó la toalla contra su pecho.
—¿Cuántas pruebas me quedan?
—Esta —Franco hizo una pausa, la disfrutó— y una más.
El alivio le recorrió el pecho como un viento fresco. "Una más. Estoy cerca. Entro a la fraternidad".
—Desnúdate —dijo Franco.
Tamara lo miró. Quiso indignarse. Quiso decirle que no, que ya había hecho suficiente, que su cuerpo no era un objeto que él pudiera disponer cuando se le antojara.
Pero Franco ya la había visto desnuda. Franco ya la había fotografiado mientras se masturbaba. Franco ya sabía cómo sonaba cuando terminaba.
"¿Qué más da?", pensó. Y se soltó la toalla.
La tela cayó a sus pies con un sonido húmedo. Tamara quedó completamente desnuda, el pelo mojado pegándole en la espalda, la piel todavía rosada por el agua caliente, los pezones endurecidos por el aire del ambiente. Sus pies descalzos sobre el piso de madera. Sus manos pegadas al cuerpo, sin saber qué hacer con ellas.
Franco la miró. Pero no como Aníbal. No con hambre de chancho. Franco la miraba como un coleccionista mira una pieza nueva. Evaluando. Decidiendo.
—De rodillas —dijo.
Fue su voz. No era particularmente grave, no era particularmente autoritaria. Pero algo en el tono, en la certeza, en la forma en que pronunció esas dos palabras como si fueran la cosa más natural del mundo, hizo que las rodillas de Tamara se doblaran antes de que su cerebro pudiera intervenir.
Quedó de rodillas frente a él. El piso de madera frío contra sus espinillas. La cabeza levantada, los ojos miel encontrando los grises. Su respiración ya no era normal. Entraba y salía por la boca, entrecortada, como si hubiera corrido una cuadra.
"¿Por qué me siento tan bien así?", se preguntó. Y la pregunta no la asustó tanto como debería.
Franco no dijo nada más. Sus manos bajaron al cinturón. El ruido metálico de la hebilla al abrirse sonó obsceno en el silencio del departamento. El botón del pantalón. La cremallera. Bajó el cierre y Tamara vio.
Era grande. Más grande que el de Aníbal. Más grande que cualquiera que hubiera visto en las pocas experiencias que tenía. Ancho, venoso, la cabeza rosada y brillante ya con un hilo de humedad. Tamara sintió la boca seca y mojada al mismo tiempo.
—Chupá —dijo Franco.
Tamara se inclinó hacia adelante. Sus manos temblaban cuando tocaron los muslos de él, sintiendo la tela del pantalón contra sus palmas. Acercó la boca.
La lengua tocó la punta. Salada. Caliente. Recorrió el borde despacio, sintiendo la textura, la forma. Los labios se abrieron y lo tomaron, apenas la cabeza, y Franco emitió un sonido —bajo, gutural— que le vibró en la boca.
"¿Por qué me gusta esto?"
Se lo preguntó mientras su lengua bajaba por el costado, mientras lamía los testículos, mientras los tomaba en la boca uno por uno y sentía el peso contra su lengua. La pregunta flotaba en algún lugar lejano, ahogada por otra cosa. Por la humedad entre sus piernas. Por la forma en que su cuerpo entero se había vuelto una sola nota musical esperando que él la tocara.
Pero no entraba. La boca de Tamara era pequeña, y el miembro de Franco era demasiado ancho para que pudiera tragarlo entero. Intentó, y las arcadas la hicieron retroceder, un hilo de saliva conectando sus labios con él.
Franco la miró desde arriba. Sus dedos se enredaron en el pelo mojado de Tamara, agarrando un puñado cerca de la raíz, y tiró.
—Levántate —dijo—. Sobre la mesa.
Tamara obedeció. Las piernas le temblaban tanto que casi se cae al levantarse. Franco la llevó hasta la mesa de madera apoyada contra la pared. La empujó hacia adelante. Tamara quedó boca abajo, el pecho contra la madera fría, las nalgas paraditas, levantadas, ofrecidas.
Escuchó el ruido de Franco escupiendo en su mano. Después sintió sus dedos, húmedos, fríos, tocando su ano.
—¿Nadie entró acá? —preguntó Franco. Y había algo en su voz que no era solo pregunta. Era expectativa. Era deseo.
—Nunca nadie —respondió Tamara, la voz ahogada contra la madera.
Franco sonrió. Tamara lo supo sin verlo. Lo sintió en la forma en que sus dedos se detuvieron un segundo, disfrutando la información. Después la nalgueó. No fuerte. Un golpe seco que resonó en la piel. Y otro.
—Bien —dijo.
Después lo sintió. La cabeza de su miembro presionando contra la entrada. Resistencia. Un dolor agudo que la hizo arquear la espalda.
—Apretate —dijo Franco—. Relajate. No las dos cosas al mismo tiempo.
Tamara intentó. Respiró hondo, como cuando la aguja del tatuador está por pinchar. El aire entró, salió. Franco empujó.
Entró.
El grito de Tamara fue ahogado, mordido contra su propio antebrazo. No era como la otra vez. Con Aníbal había sido empuje bruto, un martillazo. Con Franco era una invasión. Algo que entraba y llenaba un lugar que nunca debió ser llenado. El dolor era intenso, un ardor que le trepaba por la columna y le nublaba la vista.
Pero debajo del dolor, algo más.
Franco se detuvo. Le dio tiempo. Tamara sintió su respiración irregular contra su nuca, sus manos quietas en sus caderas, esperando. Él era paciente. No como Aníbal. Franco podía esperar.
—¿Seguimos? —preguntó.
Tamara asintió contra la madera. No podía hablar.
Él empujó más. Otro centímetro. Otro. El dolor se transformó en una presión absoluta, una sensación de estar completamente llena, de no tener más espacio. Las nalgas de Tamara temblaban. Las manos apretaban los bordes de la mesa. Los dedos blancos.
Franco comenzó a moverse. Despacio al principio. Sacaba apenas, volvía a meter. Un ritmo hipnótico. Cada vez que entraba, Tamara sentía los testículos de él golpeando su cuerpo, ese sonido húmedo y obsceno que ya conocía. Plaf. Plaf. Marcando el compás.
"¿Cómo puede entrar algo tan grande en mi cuerpo?"
No había respuesta. Solo la sensación. El ardor transformándose lentamente en otra cosa. Una calidez que se expandía desde adentro. Un placer extraño, torcido, que no se parecía a ningún otro.
Franco apretó sus pechos. Las manos grandes, calientes, aplastando la carne tierna, los pezones frotados contra la madera de la mesa. Después su lengua en el cuello. Lamiendo el lugar donde Aníbal la había mordido la noche anterior. Marcando su propio territorio.
—Eres una buena perrita —dijo Franco contra su piel.
Tamara cerró los ojos. Las lágrimas asomaban en las pestañas. No sabía si de dolor, o de placer, o de las dos cosas al mismo tiempo. Su cuerpo comenzó a moverse solo, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
El orgasmo la sorprendió. No fue como el de la sesión de fotos, ese que subió lento y explotó como una ola. Este fue un rayo. De la nada. Un latigazo que la hizo gritar, el cuerpo convulso, las paredes del culo apretando a Franco adentro mientras él seguía moviéndose, implacable.
—Así —dijo él—. Así me gusta.
Y cuando ella todavía estaba temblando, él aceleró. Las envestidas se hicieron más profundas, más duras. Tamara sentía cada centímetro, cada latido de él dentro de ella. Franco la sujetaba de las caderas con fuerza suficiente para dejarle moretones.
Terminó con un gruñido ahogado, las últimas embestidas desordenadas, y Tamara sintió el calor líquido llenándola por dentro, escurriendo por sus muslos, mezclándose con su propio sudor.
Esa tarde, Franco le hizo la penetro dos veces más.
La segunda fue en la cama. Tamara estaba de costado, una pierna levantada, él detrás, entrando por el mismo lugar con más facilidad ahora. La mordió en el hombro. Le susurró cosas al oído que ella no quiso escuchar, pero grabó en la memoria igual.
La tercera fue en el piso. Tamara arriba, montándolo al revés, las manos apoyadas en sus muslos, moviendo las caderas en círculos lentos mientras él la miraba desde abajo. Esa vez terminó ella primero. Después él. Y después se quedaron en silencio, los dos transpirados, el aire del departamento oliendo a sexo y a algo más.
Franco se vistió con la misma calma con la que había llegado. Se ajustó los puños de la camisa. Se pasó la mano por el pelo canoso. Tamara seguía en el piso, desnuda, jadeando, el cuerpo marcado, el pelo enmarañado, los ojos perdidos.
Él se agachó. Le levantó la barbilla con dos dedos. La miró a los ojos.
—Mañana en la fraternidad hay una gran fiesta. Si pasas esa prueba, ya vas a ser una de ellas.
Se fue. La puerta se cerró con un clic suave.
Tamara quedó sola, desnuda, en el piso de su departamento. El sudor se enfriaba en su piel. El líquido de él escurría por sus muslos. Las marcas de sus dedos ardían en sus caderas.
"¿Cuál será la última prueba?"
Se incorporó despacio. Fue al baño. Abrió la ducha. El agua caliente golpeó su espalda llena de marcas y sintió que, por primera vez, no quería lavarse.
Quería recordar.
Se quedó ahí, debajo del agua, hasta que los dedos se le arrugaron. Y cuando salió, se miró al espejo. La chica que la miraba ya no era la misma de esta mañana. Tenía los ojos más oscuros. La boca más hinchada. La mirada de quien ya cruzó una línea y sabe que no va a volver.
"Una prueba más", pensó. Y sonrió.
No era una sonrisa feliz. No era una sonrisa triste. Era la sonrisa de quien ya no se pregunta si está bien o mal.
Solo quiere saber qué viene después.
Continuara...



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