Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 6


 

Dos días después, el mensaje llegó casi al mismo tiempo a ambos celulares. Valery estaba en el gimnasio, sentada en una máquina de abductores, las piernas estilizadas abriéndose y cerrándose con un ritmo mecánico, cuando la pantalla se iluminó. Scarlett se estaba probando un vestido en un probador de Palermo, las manos aún enredadas en la cremallera, cuando sintió la vibración contra el muslo. El mismo remitente. Las mismas palabras. 


—Abuelo: Las espero hoy al mediodía en casa para almorzar. 


Valery soltó las empuñaduras de la máquina. Su respiración todavía era agitada, pero ya no por el ejercicio. "Otra vez. ¿Qué va a pedirme ahora? ¿Otra fiesta? ¿Más desconocidos?". Pero debajo del temblor, palpitándole en el bajo vientre, había algo que se negaba a llamar anticipación. Dos días atrás, se había despertado en su cama sin recordar cómo había llegado, la cartera llena de billetes que su primo Mateo le había contado con una sonrisa cómplice antes de irse. Diez mil dólares. El precio de su cuerpo usado por jugadores de fútbol cuyos rostros ya se le difuminaban en la memoria. No se lo había contado a Scarlett. ¿Cómo iba a hacerlo? "Hola, prima, ¿cómo estás? Yo me acosté con media selección nacional mientras tu papá y tu hermano cobraban por adelantado". 


Scarlett, en su probador, se quedó mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas. Su cuerpo todavía guardaba las marcas de aquel día en la ferretería: moretones en las caderas, los pezones sensibles al roce de la tela, una quemazón íntima que no terminaba de irse. "Mi madre es la gerenta de un prostíbulo. Mi padre es dueño de una cadena de prostíbulos. Y yo trabajé en uno". La idea todavía le parecía un sueño ajeno, una película que le hubieran contado. Pero los billetes en su cartera eran reales. Y el recuerdo de los hombres, de sus manos sobre sus pechos, de sus embestidas anónimas, le provocaba un calor que la llenaba de vergüenza y de algo más. 


Ninguna de las dos dudó en ir. Se vistieron sin consultarse, movidas por un mismo instinto que ninguna reconocía. Valery eligió una falda a cuadrillé verde y azul, corta, de tiro alto, que le marcaba la cintura definida y le dejaba las piernas estilizadas al descubierto hasta la mitad del muslo. Arriba, una blusa de seda blanca sin mangas, con el primer botón estratégicamente desabrochado para insinuar el nacimiento de sus pechos pequeños. Las zapatillas las cambió por unos tacos bajos de tiras que le torneaban los tobillos. Se soltó el cabello rubio oscuro, las ondas cayéndole sobre los hombros, y se pintó los labios de un rosa pálido que contrastaba con sus ojos celestes. 


Scarlett optó por una falda similar, a cuadrillé rojo y negro, igual de corta, igual de ajustada. Arriba, un top negro de encaje que le ceñía los pechos generosos como una segunda piel, el escote dejando ver la canaleta profunda entre ellos. Se calzó unas sandalias de tiras negras y se maquilló con más decisión que su prima: los ojos verdes delineados, los labios de un carmín oscuro. Cuando se miró al espejo, se vio hermosa y se vio puta. "Es lo que soy ahora", pensó, y el pensamiento le provocó un escalofrío que no era del todo desagradable. 


Llegaron al mismo tiempo, cada una en un remis distinto, como si hubieran sincronizado sus relojes sin proponérselo. Se bajaron frente al portón de la casona, y al verse, se sonrieron con esa complicidad de siempre, la que tenían desde chicas, la que las hacía parecer hermanas. Pero esta vez la sonrisa era más tensa, más cargada. Ninguna dijo nada sobre sus atuendos casi idénticos. Ya no hacía falta. 


El mayordomo las guió al comedor. Pablo Ezequiel Lara ya estaba sentado en su cabecera, la mesa de caoba servida para tres. Las saludó con un gesto seco de la mano, sin besos, sin abrazos. El almuerzo transcurrió en un silencio espeso, solo roto por el tintineo de los cubiertos y alguna orden muda a las sirvientas, que desaparecieron apenas se sirvió el café. 


Pablo se limpió los labios con la servilleta, la dejó sobre la mesa, y las miró. Una a una. Primero a Valery, que sintió esos ojos fríos como un bisturí. Luego a Scarlett, que aguantó la mirada apenas unos segundos antes de bajarla. 


—Son unas putas. 


Las palabras cayeron como piedras en un estanque quieto. Valery sintió un golpe en el pecho. Scarlett apretó la servilleta sobre su regazo. 


—Vos, Valery —continuó Pablo, la voz ronca y pausada, sin rastro de enojo, sin rastro de nada—, te acostaste con media docena de jugadores de fútbol mientras tu tío Gustavo y tu primo Mateo te cobraban por adelantado. Diez mil dólares. Un buen precio para una principiante. 


Valery abrió la boca, pero no le salió sonido. Sus ojos celestes se desviaron hacia Scarlett, que la miraba con una incredulidad que estaba a punto de volverse recíproca. 


—Y vos, Scarlett —Pablo giró la cabeza hacia ella—, trabajaste un día entero en la ferretería de tu padre. Diez hombres, tal vez más. Tu madre, Carla, estuvo muy orgullosa de vos. Y ni hablar de lo de Anderson. Acostarte con el padre de tu prima para vender un auto al doble. Eso fue iniciativa propia. Eso me gustó. 


Scarlett sintió que el piso se le abría bajo los pies. Miró a Valery, y en esa mirada había pánico, disculpa, vergüenza. Valery le sostuvo la mirada, los ojos celestes nublados por una confusión que todavía no era enojo. "Scarlett y mi papá. Mi papá y Scarlett. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Y por qué no me lo dijo?". Pero en el fondo, en ese lugar oscuro que ya no quería ignorar, entendía. Entendía el morbo. Entendía el deseo prohibido. Entendía todo. 


—Las dos son unas putas —concluyó Pablo, y entonces, por primera vez en toda la conversación, sonrió—. Y por eso estoy orgulloso de ustedes. 


Las primas se miraron de nuevo. La palabra "putas" seguía resonando en el aire como una campanada, pero el orgullo de su abuelo le daba un significado nuevo, torcido, casi noble. 


—¿Por qué? —se animó a preguntar Scarlett, la voz más firme de lo que esperaba. 


Pablo se recostó en su silla. Sus dedos gruesos tamborilearon sobre la madera de la mesa. 


—Porque las mujeres de esta familia son todas putas. Y gracias a eso, somos ricos. 


Hizo una pausa. Sirvió un dedo de whisky en un vaso bajo, le dio un sorbo, y continuó. Su voz se volvió más grave, más íntima, como si estuviera revelando un secreto guardado durante décadas. 


—Mi madre, su bisabuela, era una inmigrante italiana. Llegó a este país con diecisiete años, sin un peso, sin hablar el idioma. ¿Saben qué hizo? Se prostituyó. En un conventillo de La Boca, primero. Después, en un departamento de San Telmo. Juntó dinero, mucho dinero, y con eso compró su primer terreno. Luego conoció a mi padre, un comerciante que no preguntaba de dónde venía la plata. Y así empezó todo. La riqueza de esta familia no nació de la nada. Nació del cuerpo de una mujer que supo convertirlo en capital. 


El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Valery sentía las palabras de su abuelo como un rompecabezas que por fin empezaba a encajar. Scarlett se mordía el labio inferior, los ojos verdes fijos en el anciano. 


Valery se animó a preguntar, la voz temblorosa pero decidida: 


—Si ya tenemos dinero, abuelo, ¿por qué nos tenemos que prostituir? 


Pablo la miró con una calma que desarmaba. 


—Porque tenés que sentir lo que siente una prostituta para entender el negocio. No alcanza con saberlo de memoria. No alcanza con leerlo en un libro. Tenés que vivirlo. Tenés que saber lo que es que un desconocido te use el cuerpo. Lo que es sentir asco y placer al mismo tiempo. Lo que es contar billetes y saber que cada dólar es una parte de tu dignidad que no vas a recuperar. Cuando entiendas eso, vas a entender cómo se maneja una prostituta. Y cuando entiendas cómo se maneja una prostituta, vas a poder manejar el negocio. 


Las dos chicas bajaron la cabeza. No era sumisión. Era comprensión. Las piezas del rompecabezas se acomodaban con un clic siniestro pero innegable. La fiesta de máscaras, la ferretería, los jugadores de fútbol. Su abuelo no las había humillado por capricho. Las había estado entrenando. Les había estado enseñando el oficio desde el primer día, desde aquella tarde sobre la alfombra persa. 


Scarlett alzó la cabeza. Sus ojos verdes, los mismos de Carla, tenían una chispa nueva. 


—Entiendo. 


Pablo asintió, satisfecho. 


—Si se prostituyen por un mes más, yo me encargo de terminar sus negocios. Sus madres les van a enseñar a administrar el resto. Carla conoce el negocio minorista. Violeta maneja el contacto con los clientes de alto poder adquisitivo. Ellas las van a entrenar. 


Las dos chicas se miraron. Un mes más. Un mes de ser usadas por desconocidos. Un mes de contar billetes manchados de sudor ajeno. Pero al final de ese mes, habría un local de ropa —una distribuidora, un nuevo prostíbulo, ya lo sabían— y un polideportivo que sería mucho más que un gimnasio. Habría un imperio que administrar. Un imperio que sería suyo. 


—Sí, abuelo —dijeron al unísono. 


Pablo sonrió. Fue una sonrisa plena, la primera que les dedicaba desde que tenían memoria. Una sonrisa que transformaba su rostro severo en algo casi cálido. 


—Esto lo tenemos que festejar. Desnúdense. 


Las primas se miraron. La orden les llegó como un eco de aquella primera tarde, cuando el miedo y la confusión las habían paralizado. Pero ya no eran esas chicas. Ya no había resistencia en sus cuerpos, solo una aceptación que se había ido construyendo capa por capa, entrega por entrega. Se pusieron de pie sin hablar. 


Valery desabrochó la blusa de seda blanca. Sus dedos, que antes temblaban, ahora se movían con una lentitud casi ceremonial, dejando que cada botón se deslizara por el ojal con un susurro. La tela se abrió, revelando su torso delgado, la cintura definida, el corpiño de encaje blanco que contrastaba con su piel bronceada. Dejó caer la blusa sobre la silla. Luego llevó las manos a la cintura de la falda a cuadrillé, desabrochó el botón, bajó la cremallera. La tela se deslizó por sus piernas estilizadas, acumulándose a sus pies como un charco de colores. Se quitó los tacos con un gesto ágil. Luego el corpiño, que liberó sus pechos pequeños y erguidos, los pezones rosados endureciéndose al contacto con el aire denso del comedor. Por último, la tanga blanca, un hilo mínimo que se deslizó por sus muslos y se unió al resto de la ropa en el suelo. Valery quedó desnuda, de pie, la luz de la araña iluminando su cuerpo como una escultura. 


Scarlett la imitó. Se quitó el top de encaje negro, y sus pechos generosos, como dos melones perfectos, rebotaron suavemente al liberarse. La falda a cuadrillé rojo y negro cedió, bajó por sus piernas largas, dejando al descubierto un corpiño y una tanga a juego, negros, mínimos. Se desabrochó el corpiño con un gesto de espalda que conocía de memoria, y sus pechos quedaron expuestos, los pezones oscuros contrastando con la palidez de su piel. La tanga fue lo último, un hilo que se desprendió con un tirón suave y que dejó su sexo al descubierto, una sombra de vello recortado, los labios ya húmedos por una excitación que no pedía permiso. 


Las dos primas, de pie, desnudas frente a su abuelo. Pablo las miró con una calma que no era indiferencia sino evaluación, como un coleccionista que admira sus piezas más preciadas. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Valery: las piernas estilizadas, las nalgas duras y paraditas, la cintura fina, los pechos pequeños y erguidos como dos copas de champagne invertidas, los pezones rosados que apuntaban hacia él. Luego se desviaron hacia Scarlett: las piernas largas y torneadas, las caderas curvilíneas, los pechos enormes que se alzaban y caían con cada respiración, los pezones más oscuros, más grandes, las nalgas redondas que parecían esculpidas para ser tomadas. 


—Me hacen acordar a mi mujer —dijo Pablo, y su voz, por primera vez, tenía un matiz que no era frío. Algo parecido a la nostalgia, al deseo antiguo. 


Se puso de pie con la lentitud de sus sesenta años. Caminó hacia ellas, sus pasos resonando en el piso de madera. Se detuvo detrás de las dos, su aliento tibio rozándoles la nuca. Sus manos gruesas, de venas marcadas, se posaron en sus cuerpos. Una en la nalga derecha de Valery. Otra en la nalga izquierda de Scarlett. Apretó. Fuerte. Las dos gimieron, un gemido corto, sorprendido, que se les escapó sin permiso. La piel tersa de sus nalgas cedió bajo sus dedos, que se clavaron con una posesión que no admitía réplica. 


—Igual de putas —murmuró Pablo, y apretó de nuevo, con más fuerza. 


Valery sintió el pellizco de esos dedos ásperos en su carne y se le humedecieron los ojos, pero no de dolor. "Me está tocando mi abuelo. Y me gusta. Después de todo lo que hice, esto es lo que me gusta". Scarlett sintió la mano de Pablo en su nalga y recordó las manos de Anderson, las manos de los desconocidos en la ferretería, las manos de su prima aquella primera tarde. Pero esta mano era distinta. Era la mano del patriarca. La mano que había empezado todo. Y le gustaba más que todas las otras juntas. 


Pablo retiró las manos. Dio un paso atrás. Se desabrochó el cinturón, la hebilla brillando bajo la luz de la araña. La bragueta bajó con un sonido metálico que resonó en el silencio del comedor. Sus pantalones cayeron al suelo, y sus nietas vieron su miembro por primera vez. Era grueso, largo, con venas azuladas que lo recorrían como ríos en un mapa. No era el miembro de un hombre joven, pero tenía una presencia imponente, una autoridad que coincidía con el resto de su persona. 


—Arrodíllense —ordenó. 


Valery y Scarlett obedecieron. Las rodillas desnudas tocaron la madera fría del piso, una a cada lado de su abuelo. El miembro de Pablo se alzaba entre ellas como un monolito, y por un instante, las dos lo miraron sin saber quién daría el primer paso. Fue Valery quien se inclinó primero. Su lengua, pequeña y húmeda, tocó la base del miembro, recorriendo una de esas venas azuladas con una lentitud que arrancó un suspiro de la garganta de Pablo. Scarlett no quiso quedarse atrás. Su boca, más grande, más experimentada, envolvió la punta, sus labios de carmín oscuro sellándose alrededor del glande como un beso húmedo y caliente. 


Las dos primas trabajaron en equipo, sus lenguas encontrándose a veces sobre la piel caliente de su abuelo, sus manos turnándose para masajear lo que sus bocas no podían abarcar. Valery lamía los testículos, los tomaba en su boca con una delicadeza que contrastaba con la lascivia de la escena. Scarlett succionaba la punta, sus mejillas hundiéndose, sus ojos verdes mirando hacia arriba, buscando la mirada de Pablo. El anciano les acariciaba el cabello a ambas, sus dedos enredándose en las ondas rubias de una, en las ondas más claras de la otra, guiándolas sin prisa, sin urgencia. 


—Así —murmuraba Pablo—. Así, mis putitas. 


La palabra, que antes era un insulto, ahora era un título. Un grado. Una medalla. Las dos gimieron al escucharla, sus bocas llenas del sabor salino de su abuelo. 


Pablo las levantó con un gesto. Las tomó de las manos y las guió hacia el sillón de cuero que presidía un rincón del comedor. Se sentó, su miembro erecto apuntando hacia el techo, y señaló a Scarlett. 


—Vos, arriba. 


Scarlett se trepó sobre él sin dudar. Sus piernas largas se abrieron a ambos lados de las caderas de su abuelo, y su sexo húmedo rozó la punta del miembro. Se dejó caer despacio, un descenso controlado que le arrancó un gemido largo y tembloroso. El miembro de Pablo la llenó por completo, más profundo que cualquiera de los hombres de la ferretería, más hondo que Anderson, más hondo que todos. "Es mi abuelo adentro mío", pensó Scarlett, y el pensamiento le provocó una explosión de morbo que le contrajo el vientre y le hizo apretar involuntariamente a Pablo con sus paredes internas. 


Pablo se volvió hacia Valery. 


—Vos, sentate en mi cara. 


Valery obedeció. Se trepó al respaldo del sillón, sus piernas estilizadas a ambos lados de la cabeza de su abuelo, su sexo depilado descendiendo hacia la boca de Pablo. Sintió su lengua, áspera y experta, separando sus pliegues, encontrando su clítoris con una precisión que la hizo gemir en voz alta. Sus caderas empezaron a moverse solas, frotándose contra esa boca que la devoraba. 


Pablo, mientras tanto, empujaba hacia arriba, penetrando a Scarlett con un ritmo pausado pero profundo. Sus manos subieron hacia los pechos generosos de su nieta, los apretó, los amasó, pellizcó sus pezones oscuros hasta que Scarlett gritó. El sudor empezaba a perlarlos a los tres: la espalda de Valery brillaba bajo la luz de la araña, los pechos de Scarlett resbalaban entre los dedos de Pablo, la frente del anciano se cubría de gotitas que se mezclaban con los fluidos de Valery. 


—Abuelo… —gimió Valery, y era una súplica, un agradecimiento, una rendición. 


Scarlett cabalgaba con desesperación, sus caderas curvas moviéndose en círculos, sus pechos rebotando al compás de cada embestida. Sentía el miembro de su abuelo golpeando en lo más hondo, un lugar que ningún otro había alcanzado, y cada golpe era un paso más hacia el abismo. 


Pablo succionaba el clítoris de Valery con una voracidad que no parecía de su edad, su lengua entrando y saliendo de su sexo, su nariz frotándose contra su monte de venus. Valery se aferraba al respaldo del sillón, los nudillos blancos, la boca abierta en un grito mudo. 


—Voy a acabar —anunció Scarlett, la voz rota—. Abuelo, voy a acabar. 


—Acabá —gruñó Pablo contra la entrepierna de Valery—. Acaben las dos. Ahora. 


Y las dos estallaron al mismo tiempo. Scarlett se dejó caer con todo su peso, el miembro de Pablo enterrándose hasta la base, y el orgasmo le subió por la columna como un rayo, contrajo sus músculos, apretó a su abuelo con una fuerza que la sorprendió a ella misma. Valery sintió la lengua de Pablo acelerando, sus dedos entrando en su sexo junto con su boca, y también explotó, un chorro de placer que le mojó la cara a su abuelo y le arrancó un alarido que rebotó contra las paredes del comedor. 


Pablo, con un gruñido profundo que venía de lo más hondo de su pecho, se vació dentro de Scarlett. Un chorro caliente y espeso que la llenó mientras ella aún temblaba con los últimos espasmos de su orgasmo. 


Las dos mujeres se derrumbaron. Scarlett se deslizó hacia un costado, su cuerpo curvilíneo aterrizando sobre la alfombra persa, la misma alfombra donde habían empezado todo un mes y medio atrás. Valery se bajó del sillón, sus piernas estilizadas temblorosas, y se acurrucó contra el pecho de su abuelo, sintiendo su corazón latiendo con una fuerza que desmentía su edad. 


Pablo las abrazó a las dos. Un brazo alrededor de Scarlett, otro alrededor de Valery. Los tres desnudos, sudados, oliendo a sexo y a familia. El anciano besó la frente de Valery, luego la de Scarlett. Un gesto que podría haber sido paternal si no estuviera manchado de todo lo demás. 


—Vamos al cuarto —dijo. 


Y fueron. Atravesaron los pasillos en penumbras de la casona, los tres desnudos, Pablo en el medio, sus nietas a los costados como dos guardianas de un rey decrépito. Entraron a la habitación principal, la cama enorme donde había muerto la abuela, donde Valery había dormido después de la fiesta de máscaras. Se acostaron los tres, los cuerpos entrelazándose en un nudo de miembros y sábanas. 


Esa tarde hicieron el amor otra vez. Fue más lento, más íntimo, un ritual de lenguas y dedos y caricias que ya no tenían urgencia. Scarlett besó los párpados de su abuelo. Valery le masajeó los pies cansados. Pablo les susurró palabras en italiano, el idioma de su madre, palabras que ninguna entendió pero que sonaban como un conjuro antiguo. 


Cuando el sol empezó a bajar, los tres se durmieron. Valery apoyada en el hombro izquierdo de Pablo. Scarlett en el derecho. El anciano roncaba suavemente, su rostro severo relajado por primera vez en décadas. Las dos primas, antes de cerrar los ojos, se miraron por encima del pecho de su abuelo. Una mirada cómplice, distinta a todas las anteriores. Una mirada que decía: "Esto es nuestra familia. Esto somos nosotras. Y esto recién empieza". 


Se durmieron, y en sus sueños flotaban imágenes de locales de ropa que eran prostíbulos, de gimnasios que eran centros de trata, de madres que eran gerentas de placer. Imágenes que ya no les provocaban horror, sino una curiosidad insaciable. Porque la familia Lara era más compleja de lo que jamás habían pensado. Y ellas, las más chicas, las que solo sabían gastar dinero, estaban destinadas a heredarla. 

 


Continuara... 

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