Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 2

 

El primer mes y medio en la oficina transcurrió con una normalidad que las desconcertó. Valery y Scarlett, con dieciocho y diecinueve años recién cumplidos, eran las empleadas más jóvenes del piso corporativo. Llegaban a las ocho de la mañana con sus tacos resonando contra el mármol del hall, las faldas lápiz ajustadas y las blusas de seda que les daban un aire de adultas prematuras. El edificio olía a café caro y a papel reciclado, un perfume de productividad que nada tenía que ver con el almizcle denso del comedor de Pablo. 


Durante esas semanas, acompañaron a su abuelo a reuniones con empresarios de apellidos pesados. Sentadas en sillas auxiliares, con las piernas cruzadas y una libreta en la mano, escuchaban sobre la economía mundial, sobre dónde invertir y dónde retirarse. Pablo Ezequiel Lara las trataba con una corrección profesional que rozaba la indiferencia. Ni una mirada ambigua, ni una palabra fuera de lugar. Las jóvenes empezaron a relajarse. "Fue un capricho oscuro, nada más", pensó Valery una tarde, mientras ordenaba carpetas. "Un juego de poder y ya está", se convenció Scarlett, guardando un contrato en un cajón. 


Las tardes eran suyas. Valery volvía al gimnasio, ese templo de espejos donde su cuerpo se moldeaba con cada sentadilla, con cada abdominal. Scarlett se perdía en los shoppings de Capital Federal, las bolsas colgándole del brazo como trofeos de una batalla contra el vacío. Los fines de semana, las primas salían juntas con el mismo grupo de amigos, reían, bailaban, coqueteaban con chicos que no les importaban. Nunca hablaban de aquella tarde. El silencio era un pacto tácito, una cicatriz que ambas decidieron ignorar. Pero a veces, cuando se cruzaban una mirada en la oficina, un escalofrío les recorría la espalda. Algo dormía bajo la superficie, algo que ninguna quería nombrar. 


Un jueves cualquiera, el celular de Valery vibró sobre el escritorio de recepción. La pantalla se iluminó con el nombre que helaba la sangre. 


—Abuelo: Te espero esta noche en casa para cenar. 


Valery sintió un vuelco en el estómago. Sus dedos se tensaron alrededor del teléfono. "¿Sola? ¿En su casa? ¿Otra vez?". El recuerdo de la alfombra persa, del sudor, de los aplausos fríos, le golpeó con la fuerza de un vómito contenido. No respondió. Guardó el celular y siguió trabajando, pero su mano temblaba cada vez que tocaba un papel. 


Casi al mismo tiempo, Scarlett recibió su propio mensaje en el probador de un local de Palermo. Estaba probándose un vestido negro que le quedaba pintado cuando leyó las palabras de Pablo: 


—Abuelo: Quiero que me demuestres tu ADN de empresaria. Vende tu deportivo a Anderson al doble de precio. 


Scarlett soltó un bufido que empañó el espejo. "¿A Anderson? ¿Está loco?". Anderson era el padre de Valery, su tío. Un tipo duro, dueño de varias concesionarias, con ojo clínico para los autos. Sabía el valor de cada tuerca, de cada kilómetro. Venderle ese auto al doble era una tarea imposible. Pero también sabía que su abuelo no aceptaba excusas. El recuerdo de aquella frase —"las dejaré sin herencia"— resonó en su mente como una sentencia. Tecleó con los pulgares tensos: 


—Lo haré. 


Salió del shopping sin comprar el vestido. Caminó por las calles de Capital, sus zapatillas azules con detalles rojos pisando las baldosas flojas de la vereda. Pensó durante horas, dándole vueltas al problema. Finalmente, armó un mensaje cuidadoso para Anderson. Le explicó que quería vender el auto, pero al doble de su valor de mercado. La respuesta no se hizo esperar: 


—Eso es imposible, sobrina. Lo sabés. 


Scarlett se mordió el labio. La pantalla del celular iluminaba su rostro en la penumbra de un café. Tecleó con dedos que iban perdiendo la firmeza: "Es un pedido del abuelo. ¿No podemos arreglar algo?". Un silencio de tres minutos. Luego, la respuesta de Anderson: 


—Te espero en la concesionaria principal. Ya está cerrada, pero sabés que me quedo hasta tarde. Venite. 


El sol ya se había puesto cuando Scarlett llegó a la concesionaria. Las luces del interior estaban encendidas, un rectángulo cálido en medio de la avenida oscura. Vestía la misma blusa blanca corta de aquella tarde en el shopping, pero esta vez la combinaba con un pantalón de vestir negro que le marcaba las caderas. Sus ondas rubias le caían sobre los hombros, ligeramente despeinadas por la humedad de la noche. Llevaba un perfume dulzón, juvenil, que contrastaba con el olor a neumático y cuero que emanaba del local. 


Tocó el timbre. Anderson apareció tras el vidrio, un hombre de cuarenta y tantos, corpulento, con el pelo canoso en las sienes y unos ojos oscuros que la recorrieron de arriba abajo sin disimulo. La puerta se abrió con un zumbido eléctrico. 


—Scarlett, pasá. 


—Hola, tío. Gracias por recibirme. 


Se dieron un beso en la mejilla, un saludo familiar que tenía un dejo de formalidad incómoda. Anderson la guio hasta su oficina, un cubículo de vidrio en el fondo de la concesionaria, rodeado de autos de lujo que brillaban como joyas bajo los reflectores. El lugar olía a café recién hecho. 


—¿Cómo está Valery? ¿Y tu mamá? —preguntó Anderson mientras le servía una taza. 


—Todos bien. Valery sigue en el gimnasio, ya sabés cómo es —Scarlett sonrió con esfuerzo, aceptando el café—. ¿Y vos? ¿Mucho trabajo? 


—Siempre. Pero para la familia hay tiempo. 


El diálogo trivial flotó unos minutos más, una cáscara de normalidad que apenas contenía la tensión. Finalmente, Scarlett dejó la taza sobre el escritorio con un golpecito seco. 


—Tío, el abuelo me pidió que te venda el deportivo al doble del precio. Ya sé que es una locura, pero… 


Anderson la interrumpió con una mano alzada. Se recostó en su sillón de cuero, los ojos entrecerrados. 


—Pablo Ezequiel Lara es el jefe de la familia. Todos le debemos mucho. Pero no te puedo comprar ese auto por el doble. Lo sabés mejor que nadie. 


Scarlett sintió un nudo en la garganta. Intentó controlarlo, apretó los puños sobre su regazo, pero una lágrima traicionera se le escapó por la mejilla, dibujando un surco brillante sobre su piel tersa. 


—No sé qué hacer —susurró, la voz quebrada—. No quiero perder la herencia. No puedo. 


Anderson la observó en silencio. Luego se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al de ella. Sus dedos gruesos le agarraron el mentón con firmeza, obligándola a levantar la mirada. Con el pulgar, le acarició los labios entreabiertos, un roce lento, deliberado, que paralizó el cuerpo entero de Scarlett. 


—Si sos una buena niña, podemos llegar a un acuerdo. 


La frase cayó como ácido sobre su piel. Era su tío. El padre de Valery. El hombre que la había visto crecer en reuniones familiares, que le regalaba ropa en Navidad, que ahora le estaba tocando la boca con una intimidad que le heló la sangre y al mismo tiempo le encendió algo oscuro en el bajo vientre. Quiso salir corriendo. Su mente le gritaba que se levantara, que empujara esa silla y desapareciera en la noche. Pero entonces vio los ojos fríos de su abuelo en su memoria. La alfombra. Los aplausos. La foto. Y supo que no tenía escapatoria. O sí la tenía, pero era esta. 


—Yo seré una buena niña —dijo, y su propia voz le sonó ajena, prestada. 


Anderson no esperó más. Se abalanzó sobre ella y la besó. Fue un beso brusco, húmedo, lleno de una urgencia que no admitía ternura. Sus manos grandes se aferraron a la blusa blanca corta y tiraron. Los botones saltaron, repiqueteando contra el piso de baldosas. La tela se rasgó con un sonido áspero, dejando al descubierto el torso de Scarlett, su corpiño negro luchando por contener la generosidad de sus pechos. Anderson se lo arrancó con un solo gesto, liberando esos senos enormes que rebotaron suavemente, los pezones rosados endureciéndose al contacto con el aire frío de la oficina. El pantalón de vestir siguió el mismo destino; un tirón seco, la tela deslizándose por sus piernas largas, y Scarlett quedó completamente desnuda sobre la silla de cuero, las mejillas ardiendo, la respiración entrecortada. 


Anderson se apartó un paso para mirarla. Sus ojos recorrieron aquel cuerpo delgado y curvilíneo, la cintura fina, las piernas largas que ahora temblaban ligeramente. Sus pechos, como dos melones perfectos, se alzaban y caían con cada bocanada de aire. La piel suave, dorada, contrastaba con el cuero negro de la silla. Anderson deslizó su mano hacia la entrepierna de Scarlett, sus dedos encontrando una humedad densa, cálida, que la delataba. 


—Estás empapada. 


Scarlett no dijo nada. No podía. La situación la sobrepasaba y la excitaba al mismo tiempo, una contradicción que le quemaba las entrañas. "Es mi tío", pensó, pero esa idea, en vez de detenerla, le provocó una descarga de morbo que le contrajo el vientre. 


Anderson se desabrochó el cinturón con la soltura de quien sabe lo que quiere. La penetró sin aviso, de una sola embestida. Scarlett gritó, un sonido agudo y quebrado que rebotó contra los vidrios de la oficina. Sintió aquel miembro ancho, el más ancho que había sentido en su vida, abriéndose paso como si su cuerpo le perteneciera por derecho propio. Le gustaba. Y la llenaba de morbo que fuera su tío el que se lo estaba haciendo. Anderson no era tierno; le mordió el cuello, los hombros, dejando marcas rojas sobre la piel dorada. La embistió más fuerte, aunque su miembro no había podido entrar por completo todavía, un forcejeo de cuerpos que era a la vez lucha y entrega. 


Los grandes pechos de Scarlett se movían al compás de cada envite, un vaivén hipnótico que Anderson observaba con los ojos entrecerrados. Ella sintió cómo un primer orgasmo le subía desde los dedos de los pies, una ola caliente que le hizo arquear la espalda y soltar un gemido largo, casi animal. Anderson se rió, una risa gutural y satisfecha. 


—Sobrina, yo recién empiezo. 


Y continuó. Más fuerte. Más hondo. Scarlett no respondió con palabras, pero su cuerpo empezó a acompañar los movimientos, las caderas alzándose para recibir cada embestida, las piernas enroscándose alrededor de la cintura de Anderson. Sintió sus testículos golpeando contra su piel, un ritmo húmedo y obsceno que llenaba la oficina de sonidos viscosos. De repente, aquel miembro enorme entró por completo, y Scarlett sintió que su cuerpo se partía en dos, un dolor mezclado con un placer tan intenso que le nubló la vista. 


—Me encanta lo grande que es —dijo, y fue la primera vez que su voz salió voluntaria, sin filtro, cargada de un deseo que ya no intentaba disimular. 


—Sabía que eras una putita —gruñó Anderson sin dejar de moverse. 


En vez de ofenderla, las palabras la excitaron más. Una humillación que se transformaba en combustible, una degradación que le encendía cada terminación nerviosa. Anderson la agarró del pelo, tironeando de sus ondas rubias, y la llevó contra la pared fría de la oficina. La volvió a penetrar, esta vez por detrás, y Scarlett apoyó las manos contra el vidrio, sus pechos aplastándose contra la superficie, dejando marcas de vapor. Anderson apretó aquellos senos con avidez, los pellizcó, los lamió, los saboreó como si fueran un manjar. La boca caliente sobre los pezones endurecidos, los dientes rozando la piel sensible. 


Scarlett ya no era la chica que había entrado a la concesionaria media hora antes. Era un animal de puro instinto, un cuerpo que respondía a cada estímulo sin pedir permiso a la razón. Un segundo orgasmo la atravesó, más intenso que el primero, un espasmo que le hizo gritar el nombre de Anderson —"¡tío!"— en un alarido que era súplica y agradecimiento al mismo tiempo. Anderson, con un gruñido profundo, terminó dentro de ella, un calor espeso que le llenó las entrañas y le provocó un último escalofrío de placer. 


El silencio posterior fue ensordecedor. Solo las respiraciones agitadas de ambos rompían la quietud de la concesionaria. Anderson fue el primero en moverse. Se subió los pantalones con calma, se ajustó el cinturón, y luego habló con una tranquilidad que helaba la sangre: 


—Mañana traeme el auto, que te lo compro por el doble del valor. 


Scarlett parpadeó, como si despertara de un trance. La realidad le cayó encima como un baldazo de agua fría. Había hecho el amor desenfrenadamente con su tío, el padre de Valery, a cambio de vender un auto. Eso era lo que acababa de pasar. Eso era en lo que se había convertido. 


—Sí… mañana traigo el auto —murmuró, la mirada baja, las mejillas aún encendidas. 


Se vistió con movimientos torpes. Recogió la blusa rota del suelo y se la puso como pudo, abrochando los botones que quedaban. El pantalón negro se lo subió con dificultad, las piernas aún temblorosas. No se atrevió a mirar a Anderson a los ojos. Salió de la concesionaria sin despedirse, el portón automático cerrándose tras ella con un zumbido metálico. 


Caminó hacia su auto en la noche de Capital Federal. El aire fresco le golpeó el rostro, pero no logró apagar el fuego que aún ardía en su interior. La culpa le pesaba en el pecho como una piedra. Pero más pesada, más inquietante, era la excitación que todavía le latía entre las piernas. "¿Por qué me gustó?", se preguntó, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No tenía respuesta. Solo sabía que mañana vería a Valery, su prima, su reflejo casi gemelo, y tendría que fingir que nada había pasado. Que era la misma de siempre. Que no se había convertido, de repente, en una desconocida para sí misma.

 


Continuara... 

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