Pruebas de fuego — Parte 4


 


El vestido era color marfil. 


Tamara lo encontró colgado en la puerta de su departamento esa mañana, dentro de una funda de tela negra con una tarjeta que decía simplemente: "Para esta noche. N.L.M." 


Lo sacó con dedos temblorosos. La tela era seda salvaje, pesada, líquida. El corpiño ajustado, con un escote en pico que llegaba hasta el esternón. La cintura marcada por un cinturón del mismo tono, y la pollera amplia que caía hasta el suelo en pliegues suaves. Parecía sacado de un cuento de hadas. Pero no un cuento para niños. 


Se probó el vestido frente al espejo. La tela se amoldaba a su cuerpo como si hubiera sido cosido sobre ella. Las mangas largas, transparentes, dejaban ver la línea de sus brazos. La espalda abierta hasta la mitad de la columna. Cuando caminaba, una abertura en la pollera dejaba ver sus piernas hasta el muslo. 


"Una princesa", pensó. Y después, más abajo, "Una princesa a punto de ser coronada reina de un reino que no entiendo". 


Se peinó con el pelo suelto, apenas unas ondas con la plancha. Los labios rojos. Los ojos delineados con una línea sutil que alargaba su mirada miel. Collar de perlas falsas que había comprado en una feria americana. Nada más. 


Cuando salió a la calle, el vestido arrastraba apenas por el suelo. Los tacos altos hacían que sus caderas se movieran de una manera que ya no era la de universitaria inocente. 

 

La fraternidad, esa noche, era otra cosa. 


Tamara lo supo antes de entrar. El edificio entero estaba iluminado con luces cálidas que se filtraban por cada ventana. En la entrada, un tapiz rojo cubría el mármol. Había hombres con traje repartiendo copas de champagne en bandejas de plata. Y en la puerta, esperándola, estaba Franco. 


Esta noche vestía de negro. Saco, camisa, pantalón. Todo negro. El pelo canoso peinado hacia atrás, la barbilla levantada. Tenía una copa en la mano y una expresión que Tamara ya conocía bien. La expresión de quien sabe exactamente lo que va a pasar. 


—Hola, perrita —dijo cuando ella llegó a su altura. 


La palabra cayó entre ellos como una caricia áspera. Tamara sintió el cosquilleo en el vientre, el mismo de siempre. Ya no se sorprendía. Ya no se indignaba. 


—Hola —respondió. No dijo "señor". No dijo nada más. Pero en la forma en que bajó los ojos, en el modo en que inclinó apenas la cabeza, Franco supo que ella había aceptado algo. Que ya no luchaba. 


—Estás hermosa —dijo él, y la recorrió con la mirada. Se demoró en sus labios rojos, en la línea del escote, en la abertura que dejaba ver su muslo derecho—. Todas te van a mirar esta noche. 


Tamara sintió calor en las mejillas. "Me gusta", pensó. "Me gusta que me mire así". 


Franco le ofreció el brazo. Ella lo tomó. Y entraron juntos. 

 

El salón principal estaba transformado. 


Las columnas blancas estaban envueltas en telas doradas. Las arañas de cristal brillaban como miles de gotas de luz. En el centro, una pista de baile de mármol pulido. Alrededor, mesas redondas con manteles de raso, centros de mesa con rosas rojas, velas. Y en los costados, sillas. Muchas sillas. Todas ocupadas por hombres maduros. 


Tamara recorrió el salón con la mirada mientras Franco la guiaba hacia un costado. Reconoció a varios. El doctor Rivas, con su panza y sus dedos amarillos. Aníbal Godoy, que le sonrió desde una mesa cercana y le guiñó un ojo. Otros que había visto en las noticias, en las tapas de los diarios. Políticos. Empresarios. Jueces. 


"La elite del país", pensó. Y entendió por qué todas esas chicas estaban dispuestas a todo. 


Franco la dejó junto a un grupo de nueve mujeres. Todas jóvenes. Todas hermosas. Algunas lloraban bajito. Otras mordían sus labios con nerviosismo. Una, de pelo negro corto, miraba fijo al frente con los ojos vidriados, como si ya estuviera en otro lugar. 


—Son las postulantes de este año —dijo Franco, y se fue sin agregar nada más. 


Las diez mujeres se miraron entre ellas. El silencio fue incómodo al principio. Pero alguien rompió el hielo. Una chica rubia, la más alta del grupo, con un vestido verde esmeralda que le marcaba cada curva. 


—Yo soy Martina —dijo, la voz temblorosa—. ¿A ustedes también les hicieron las fotos? 


Los asentimientos fueron unánimes. Tamara sintió un alivio extraño. No era la única. No estaba sola en esto. 


—¿Y lo de...? —otra chica, morocha, de ojos claros, hizo una pausa—. ¿Lo del hombre también? 


—A mí me tocó uno de bigote —dijo Martina, y rió sin ganas—. Cincuenta y tantos. Terminó en cinco minutos. 


—El mío se llamaba Aníbal —dijo Tamara, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba—. Sesenta. Gordito. 


—¿Les hizo doler? —preguntó la morocha. 


Todas asintieron. Todas bajaron la mirada. 


Fue entonces cuando Martina habló de nuevo. Su voz era más baja ahora, como si compartiera un secreto. 


—¿Y a ustedes también... Franco? 


El nombre cayó como una piedra. Tamara sintió el corazón en la garganta. Miró a las otras. Una por una, las nueve mujeres asintieron. 


—A mí la semana pasada —dijo la morocha—. Vino a mi departamento. 


—A mí también —dijo otra, de pelo castaño como Tamara—. Me pidió que me pusiera de rodillas. 


—Yo estaba en el piso de la cocina —susurró Martina, y sus ojos se perdieron en el recuerdo—. Nunca me había pasado algo así. 


Tamara no dijo nada. No hizo falta. Todas sabían. Todas habían sentido lo mismo. Ese dolor que se transformaba. Esa humillación que se volvía deseo. Esa pregunta que no se animaban a hacerse en voz alta: "¿Por qué me gustó?" 

 

—Señoritas. 


La voz de Nicol las interrumpió. Apareció detrás de ellas como un fantasma de seda negra. Su vestido era corto, ajustado, con un escote que llegaba hasta el ombligo. El collar de cuero seguía alrededor de su cuello, la chapita dorada brillando bajo la luz de las arañas. 


—Es hora —dijo, y sonrió con esa sonrisa que no prometía nada bueno—. Síganme. 


Las diez mujeres caminaron detrás de ella. Sus tacos hacían un ruido sincopado sobre el mármol. Tamara sintió las miradas de los hombres sobre su espalda, sobre sus caderas, sobre la abertura que dejaba ver su muslo cada vez que daba un paso. 


Entraron a un salón más grande. Era el mismo donde había hecho la sesión de fotos, pero transformado. Las paredes blancas ahora estaban cubiertas de espejos. Todo el salón era un espejo. Tamara se veía reflejada desde todos los ángulos. Su vestido marfil. Su pelo castaño. Sus ojos de miel brillando como los de un animal atrapado. 


A los costados, las sillas. Llenas de hombres. Detrás de ellos, de pie, las chicas de la fraternidad. Algunas Tamara las reconoció. Las de la piscina. Las de la fiesta. Todas miraban a las postulantes con una mezcla de nostalgia y alivio. "Nosotras ya pasamos por esto", decían sus ojos. 


Y al fondo, en un pequeño escenario elevado, Franco. 


Estaba sentado en un sillón de terciopelo burdeos. Tenía las piernas cruzadas, una copa en la mano, la misma expresión de siempre. Como si todo aquello fuera un espectáculo armado para su placer. A su derecha, arrodillada sobre un cojín, Nicol. La cabeza gacha, las manos apoyadas en los muslos, el collar de cuero brillando. A su izquierda, otra mujer. Rubia. Joven. Imposiblemente hermosa. Vestía un conjunto de gasa blanca que apenas cubría sus pechos, y tenía una corona de flores en el pelo. 


"La reina de la universidad", pensó Tamara. Había escuchado hablar de ella. Una chica que había llegado a todo. Becas. Viajes. Contactos. Y ahí estaba, de rodillas, como las demás. 


Las diez postulantes se detuvieron frente al escenario. El silencio fue absoluto. Incluso los hombres dejaron de murmurar. 


Franco se puso de pie. Dejó la copa en el apoyabrazos del sillón. Bajó del escenario con pasos lentos, sus zapatos negros resonando en la madera. Caminó frente a las diez mujeres. Las miró una por una. Cuando llegó a Tamara, sus ojos grises se encontraron con los miel, y ella sintió ese cosquilleo. Ese vértigo. Ese deseo de arrodillarse sola sin que se lo pidieran. 


—Ustedes, perritas —dijo Franco, y su voz llenó todo el salón—. Quieren pertenecer a la elite del país. Y eso se paga. 


Caminó de nuevo. De espaldas a ellas ahora. Su silueta negra contra la luz de las arañas. 


—Ustedes lo pagarán con sus cuerpos. Serán mis perritas hasta que terminen la universidad. Las usaré cuando quiera. Como quiera. Y ustedes dirán gracias. 


Silencio. 


—Pero no están obligadas a quedarse —continuó, girando para mirarlas—. Pueden irse ahora mismo. Este año tuvimos ochenta postulantes. Y solo quedan ustedes diez. 


Hizo una pausa. La disfrutó. 


—¿Se va alguna perrita? 


El silencio duró lo que una respiración contenida. 


Después, una chica rompió la fila. Era la de pelo corto. La de los ojos vidriados. Corrió hacia la puerta sin mirar atrás, los tacos resonando como disparos. Otra la siguió. Más despacio, tambaleándose, como si hubiera perdido algo en el camino. 


La puerta se cerró detrás de ellas. 


Quedaban ocho. 


Franco sonrió. Era una sonrisa lenta, de tiburón. 


—Bien —dijo—. Ahora las quiero desnudas y de rodillas. 


Tamara no dudó. No esta vez. Sus dedos fueron al cinturón del vestido marfil. Lo desabrocharon. La tela cayó por su cuerpo como una cascada líquida, formando un círculo de seda a sus pies. Se agachó para sacarse los tacos. Quedó descalza sobre la madera fría. La ropa interior era mínima: un triangulito de encaje negro y nada más. Se lo sacó también. Rápido. Sin vergüenza. 


Las otras hicieron lo mismo. El sonido de las ropas cayendo fue como una orquesta desafinada. En menos de un minuto, ocho mujeres desnudas estaban de rodillas frente a Franco. Las cabezas gachas. Los cuerpos temblando. El frío o el miedo o las dos cosas. 


Tamara levantó la mirada. Franco la estaba mirando a ella. Solo a ella. 


—Bien —dijo de nuevo. 


Los hombres se pusieron de pie. 


Eran una veintena. Algunos jóvenes todavía, cincuentas bien conservados. Otros ancianos, sesentas con la piel colgando. Todos con la misma expresión. La del hambre. La del derecho. Se acercaron a las ocho mujeres arrodilladas como lobos que eligen presas. 


A Tamara la rodearon tres. 


Uno se paró frente a ella y desabrochó su pantalón. El miembro ya estaba duro, rosado, la cabeza brillando. No dijo nada. Solo la agarró de la nuca y la empujó hacia adelante. 


Tamara abrió la boca. Entró. Grande, grueso, llenándole la garganta. Las arcadas la hicieron retroceder, pero la mano en su nuca no la dejó ir. Escuchó una risa. 


—Tiene reflejo, esta. 


El segundo hombre se puso detrás de ella. Lo sintió arrodillarse, sus manos grandes masajeándole las nalgas, abriéndole los cachetes, metiendo un dedo donde no esperaba. Tamara gimió alrededor del miembro que tenía en la boca. 


El tercero se puso a su costado. Agarró su mano y la guió hacia su entrepierna. Tamara sintió la tela del pantalón, la cremallera, la piel caliente cuando lo sacó. Lo tomó. Comenzó a masturbarlo mientras seguía chupando al primero. 


"Estoy rodeada", pensó. Pero la palabra no era miedo. Era otra cosa. Una excitación que le quemaba el vientre, que mojaba sus muslos, que la hacía gemir alrededor de la carne que llenaba su boca. 


El primero se corrió. Tamara sintió el líquido espeso en su garganta, y tosió, y algunos goterones le resbalaron por la barbilla. El hombre se retiró. Pero antes de que pudiera respirar, otro ya estaba ocupando su lugar. 


—Limpiáselo —ordenó una voz. 


Tamara no supo de quién era. Pero obedeció. La lengua recorrió el miembro del primer hombre, limpiándolo con movimientos lentos, casi tiernos. Después volvió al segundo, que ya empujaba contra su garganta de nuevo. 


El segundo hombre terminó dentro de ella. Y el tercero, el que tenía su mano en la entrepierna de Tamara, también. Ella sintió el calor en sus dedos, en la lengua, en algún lugar profundo de su vientre que pedía más. 


La acostaron boca arriba. 


La madera del piso estaba fría contra su espalda sudada. El pelo castaño se desparramó a su alrededor como un abanico. Un hombre se puso sobre ella, separándole las piernas con las rodillas, y la penetró de golpe. Tamara gritó —un sonido que era dolor y placer mezclados— mientras sus manos buscaban algo a qué aferrarse. 


Los otros dos se turnaban en su boca. Uno entraba, salía, y mientras el otro esperaba pasaba su miembro por la cara de Tamara, por sus mejillas encendidas, por sus labios hinchados. Ella chupaba con una desesperación que no se reconocía. Movía la lengua de un lado al otro, lamía las cabezas, se tragaba lo más que podía. Nunca en su vida había chupado así. Con hambre. Con necesidad. 


—Carita de ángel —dijo uno de los hombres, el que la penetraba— pero se moja como demonio. 


Tamara no podía responder. Tenía la boca llena. Solo podía gemir. Y gemía. Cada embestida la hacía vibrar. El hombre le pellizcó los pezones, duro, casi cruel, y ella arqueó la espalda. El orgasmo vino sin avisar. Un grito ahogado alrededor del miembro que tenía en la boca. El cuerpo sacudiéndose. El hombre que la penetraba sintió el apretón y se vino también, dentro de ella, caliente y espeso. 


Cuando terminó, salió. Tamara sintió el vacío. Pero no duró. Otro hombre se puso en su lugar. Y otro en su boca. Y otro. Y otro. 


Perdió la noción del tiempo. 

 

En algún momento, Franco apareció. 


Tamara lo vio entre las piernas de los hombres que la rodeaban. Su silueta negra recortada contra los espejos. Venía acompañado de dos más, más jóvenes, más musculosos. Los ojos grises la encontraron en el suelo. 


—A esta me la dejan a mí —dijo. 


Los hombres que estaban sobre Tamara se apartaron. Ella quedó tendida en el piso, jadeando, el cuerpo marcado por dedos, la piel rosada, los muslos brillantes. El vestido marfil estaba arrugado en un rincón, manchado. 


Franco se arrodilló frente a ella. Le levantó la cara con dos dedos. La miró a los ojos. 


—¿Ya estás cansada, perrita? 


—No —mintió. 


Franco sonrió. Hizo una seña a los dos hombres que lo acompañaban. Los tres la levantaron del piso. La acomodaron como una muñeca de trapo. 


Uno se acostó debajo de ella. La subió a horcajadas, y su miembro entró por delante, profundo, haciéndola gemir. Tamara sintió las manos de ese hombre en sus caderas, guiando el movimiento. El segundo se puso frente a ella y le ofreció su miembro. Tamara lo tomó con la boca, la lengua jugando alrededor de la cabeza, bajando por el costado, lamiendo los testículos. El hombre emitió un gemido. 


Y Franco se puso detrás. 


Tamara lo sintió arrodillarse. Sus manos grandes separaron sus nalgas. Escupió en su mano, lo sintió frío contra su ano, y después la cabeza de su miembro presionando. 


Entró. 


Los tres sonidos se fundieron: el gemido de Tamara alrededor de la boca llena, el grito ahogado que se filtró por sus labios, y el gruñido de Franco cuando sintió la resistencia. 


Estaba llena. Por completo. Por delante, por detrás, por la boca. No había un centímetro de su cuerpo que no estuviera ocupado por alguien. Y en lugar de asfixiarse, en lugar de querer escapar, Tamara sintió que ese era exactamente el lugar donde debía estar. 


El orgasmo fue violento. 


Un espasmo que la sacudió entera, que hizo que apretara los dientes alrededor del miembro en su boca, que hizo que sus paredes interiores aplastaran a los dos hombres que la penetraban al mismo tiempo. Gritó. Y los tres sintieron el apretón. 


—Princesa —dijo el hombre que tenía su boca, y la sonrisa se escuchaba en su voz—. Recién empezamos. 


Franco la nalgueó. Sonó seco en el silencio del salón. 


—Esta perrita es así —dijo, y sus caderas empujaban más fuerte, más hondo—. Bien putita. 


Los tres comenzaron a moverse al unísono. Un ritmo salvaje, desordenado, cada uno en su propio compás. Tamara era el centro de esa tormenta. Su cuerpo se movía como una hoja arrastrada por el viento. El hombre que la penetraba por delante la besó en el pecho, chupándole un pezón mientras embestía. El de su boca pasaba su miembro por su mejilla, por sus labios, por sus ojos cerrados. Y Franco, detrás, la tenía sujeta de las caderas con fuerza suficiente para dejarle los dedos marcados. 


Terminaron juntos. Tamara sintió los tres chorros de calor: en el vientre, en el culo, en la lengua. Escurría por sus muslos, por su barbilla, por todas partes. 


Y todavía no había terminado. 

 

Cuando llegaron los seis hombres, Tamara ya no podía pensar. 


Estaba en el piso de espaldas, las piernas abiertas, la respiración entrecortada. Había tenido tres orgasmos. O cuatro. Había perdido la cuenta. Su cuerpo era una cosa de carne que latía y escurría y temblaba. 


Uno de los hombres levantó su pierna derecha bien alto, casi hasta su hombro. Otro se puso detrás y la penetró por el ano. Otro, por delante. Tamara sintió el doble empuje, el vaivén coordinado, como si estuvieran atados por un mismo ritmo. 


Dos más se turnaban en su boca. Entraba uno, salía, entraba el otro. Tamara ya no distinguía sabores, ni formas, ni tamaños. Solo sentía. La lengua moviéndose sola, automática, chupando, lamiendo, tragando. 


Los dos restantes pasaban sus miembros por su cuerpo. Por sus pechos, endurecidos, rosados. Por su vientre, que subía y bajaba con la respiración. Por sus muslos, brillantes de sudor y semen. Después ella los tomó con las manos. Una en cada uno. Los masturbó mientras los otros cuatro hacían lo suyo. 


"Quiero que la pasen bien", fue el único pensamiento que atravesó el torbellino. "Quiero que todos se vengan conmigo". 


Los hombres maduros tenían un aguante que la sorprendió. No se cansaban. Cambiaban de posición. La ponían de costado. Boca abajo. En cuatro patas. La levantaban en el aire. La volvían a acostar. Y ella seguía ahí, disponible, abierta, hambrienta. 


El quinto orgasmo la encontró boca abajo, la cara contra el piso, mientras dos la penetraban por detrás —uno en el ano, otro en la vagina— y ella se masturbaba a un sexto con la mano izquierda mientras chupaba al séptimo. 


No, eran seis. O eran siete. Tamara ya no sabía. 


El séptimo orgasmo fue el más intenso. Todo su cuerpo se arqueó como un arco. Los dedos de los pies se curvaron. Los ojos se le pusieron blancos. Gritó. Gritó tan fuerte que los hombres a su alrededor se detuvieron un segundo para mirarla. 


Después siguieron. Porque aún no habían terminado todos. 


Cuando el último hombre se vino —en su boca, en su vientre, no recordaba— Tamara ya había perdido la cuenta. Siete. Ocho. Diez. Solo sabía que su cuerpo era un mapa de líquidos calientes, que su pelo parecía una fregona, que sus labios estaban hinchados y sus ojos enrojecidos. 


Se durmió en el piso. 

 

No sabe cuánto tiempo pasó. 


Cuando abrió los ojos, el salón estaba vacío. Los espejos le devolvían una imagen que no reconocía: una mujer desnuda, cubierta de marcas moradas y blancas, el pelo hecho un nido, las piernas abiertas sobre la madera. 


—Despertate, princesa. 


La voz de Nicol era suave, casi maternal. Estaba arrodillada a su lado, con un vestido nuevo, el pelo perfecto, el collar de cuero en su lugar. Le acarició la mejilla con una mano tibia. 


—Todas terminaron. Sos la última. 


Tamara intentó incorporarse. Le dolía todo. Los músculos de las piernas, la espalda, el cuello. Los lugares íntimos latían con un dolor sordo. Pero algo en ella se sentía liviano. Como si hubiera soltado un peso que llevaba cargando toda la vida. 


—Las otras... —logró decir. 


—Están en el salón principal. Vení. 


Nicol le ofreció la mano. Tamara la aceptó. Se puso de pie con esfuerzo, las piernas temblorosas. Dio unos pasos y casi se cae. Nicol la sostuvo. 


—Cuesta al principio —dijo Nicol, y por primera vez su sonrisa pareció genuina—. Después te acostumbras. 


La guio por el pasillo de espejos. Tamara se veía reflejada desde todos los ángulos. Una mujer desnuda, sucia, caminando apoyada en otra mujer perfecta. El contraste era absurdo. Y hermoso. 


Entraron al salón principal. Las otras siete postulantes estaban ahí, también desnudas, también marcadas. Algunas lloraban. Otras reían con una risa nerviosa, rota. Martina, la rubia, tenía un ojo morado y sonreía como una loca. 


Nicol las reunió en el centro del salón. Las chicas de la fraternidad se acercaron en círculo. Los hombres se habían ido. Solo quedaban mujeres. 


—Lo lograron —dijo Nicol, y su voz resonó en el salón vacío—. Bienvenidas a la fraternidad. 


Un aplauso. No entusiasta, no cálido. Un aplauso ceremonioso, de ceremonia secreta. Las chicas de la DK O aplaudían a las nuevas miembros. Y Tamara, desnuda, sucia, hecha pedazos, sintió que lloraba. 


No sabía si de felicidad o de terror. 

 

Después, el baño. 


Era una sala grande, con mosaicos blancos y negros, y una bañera circular en el centro tan grande que podían entrar cuatro personas. Nicol la ayudó a meterse. El agua estaba tibia, perfumada con algo que olía a jazmín. 


Tamara se hundió hasta el cuello. Sintió el agua arrastrando la mugre, los líquidos secos, el sudor pegado. Nicol se sentó en el borde de la bañera, con un jabón líquido en las manos, y comenzó a lavarle el pelo con movimientos lentos. 


—La primera vez es la más difícil —dijo Nicol—. Después aprendes a disfrutarlo. 


Tamara cerró los ojos. Las manos de Nicol masajeaban su cuero cabelludo, sus sienes, detrás de sus orejas. 


—¿Siempre es así? —preguntó Tamara, la voz ronca. 


—Siempre. Pero cada vez entendés más. Es un intercambio. Vos das tu cuerpo. Ellos te dan el mundo. 


Tamara pensó en eso. En el doctor Rivas. En Aníbal. En los seis hombres que la habían usado hasta dormirla. En Franco, sobre todo en Franco. 


"Por qué no había probado hombres maduros antes", se preguntó. 


La pregunta no era retórica. Era sincera. Había algo en ellos —en la seguridad, en la experiencia, en la forma en que la miraban como si pudieran leerle el alma— que ningún chico de su edad le había dado. 


Abríó los ojos. Nicol le sonreía. 


—Te gustó, ¿verdad? 


Tamara no respondió. Pero su sonrisa, apenas dibujada en sus labios hinchados, fue respuesta suficiente. 


Continuara... 

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