Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 7

 


El mes que siguió fue una inmersión en las entrañas del imperio Lara. Scarlett trabajó en los prostíbulos que se escondían detrás de las ferreterías, esos panales de concreto donde chicas de su edad atendían a una fila interminable de hombres que entraban con billetes y salían con el alivio dibujado en la cara. Valery, en cambio, fue destinada a los burdeles que operaban tras las concesionarias de autos de Anderson, administrados con mano de hierro por su madre, Violeta, la mujer menuda de ojos celestes que se transformaba en una tirana implacable apenas cruzaba la puerta trasera del negocio. 


Los primeros días fueron los peores. Scarlett sintió que su cuerpo dejaba de pertenecerle. Los hombres se sucedían uno tras otro, algunos brutales, otros indiferentes, la mayoría obsesionados con sus pechos generosos. Aprendió a desconectar la mente, a dejar que su cuerpo trabajara en piloto automático mientras su conciencia flotaba en un limbo insensible. Valery experimentó lo mismo en las concesionarias: una procesión de desconocidos que la doblaban sobre escritorios, contra paredes, sobre capós de autos de lujo que olían a cuero y a nafta. El sexo se volvió una transacción tan mecánica como pasar una tarjeta por un lector. Un intercambio de fluidos y billetes que no dejaba nada, ni siquiera el eco de un placer genuino. 


Pero al final del mes, cuando el sol se ponía sobre el último día de su prostitución forzada, las dos sintieron lo mismo: un alivio que no era solo por el fin del suplicio, sino por lo que venía. Sus negocios estarían terminados. Sus madres les enseñarían a administrarlos. Dejarían de ser las nietas fracasadas para convertirse en las herederas del imperio oculto de la familia Lara. 


Esa noche, en la casa de Scarlett, la mesa del comedor estaba servida con una cena íntima. Carla había preparado todo personalmente, algo que no hacía desde que Scarlett era una niña. Había velas encendidas, una botella de vino tinto descorchada, y un aroma a comida casera que contrastaba con el olor a sexo y lavandina que Scarlett había respirado durante un mes entero. Gustavo estaba en la cabecera, su mandíbula cuadrada relajada en una sonrisa de orgullo. Mateo, su hermano, le guiñó un ojo desde el otro extremo de la mesa. Carla alzó su copa. 


—Brindemos por Scarlett —dijo, su voz melosa—. Porque terminó el mes. Porque ahora es una de nosotras. 


Scarlett sintió un nudo en la garganta. Las palabras de su madre le llegaron como un bálsamo después de semanas de sentirse una mercancía. Chocó su copa contra las de su familia y bebió un sorbo largo de vino tinto, sintiendo el alcohol caliente que le bajaba por el pecho y le aflojaba los músculos tensos. Por primera vez en un mes, su corazón se sintió aliviado. No había juicio en los ojos de sus padres, no había asco en la sonrisa de su hermano. Solo aceptación. Pertenencia. 


A la misma hora, en la casa de Valery, la escena era similar pero más austera. Violeta había preparado té, no vino, y la mesa era más pequeña, más íntima. Anderson estaba sentado junto a su esposa, su brazo rozando el hombro de Valery con una familiaridad que ya no la incomodaba. Recordó, con un escalofrío que ya no era de rechazo, que ese mismo hombre se había acostado con su prima. Pero ya no había celos ni rencor. Solo una extraña forma de comprensión. 


—Estoy orgullosa de vos, Valery —dijo Violeta, sus ojos celestes brillando bajo la luz tenue de la lámpara—. No cualquiera aguanta un mes. 


Valery sonrió, una sonrisa cansada pero genuina, y sorbió su té. El líquido caliente le reconfortó la garganta, todavía áspera de tantos gemidos fingidos, de tantos nombres olvidados. Anderson le apretó el hombro, un gesto que podía ser paternal y también algo más, y ella apoyó la cabeza contra su brazo, agotada, pero en paz. 


—Ahora viene lo bueno —dijo Anderson—. Ahora vas a aprender a manejar el negocio. 


Scarlett, después de la cena, se excusó y subió a su habitación. Cerró la puerta y se quedó un instante de pie en el centro del cuarto, sintiendo el peso de un mes entero sobre los hombros. Se desvistió con lentitud, dejando que cada prenda cayera al suelo como una piel muerta. La blusa, la pollera, el corpiño, la tanga. Quedó desnuda frente al espejo de cuerpo entero que tenía junto al armario. 


Su reflejo le devolvió una imagen que era y no era la suya. Sus pechos generosos seguían siendo imponentes, los pezones oscuros todavía sensibles al roce del aire. Su cintura fina, sus piernas largas, sus caderas curvilíneas. La belleza estaba intacta. Pero la piel contaba otra historia. Tenía moretones en las caderas, marcas de dedos en los muslos, chupones descoloridos en el cuello y en la parte interna de los brazos. Sus pechos estaban llenos de pequeñas marcas rojas, recuerdos de pellizcos y mordiscos de desconocidos. Se giró de perfil: sus nalgas redondas también tenían moretones, algunos amarillentos, otros todavía violáceos. 


"Son marcas de desconocidos", pensó, pasándose los dedos por un cardenal en la cadera. "Hombres sin cara, sin nombre, que pagaron por mi cuerpo y se fueron". Sintió un vacío en el pecho, una tristeza que no era exactamente dolor sino ausencia. Y entonces, como una revelación silenciosa, se dio cuenta de algo: preferiría que esas marcas fueran de su abuelo. O de Valery. De alguien que la conociera, que supiera su nombre, que no la tratara como un agujero caliente sino como una parte de algo más grande. La idea le provocó un escalofrío, pero no de rechazo. De deseo. 


Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le corriera por el cuerpo, por los moretones, por las marcas. Se enjabonó con una dedicación casi ritual, como si el jabón pudiera lavar no solo el sudor de los desconocidos sino también la sensación de vacío que le habían dejado. Salió de la ducha, se secó con una toalla mullida, y se puso un conjunto de ropa interior de seda color marfil —un corpiño que le sostenía los pechos sin aplastarlos y una tanga que se perdía entre sus nalgas— y encima una bata corta de satén que apenas le llegaba a la mitad del muslo. Se soltó el cabello rubio, todavía húmedo, y abrió la puerta del baño. 


Al salir a su habitación, se detuvo en seco. Su madre, su padre y su hermano estaban ahí, de pie, esperándola. Carla estaba en el centro, los brazos cruzados sobre su vestido negro. Gustavo a su lado, las manos en los bolsillos, la mandíbula relajada pero los ojos fijos en su hija. Mateo, apoyado contra el marco de la puerta, la miraba con una intensidad que Scarlett nunca le había visto. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz del velador, y el ambiente tenía una carga eléctrica que le erizó la piel bajo la bata de satén. 


—Sé que este mes fue difícil —dijo Carla, su voz melosa, pero con un matiz de comprensión que Scarlett no le conocía—. Yo lo pasé. Todas las mujeres de esta familia lo pasamos. Pero para eso está la familia. Para apoyarte. 


Scarlett sintió una lágrima resbalarle por la mejilla. No era tristeza, no era dolor. Era una emoción sin nombre que le llenaba el pecho y le nublaba los ojos. Gustavo se acercó y le secó la lágrima con el dorso de sus dedos gruesos, un gesto tan tierno que le recordó a cuando era una nena y se raspaba las rodillas en el jardín. Mateo se acercó también, sus manos rodeándole la cintura fina, y le dio un beso en la mejilla, un roce de labios que se desvió apenas hacia la comisura de su boca. Un beso que era casto y no lo era al mismo tiempo. 


Gustavo inclinó la cabeza y le besó el cuello. Sus labios calientes se posaron sobre el pulso acelerado de Scarlett, sobre las marcas que otros hombres habían dejado, como si quisiera borrarlas con su propia boca. Scarlett cerró los ojos. Por primera vez en un mes, sintió que esas caricias no eran una transacción. No eran frívolas. Eran profundas, cargadas de una intimidad que la atravesaba como un rayo. "Es mi familia. Me están tocando mi padre y mi hermano. Y yo los deseo". El pensamiento, en lugar de horrorizarla, le provocó un calor húmedo entre las piernas. 


Abrió los ojos y miró a Gustavo. Apenas movió la cabeza, apenas inclinó el rostro, y sus labios encontraron los de su padre. El beso fue apasionado desde el primer instante, lenguas que se buscaban, bocas que se devoraban como si se conocieran de toda la vida. Scarlett sintió el sabor a vino tinto en la boca de Gustavo, sintió sus manos grandes posarse en su cintura y apretar con una posesión que le arrancó un gemido. Cuando se separaron, fue Mateo quien tomó su lugar. Su hermano la besó también, con una urgencia más joven, más hambrienta, sus dedos enredándose en su cabello húmedo y tironeando apenas, un dolorcito dulce que le hizo arquear la espalda. 


—Vení, mi amor —susurró Gustavo, y sus manos desataron el cinturón de la bata de satén, que se abrió y cayó al suelo. 


Scarlett quedó de pie, en corpiño y tanga color marfil, entre su padre y su hermano. Mateo deslizó las manos por sus hombros, bajó los tirantes del corpiño, y la prenda cedió, liberando sus pechos generosos, que rebotaron suavemente. Gustavo se arrodilló y le bajó la tanga con los dientes, un gesto tan obsceno como reverente, dejando su sexo al descubierto, húmedo ya, brillante bajo la luz tenue. Carla, mientras tanto, se había acercado a sus hombres. Con manos expertas, desabrochó la camisa de Gustavo, bajó la cremallera del pantalón de Mateo, liberó los miembros de ambos: el de su esposo, grueso y experimentado; el de su hijo, más largo y delgado, pero igual de erecto. 


—Vamos a nuestro cuarto —dijo Carla, tomando la mano de Scarlett. 


Los cuatro atravesaron el pasillo en penumbras hacia la habitación principal, la cama enorme donde Gustavo y Carla dormían desde hacía veinticinco años. Scarlett entró como quien entra a un templo, desnuda, temblorosa pero decidida. Sus pechos se mecían con cada paso, sus piernas largas brillaban con la humedad que le resbalaba por los muslos. 


La cama los recibió como un altar. Gustavo se recostó de espaldas, su miembro erecto apuntando hacia el techo, y Carla guió a Scarlett hacia él. 


—Vas a tener tu primera primera vez por el culo —murmuró Carla al oído de su hija—. Déjate llevar. 


Scarlett entendió. Se puso de espaldas a su padre, sus piernas largas a ambos lados de sus caderas, y se dejó caer despacio, no sobre su miembro, sino un poco más atrás. Gustavo sostuvo sus caderas, sus dedos clavándose en la carne de sus nalgas redondas, y la guió hacia abajo. Scarlett sintió la punta de su padre presionando en un lugar que ningún hombre había tocado antes. Un lugar prohibido, estrecho, virgen. Cerró los ojos y dejó que su cuerpo descendiera. El dolor fue intenso al principio, un desgarro que le arrancó un gemido agudo, pero Gustavo fue paciente, dejando que se acostumbrara, sus dedos masajeándole las nalgas, susurrándole palabras que no entendía pero que la calmaban. Poco a poco, el dolor se convirtió en una plenitud extraña, una sensación de ser llenada en un lugar que no sabía que podía ser llenado. 


—Así, mi amor, así —gruñó Gustavo, y empezó a moverse. 


Al mismo tiempo, Mateo se arrodilló frente a ella, su miembro largo y delgado rozándole los labios. Scarlett lo tomó en su boca con una avidez que la sorprendió, su lengua recorriendo el tronco hinchado, sus mejillas hundiéndose con cada succión. El sabor de su hermano era salino y familiar, distinto al de los desconocidos, y le gustó. Gustavo embestía desde abajo, un ritmo pausado pero profundo que le llenaba el ano de una manera que le hacía ver estrellas. Sus pechos generosos se balanceaban hacia adelante y hacia atrás, y Carla, que se había desnudado y se había sentado a un costado de la cama, los observaba, sus dedos acariciando su propio sexo, sus ojos verdes brillando de excitación y orgullo. 


—Mi nena, mi putita hermosa —murmuró Carla, y las palabras, en vez de ofender a Scarlett, le provocaron una ola de calor que le contrajo el vientre. 


Gustavo aceleró. Sus testículos golpeaban contra las nalgas de Scarlett con un sonido húmedo, sus manos subieron hacia sus pechos, los apretó, pellizcó sus pezones oscuros hasta que ella gimió con la boca llena de Mateo. Mateo, mientras tanto, le sostenía la cabeza con ambas manos, guiando el movimiento, sus caderas empujando hacia adelante, su miembro entrando y saliendo de su boca con una urgencia cada vez más descontrolada. Los tres formaban una máquina de carne y deseo, un trío de respiraciones agitadas y gemidos ahogados. 


Scarlett sintió que Gustavo se tensaba debajo de ella, sus dedos clavándose en sus caderas, y entonces él estalló, un chorro caliente que le llenó el interior de una manera que nunca había experimentado. El calor del orgasmo de su padre le provocó un espasmo, un primer orgasmo que le subió desde el ano y le hizo apretar a Gustavo con una fuerza que lo hizo gemir. Mateo, al verla estremecerse, también se vació en su boca, un líquido espeso que ella tragó sin dudar, los ojos cerrados, el cuerpo todavía convulsionando. 


—Quiero más —dijo Gustavo, retirándose apenas, su miembro todavía erecto—. Ahora de frente. 


Scarlett se giró, sus piernas largas abriéndose para recibir a su padre de nuevo. Gustavo la penetró por el ano otra vez, esta vez de frente, sus ojos oscuros clavados en los de su hija mientras la embestía. Ella le sostuvo la mirada, sintiendo cada centímetro de su miembro deslizándose en ese lugar prohibido que ya no le dolía, que ahora le daba un placer oscuro e intenso. Sus pechos rebotaban contra el pecho de su padre, sus pezones rozando su piel sudada. 


Mateo, mientras tanto, se había dirigido hacia su madre. Carla lo recibió de espaldas, a cuatro patas sobre la cama, sus pechos generosos —tan parecidos a los de Scarlett— colgando hacia abajo. Mateo la penetró con una fuerza que hizo que la cabecera de la cama golpeara contra la pared, un ritmo salvaje que arrancaba gemidos guturales de la garganta de Carla. Scarlett, mientras sentía las embestidas de su padre en su interior, giraba la cabeza para mirar a su hermano cogiéndose a su madre, y la visión le provocaba una excitación que no sabía que existía. "Esto es lo que me faltaba", pensó, el cuerpo ardiendo. "Esta conexión. Esta sangre. Esto es lo que los desconocidos no me podían dar". 


Buscó a Mateo con la boca, y él, sin dejar de penetrar a Carla, se inclinó hacia ella y la besó. Un beso profundo, lenguas que se entrelazaban, saliva compartida, mientras Gustavo la embestía desde abajo y Carla gemía a su lado. Los cuatro formaban un nudo de cuerpos empapados de sudor, de fluidos, de parentesco y deseo. Scarlett sintió que un segundo orgasmo se le acercaba, más intenso que el primero, una marea que le subía desde los pies y le contraía todos los músculos. Miró a su padre a los ojos, vio su propio reflejo en sus pupilas dilatadas, y estalló. 


—Papá… —gimió, la voz rota, y el orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica. 


Gustavo también llegó, por segunda vez, vaciándose dentro de ella con un rugido que hizo temblar la cama. Mateo y Carla, a su lado, también estallaron, un clímax compartido que llenó la habitación de gemidos y jadeos entrecortados. 


Los cuatro quedaron tendidos sobre las sábanas revueltas, los cuerpos entrelazados, el olor a sexo saturando el aire. Scarlett apoyó la cabeza en el pecho de su padre, sintiendo los latidos de su corazón que poco a poco se calmaban. Mateo la abrazó por detrás, su mano posándose sobre su vientre. Carla, desde un costado, le acarició el cabello rubio, todavía húmedo de sudor y de la ducha anterior. 


Nadie dijo nada. No hacía falta. Scarlett cerró los ojos y sintió, por primera vez en su vida, que estaba completa. No era el placer físico. No era el orgasmo. Era la pertenencia. La certeza de que su cuerpo no era solo suyo, sino de su familia. De que su placer no era solo suyo, sino de todos. De que el negocio, el sexo, la sangre y el dinero eran hilos de una misma trama, y ella, por fin, ocupaba su lugar en el tejido. 


Esa noche hizo el amor con su familia toda la noche, turnándose entre su padre y su hermano, guiada por las palabras susurradas de su madre, sintiendo que cada beso, cada penetración, cada gemido, era una pieza que encajaba en el rompecabezas de su vida. Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, se durmió acurrucada entre Gustavo y Mateo, las manos de Carla todavía enredadas en su cabello, y su último pensamiento antes de caer en el sueño fue: "Esto es lo que soy. Esto es lo que siempre fui. Y me gusta". 



Continuara... 

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