Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 9 — FINAL.

 


El polideportivo de Valery abrió sus puertas un sábado de primavera, con un sol espléndido que hacía brillar el vidrio espejado de la fachada. El edificio era imponente: tres plantas de hormigón y acero, canchas de pádel con césped sintético que olía a nuevo, un gimnasio equipado con máquinas de última generación, una piscina climatizada cuyo agua turquesa reflejaba la luz como un espejo líquido. Los clientes llegaban en masa, jóvenes ejecutivos, señoras de barrio privado, adolescentes que querían muscular antes del verano. Todo era luminoso, saludable, inofensivo. Pero lo que realmente importaba estaba en la parte de atrás. 


Tras una puerta de servicio que solo se abría con un código numérico, se desplegaba otro mundo. Un pasillo alfombrado, iluminado con luz tenue y cálida, conducía a un bufet privado con barra de caoba, sillones de cuero y una decena de habitaciones insonorizadas. Ahí trabajaban las chicas, un regalo de su abuelo Pablo: jóvenes europeas, la mayoría rubias, de piernas largas y acentos eslavos, que atendían a los clientes VIP del polideportivo. Hombres que llegaban para jugar al pádel y terminaban en la parte de atrás, dejando fajos de billetes a cambio de una hora con una ucraniana o una checa que apenas hablaba español. Valery, al principio, supervisaba el negocio con la misma frialdad que había aprendido durante su mes de prostitución. Pero pronto descubrió que le gustaba. No el sexo con los clientes —eso ya no—, sino el poder. El control. La sensación de manejar los hilos de un imperio invisible. 


Scarlett, por su parte, inauguró su local de ropa masculina una semana después. El edificio era una mole de dos pisos sobre una avenida comercial, con vidrieras enormes donde maniquíes sin rostro exhibían trajes importados, camisas italianas, zapatos de cuero cosidos a mano. Los clientes entraban, se probaban sacos, pagaban con tarjetas black. Pero atrás, mucho más atrás, tras un depósito de cajas y una puerta blindada, se extendía el verdadero negocio. Un laberinto de habitaciones decoradas con espejos y sábanas de satén, donde chicas inmigrantes de toda Sudamérica —paraguayas, bolivianas, venezolanas, colombianas— atendían a una clientela que nada tenía que ver con la ropa. La fachada era impecable. El negocio real, también. 


Las dos primas se reunían cada viernes para comparar números. Los prostíbulos del polideportivo y de la tienda de ropa generaban ganancias que ninguna de las dos había imaginado. En pocos meses recuperaron la inversión inicial. En seis meses ya estaban planeando abrir una segunda sucursal. Valery soñaba con un segundo polideportivo en la zona norte. Scarlett ya había puesto el ojo en un local en Puerto Madero. Se sentían invencibles. Se sentían, por fin, dignas del apellido Lara. 


El cumpleaños sesenta y uno de Pablo Ezequiel Lara se celebró en la casona familiar. Fue una fiesta descomunal. Llegaron los ocho hijos —cuatro varones, cuatro mujeres—, los más de cuarenta nietos, los yernos, las nueras, las parejas de los nietos, los novios, las novias. El jardín se llenó de mesas, de guirnaldas doradas, de mozos que circulaban con bandejas de champagne. Valery y Scarlett se movían entre los invitados como dos anfitrionas, radiantes, seguras. Pero cuando cayó la noche y los mozos se retiraron, la fiesta mutó. 


Todo empezó con un beso. Carla y Gustavo, en un rincón del salón, comenzaron a besarse con una pasión que no era de esposos sino de amantes. Violeta y Anderson los imitaron. Luego Mateo tomó a su novia ucraniana —una belleza de pómulos altos y ojos celestes que había rescatado de uno de los burdeles familiares— y la tendió sobre la alfombra persa. Los primos, las primas, los tíos, las tías, todos empezaron a desnudarse, a besarse, a formar grupos de cuerpos entrelazados sobre los sillones, sobre la mesa del comedor, sobre la misma alfombra donde Valery y Scarlett habían empezado todo. La orgía familiar se desplegó como una flor nocturna, un espectáculo de carne y parentesco que hubiera horrorizado a cualquier extraño pero que para los Lara era tan natural como cenar juntos en Navidad. 


Valery y Scarlett participaron, por supuesto. Se amaron entre ellas, primero, recordando viejos tiempos. Luego recibieron a sus padres, a sus tíos, a algún primo lejano que nunca habían visto. Pero en medio del caos de cuerpos y gemidos, Scarlett se dio cuenta de algo. Miró a su alrededor: Mateo estaba con su novia, Gustavo con Carla, Anderson con Violeta, los primos con sus parejas. Todos tenían a alguien. Todos menos ellas dos. 


—Somos las únicas solteras —murmuró al oído de Valery, mientras un tío lejano se retiraba de su cuerpo. 


Valery miró a su alrededor y asintió. Era cierto. Hasta Mateo, el mujeriego, había sentado cabeza con la ucraniana. Ellas dos, en cambio, seguían sin novio, sin pareja, sin nadie que ocupara ese lugar vacío en la mesa familiar. 


—No necesitamos a nadie —dijo Valery, tomando la mano de su prima—. Somos distintas. 


—Somos distintas —repitió Scarlett, y se hizo un juramento silencioso: seguir soltera, no atarse a nadie, ser la excepción en una familia donde todo el mundo tenía su contraparte. 


Pero las dos sabían que el legado familiar no se perpetuaba solo. Para seguir el linaje, para que el apellido Lara continuara su reinado subterráneo, necesitaban hijos. Y para tener hijos, necesitaban un padre. No un novio, no un marido. Solo un padre para sus hijos. Y ahí, en medio de la orgía, mientras los cuerpos de su familia se agitaban a su alrededor, las dos primas se miraron y supieron exactamente quiénes serían esos padres. 


Una semana después, en la trastienda del local de ropa de Scarlett, el plan se puso en marcha. Las dos primas estaban de pie en una de las habitaciones VIP, esa que tenía espejos en el techo y sábanas de satén rojo. Se habían vestido con cuidado, como para una ocasión especial: Valery con un conjunto de encaje blanco que contrastaba con su piel bronceada; Scarlett con lencería negra que hacía resaltar la palidez de sus pechos generosos. Pero cuando llegaron sus padres —Anderson y Gustavo, convocados por un mensaje urgente de sus hijas—, ellas ya se habían despojado de todo. 


Los dos hombres entraron a la habitación y se detuvieron en seco. Ahí estaban sus hijas, desnudas, sentadas en la cama, las piernas abiertas, los sexos expuestos. Valery miraba a su padre, Anderson, con una determinación que no admitía dudas. Scarlett clavaba sus ojos verdes en Gustavo, su padre, con la misma intensidad. 


—Quiero un bebé tuyo —dijo Valery. 


—Quiero un bebé tuyo —dijo Scarlett. 


Las dos frases resonaron en la habitación como un eco gemelo. Anderson y Gustavo se miraron. Eran cuñados, eran socios, eran cómplices de décadas en el negocio familiar. Se conocían desde antes de que sus hijas nacieran. Y ahora sus hijas, las más chicas de la familia, les estaban pidiendo que las embarazaran. 


—Pero yo soy tu tío, Scarlett —dijo Gustavo, la voz ronca, los ojos fijos en el cuerpo desnudo de su hija—. Y vos, Valery, sos hija de Anderson. 


—No importa —respondió Valery, alzando la barbilla—. Queremos que sean ustedes. Son nuestros tíos, pero no compartimos sangre. 


—La sangre de la familia —completó Scarlett—. Como el abuelo.  


Anderson y Gustavo se miraron de nuevo. Algo pasó entre ellos, una chispa de comprensión, de aceptación, de deseo contenido durante años. Porque sí, las habían deseado. Desde aquella primera vez en la concesionaria, en la ferretería, en las camas familiares. Las habían deseado en secreto y en público, con la excusa del negocio, con la excusa del placer. Pero esto era distinto. Esto era un hijo. Esto era el futuro. 


Gustavo fue el primero en moverse. Se desabrochó la camisa, los botones saltando sobre la alfombra, y se acercó a la cama. Pero no se dirigió a su hija. Se dirigió a Valery. Anderson, entendiendo el acuerdo tácito, se acercó a Scarlett. Un intercambio. Un cruce de sangres que volvería el linaje aún más cerrado, aún más impenetrable. 


—¿Están seguras? —preguntó Anderson, sus dedos rozando el hombro de Scarlett. 


—Nunca estuve más segura de algo en mi vida —respondió ella, y tomó la mano de Valery. 


Las dos primas se aferraron la una a la otra, los dedos entrelazados sobre las sábanas de satén rojo. Gustavo se desnudó por completo, su miembro ya erecto, grueso como lo recordaba Valery de aquella noche con los jugadores de fútbol. Se arrodilló sobre la cama, entre las piernas abiertas de su sobrina, y la miró a los ojos. 


—Voy a ser el padre de tu hijo —dijo, y no era una pregunta. 


—Sí —respondió Valery, y lo atrajo hacia ella. 


La penetración fue lenta, profunda, ceremonial. Gustavo entró en Valery mientras Anderson, del otro lado de la cama, penetraba a Scarlett. Las dos primas se miraron, las manos apretándose con fuerza, los gemidos escapándoseles al mismo tiempo. Los espejos del techo les devolvían la imagen de sus cuerpos entrelazados, las piernas estilizadas de Valery alrededor de la cintura de su tío, las piernas largas de Scarlett sobre los hombros. 


Gustavo se movía con un ritmo pausado pero firme, sus caderas chocando contra las nalgas duras de Valery, sus manos recorriendo su cintura definida. Ella arqueaba la espalda, sus pechos pequeños apuntando hacia el techo, los pezones rosados rozando el pecho de su tío. A su lado, Scarlett recibía a Anderson con una entrega absoluta, sus pechos generosos rebotando con cada embestida, sus dedos libres aferrándose a los de su prima. 


—Bésenme —susurró Valery, y Scarlett giró la cabeza. 


Las dos primas se besaron. Fue un beso profundo, húmedo, las lenguas enredándose mientras sus padres las penetraban al unísono. Gustavo y Anderson intercambiaron una mirada por encima de los cuerpos de sus hijas, una mirada de complicidad masculina, de orgullo torcido, de deseo compartido. Aceleraron el ritmo, sus testículos golpeando contra las nalgas de las jóvenes, sus jadeos llenando la habitación. 


—Así, tío, así —gemía Valery, las uñas clavadas en la espalda de Gustavo. 


— No pares —rogaba Scarlett, los ojos verdes nublados por el placer. 


Gustavo sintió que el orgasmo se le acercaba y se retiró apenas. Tomó a Valery de las caderas y la giró, poniéndola de costado, una de sus piernas estilizadas levantada hacia el techo. Así la penetró de nuevo, de lado, una posición que le permitía acariciar sus pechos mientras la embestía. Anderson imitó el movimiento con Scarlett, poniéndola de espaldas contra su pecho, sus manos rodeando sus pechos generosos, pellizcando sus pezones oscuros mientras la penetraba desde atrás. 


—Quiero que acabes adentro —dijo Valery, mirando a Gustavo por encima del hombro—. Quiero que me llenes. 


—Yo también —dijo Scarlett, su voz vibrando con cada envión de Anderson. 


Los dos hombres obedecieron. Aceleraron, sus dedos clavándose en las carnes jóvenes, sus respiraciones volviéndose más erráticas, más bestiales. Las primas se buscaron la boca de nuevo, besándose con desesperación, sus lenguas peleando mientras los miembros de sus padres las llevaban al borde del abismo. 


—Voy a acabar —anunció Gustavo, la voz rota. 


—Yo también —gruñó Anderson. 


—Acaben —ordenaron las dos primas al unísono. 


Y los cuatro estallaron. Valery sintió el chorro caliente de su tío llenándole el interior, y el orgasmo le subió desde el vientre como una marea, una explosión que le hizo gritar el nombre de Gustavo mientras sus dedos se aferraban a los de Scarlett. Scarlett, al mismo tiempo, recibió el orgasmo, un calor espeso que le empapó las entrañas y le provocó un clímax tan intenso que le hizo ver estrellas detrás de los párpados. Las dos primas temblaron juntas, los cuerpos sacudidos por espasmos que parecían no terminar nunca, los padres todavía dentro de ellas, los cuatro unidos en un nudo de fluidos y parentesco. 


Pero no se detuvieron. Gustavo se retiró de Valery y la puso en cuatro patas sobre la cama. Anderson hizo lo mismo con Scarlett. Las dos jóvenes quedaron una al lado de la otra, las nalgas en alto, las espaldas arqueadas, las manos todavía entrelazadas. Gustavo se colocó detrás de Valery; Anderson, detrás de Scarlett. Los dos padres se miraron, asintieron, y penetraron a sus hijas al mismo tiempo. 


—Así, así —gimió Scarlett, sintiendo a Anderson entrando en ella por detrás, sus testículos golpeando contra sus nalgas redondas. 


—Más fuerte, tío, más fuerte —rogó Valery, empujando hacia atrás para recibir a Gustavo más hondo. 


Las dos primas se movían al unísono, sus cuerpos siguiendo el ritmo de los dos hombres como un baile ensayado. Sus nalgas chocaban contra las pelvis de sus tios con un sonido húmedo y obsceno. Sus pechos —los pequeños y erguidos de Valery, los generosos y bamboleantes de Scarlett— se movían con cada envión. El sudor perlaba sus espaldas, sus muslos, sus frentes. Los espejos del techo les devolvían la imagen de un cruce perfecto: dos padres cogiéndose a las hijas del otro, dos primas amándose mientras concebían a la próxima generación. 


Gustavo tomó a Valery de las caderas y la giró, poniéndola boca arriba sin salir de su interior. Sus piernas estilizadas se enroscaron alrededor de su cintura, y él la penetró de frente, sus ojos oscuros clavados en los de ella. 


—Te voy a dar un hijo —murmuró, la voz ronca—. Una hija que va a ser tan puta como vos. 


—Eso espero —respondió Valery, y lo besó. 


Anderson, mientras tanto, había puesto a Scarlett de frente también, sus piernas largas sobre sus hombros, sus pechos generosos aplastados contra su pecho. La penetraba con un ritmo más rápido, más urgente, sus dedos buscando su clítoris, masajeándolo. 


— Voy a acabar de nuevo —anunció Scarlett, la voz quebrada. 


—Acabá conmigo, nena —respondió Anderson. 


Y los cuatro volvieron a estallar. Esta vez todos juntos, un orgasmo coral que llenó la habitación de gemidos, de nombres susurrados, de fluidos que empapaban las sábanas de satén rojo. Valery sintió a Gustavo vaciándose en su interior, y se aferró a la mano de Scarlett con una fuerza desesperada. Scarlett sintió a Anderson llenándola, y buscó los labios de su prima para besarla mientras el placer le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. 


Cuando todo terminó, los cuatro quedaron tendidos sobre la cama, los cuerpos entrelazados, las respiraciones agitadas, el olor a sexo saturando el aire. Valery apoyó la cabeza en el pecho de Gustavo; Scarlett se acurrucó contra Anderson. Las manos de las primas seguían entrelazadas, un puente de carne entre los dos pares. 


—Te quiero, prima —murmuró Valery. 


—Te quiero mas, prima —respondió Scarlett. 


Y en ese instante, supieron que lo habían logrado. Que sus vientres ya estaban sembrados. Que el legado familiar continuaría, puro, cerrado, perfecto. 


Pasaron los años, y Valery y Scarlett se convirtieron en las empresarias más reconocidas del circuito subterráneo. El polideportivo se multiplicó en cinco sucursales, cada una con su bufet privado, cada una con sus chicas europeas que llegaban como turistas y se quedaban como mercancía. La tienda de ropa masculina se expandió a diez locales, y detrás de cada uno florecía un prostíbulo de inmigrantes que generaba más ganancias que todas las ventas de trajes juntas. Las dos primas manejaban el imperio con mano de hierro, sus rostros impecables apareciendo en revistas de negocios, sus cuerpos esculpidos por el tiempo y el poder. 


Cada una tuvo tres hijos. Valery fue madre de dos varones y una nena, los tres de ojos celestes como los suyos, los tres engendrados por Gustavo, el padre de su prima. Scarlett dio a luz a dos nenas y un varón, los tres de ojos verdes como los de ella, los tres hijos de Anderson, el padre de Valery. Los chicos crecieron juntos, primos y medios hermanos al mismo tiempo, un enredo genealógico que solo la familia Lara podía entender. Y cuando cumplieron dieciocho años, como había sido siempre, como sería siempre, fueron iniciados en el legado. 


Pablo Ezequiel Lara murió a los ochenta y tres años, rodeado de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos. Su última mirada fue para Valery y Scarlett, las más chicas, las que habían llegado al final de la cadena y sin embargo habían terminado ocupando la cima. Murió en su cama, la misma donde había amado a su mujer, a sus hijas, a sus nietas. Murió sabiendo que el imperio estaba en buenas manos. 


Valery y Scarlett se volvieron las cabezas de la familia. Ya no eran las nietas fracasadas, las que solo sabían gastar dinero en ropa y autos deportivos. Eran las matriarcas, las dueñas del secreto, las guardianas de un legado que hundía sus raíces en el conventillo de La Boca, en el cuerpo de una inmigrante italiana que había cambiado sexo por dinero y dinero por poder. Ellas dos, las casi hermanas, las amantes, las cómplices llevaron el apellido Lara a nuevas alturas. Y el legado, como la sangre, continúa. 


FIN. 


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