Secreto familiar: El negocio oculto de la familia — Parte 4

 


El viernes amaneció con una luz pálida que se filtraba por las cortinas de la habitación de Scarlett. Abrió los ojos despacio, la mente flotando en esa neblina tibia que precede al recuerdo. Parpadeó. El techo blanco, las paredes color crema, el aroma a jazmín del jardín que trepaba por su ventana. Todo en orden. Todo familiar. Y entonces, como un puñetazo en el estómago, el recuerdo de Anderson la golpeó. 


"Qué puta que soy. Me dejé coger por mi tío." 


Se quedó inmóvil, las sábanas revueltas alrededor de sus piernas largas. La frase rebotaba en su mente, filosa, acusadora. Pero lo que debería haber sido culpa, lo que debería haber sido vergüenza ardiente, se mezcló con algo más. Un calor húmedo que le bajó por el vientre, un cosquilleo en los pezones que se endurecieron bajo la seda del camisón. El recuerdo del miembro de Anderson abriéndola, la voz ronca llamándola "putita", le provocó una excitación tan inmediata como inconfesable. Cerró los ojos y apretó los muslos, sintiendo la humedad que ya se acumulaba entre ellos. "¿Qué me está pasando?", pensó, pero no quería la respuesta. 


Se levantó de un salto, como si el movimiento pudiera espantar los pensamientos. El baño privado de su habitación la recibió con el mármol frío bajo los pies. Abrió la ducha y dejó que el agua caliente le corriera por el cuerpo, por sus pechos generosos, por su cintura fina, por sus piernas largas. Se enjabonó con una lentitud que no era ritual sino evasión, los dedos resbalando sobre su piel como si intentaran borrar las huellas de la noche anterior. Pero cuando el agua se llevó la espuma, las huellas seguían ahí. No en la piel. En la memoria. 


Al salir de la ducha, envuelta en una toalla blanca, tomó el celular. Un mensaje de su abuelo la esperaba en la pantalla: 


—Después de vender el auto, te espero en mi oficina. 


Scarlett suspiró. Claro. El auto. El doble del precio. La transacción que había pagado con su cuerpo. Se vistió con una blusa de seda color marfil y un pantalón de vestir beige, un conjunto que le daba un aire ejecutivo que no sentía. Se maquilló apenas, lo suficiente para cubrir las ojeras de una noche que había sido más corta de lo que recordaba. 


Bajó a la cocina. Su madre, Carla, estaba sentada a la mesa de desayuno, una taza de café humeante entre las manos. Carla era una mujer de cuarenta y largos que había heredado los ojos verdes y la sonrisa amplia de la familia, pero en ella esos rasgos se habían curtido con una sofisticación de mujer de mundo. El cabello rubio, impecablemente peinado, le caía en ondas sobre los hombros. Vestía una bata de seda que se abría apenas sobre sus piernas cruzadas, dejando ver unas pantorrillas torneadas. Era atractiva de una manera consciente, trabajada, como si cada gesto estuviera calculado para agradar. 


Su padre, Gustavo, leía el diario en la cabecera. Un hombre robusto, canoso en las sienes, con la mandíbula cuadrada de quien nunca tuvo que pedir permiso. Apenas levantó la vista cuando Scarlett entró. 


—Buen día, preciosa —dijo Carla, su voz melosa—. ¿Llegaste tarde anoche? 


—Algo así —murmuró Scarlett, sirviéndose café. 


—Tu abuelo me comentó lo del auto. Qué bueno que te esté dando responsabilidades —Carla dio un sorbo a su taza, los ojos verdes clavados en su hija con una perspicacia que incomodó a Scarlett—. Pablo Ezequiel Lara no pierde el tiempo con cualquiera. 


Scarlett asintió en silencio. "Si supieras lo que tu padre me hizo hacer", pensó. "Si supieras lo que me gustó". El bocado de tostada le supo a cartón. 


Salió de la casa antes de que la conversación pudiera profundizar. El aire fresco de la mañana le dio de lleno en la cara cuando estacionó frente a la concesionaria de Anderson. Esta vez no era de noche. Esta vez no había penumbras cómplices. Todo era luz blanca, oficinas de vidrio, empleados que la saludaban con cortesía profesional. Anderson la recibió en su despacho con un traje impecable y una sonrisa que era puro borde de hielo. 


—Scarlett, qué puntual. Los papeles están listos. 


Ella se sentó frente al escritorio de caoba. Le alcanzaron una carpeta con documentos. Comenzó a leer, o al menos a fingir que leía. Anderson se colocó detrás de ella, supuestamente para señalarle dónde firmar. Su mano rozó su hombro. Un contacto ligero, casi accidental. Luego sus dedos bajaron por su brazo, un recorrido lento, deliberado, que le erizó la piel bajo la seda de la blusa. 


—Firmá acá —dijo Anderson, señalando una línea punteada con la mano izquierda mientras la derecha se posaba en su muslo. 


Scarlett sintió el calor de esos dedos a través de la tela del pantalón. Quiso decir algo, pero la voz se le atascó en la garganta. Anderson apretó suavemente, sus dedos subiendo centímetro a centímetro por la cara interna de su muslo, acercándose peligrosamente a la entrepierna. Scarlett firmó con un trazo tembloroso. Él no retiró la mano. Al contrario, la deslizó más arriba, el pulgar rozando el vértice de sus piernas, presionando apenas. 


—Acá también —indicó otra firma, y su otra mano se posó en su cintura, los dedos metiéndose bajo el borde de la blusa, tocando la piel desnuda de su cadera. 


Scarlett soltó un suspiro entrecortado. Siguió firmando, hoja tras hoja, mientras Anderson la tocaba con un descaro que la paralizaba y la excitaba al mismo tiempo. Para cuando terminó, estaba húmeda, la respiración acelerada, las mejillas encendidas. Se puso de pie con torpeza. 


—Bueno, ya está —dijo, la voz más aguda de lo normal. 


Anderson se inclinó para darle un beso en la mejilla. Sus labios rozaron su oreja, y en un susurro que solo ella pudo oír, dijo: 


—Espero pronto volver a escucharte gemir. 


Scarlett no respondió. Salió de la oficina con las piernas temblorosas, sintiendo el roce de su propia humedad al caminar. En el auto, apoyó la frente contra el volante. "Me mojé. Otra vez. Con mi tío. Otra vez". El pensamiento le quemaba y le gustaba, y ese gusto era lo que más le dolía. 


La oficina de Pablo Ezequiel Lara ocupaba el piso entero de un edificio corporativo en el corazón de Capital Federal. Scarlett llegó todavía con el cosquilleo en el cuerpo, pero lo disimuló con su mejor sonrisa profesional. Al entrar al despacho principal, notó algo inusual: el escritorio de Valery estaba vacío. La computadora apagada. La silla perfectamente alineada. "¿Dónde está Valery? Ella nunca falta", pensó, pero no tuvo tiempo de indagar. 


—Scarlett, pasá —la voz de su abuelo resonó desde la oficina privada. 


Pablo estaba sentado tras su escritorio de roble macizo, un mueble que parecía una extensión de su autoridad. No había ventanas detrás de él, solo una pared revestida de libros de economía, de esos que nadie lee pero que imponen respeto. 


—¿Tenés el dinero? 


—Sí, abuelo. Anderson pagó el doble. 


Pablo asintió sin sorpresa, como si ya lo supiera. Sus ojos recorrieron el rostro de su nieta con un escrutinio que la hizo sentirse desnuda. 


—En toda tu vida, lo único que has hecho es comprar ropa —sentenció, la voz plana. 


Scarlett bajó la mirada. Las palabras dolían porque eran verdad. ¿Qué había hecho ella además de gastar, de probarse vestidos, de acumular bolsas que luego olvidaba en el fondo del armario? 


—Pero yo te voy a ayudar a poner un gran local de ropa. Y vas a vender mucho. 


La cabeza de Scarlett se alzó de golpe. Una sonrisa, la primera genuina en días, le iluminó el rostro. 


—¿De verdad? 


—Yo nunca miento —dijo Pablo, y su tono era tan grave que sonaba a juramento—. Venderás mucha ropa de hombre. 


Scarlett frunció el ceño, la sonrisa tambaleándose. 


—¿No sería mejor vender ropa de mujer? Es lo que conozco, abuelo. 


—No —la palabra cayó como una guillotina—. Con el dinero del auto vas a invertir en un gran edificio. Ropa de hombre. 


Ella abrió la boca para argumentar, pero la cerró de inmediato. Contradecir a Pablo Ezequiel Lara era como escupir contra el viento. El hombre tenía décadas de experiencia en negocios, una fortuna que hablaba por sí sola, y una autoridad que no dejaba espacio para réplicas. 


—Lo que vos digas, abuelo. 


Pablo llamó a uno de sus administradores, un hombre calvo y obsecuente llamado Ramírez, que apareció en segundos con una carpeta llena de proyecciones financieras. Scarlett se quedó trabajando con él, los ojos brillándole de una ilusión que no había sentido en años. "Voy a tener mi propio negocio. Ya no voy a depender del dinero de la familia". Por primera vez, la venta del auto, el doble precio, la noche con Anderson, todo cobraba un sentido que justificaba cualquier medio. 


Mientras Scarlett se sumergía en planillas y presupuestos, Pablo salió de la oficina. Tenía otro asunto que atender. La casona familiar lo esperaba. 


Subió las escaleras de su hogar con pasos lentos pero firmes, los mismos pasos que habían recorrido esos pasillos durante más de cuarenta años. Abrió la puerta de su cuarto. Sobre la cama enorme, envuelta en las mismas sábanas con las que la había arropado la noche anterior, Valery todavía dormía. Su cabello rubio oscuro se desparramaba sobre la almohada como un abanico de ondas. Su rostro, relajado por el sueño, había recuperado la suavidad juvenil que la noche de excesos había borrado por unas horas. Respiraba despacio, el pecho subiendo y bajando bajo el edredón, ajena al mundo. 


Pablo se sentó en el borde de la cama. La observó unos segundos. Luego, con una mano, le apartó un mechón de la frente. 


—Valery. Despertate. 


Ella abrió los ojos celestes de golpe, como si emergiera de un agua profunda. Parpadeó, enfocó el rostro de su abuelo, y una sonrisa soñolienta le curvó los labios. 


—Hola, abuelo. 


Las palabras salieron suaves, casi infantiles. Pero antes de que el sonido se desvaneciera en el aire, los recuerdos llegaron. Como un aluvión. Las máscaras. Las manos anónimas. El miembro del primer desconocido abriéndola. Los dos hombres usándola al mismo tiempo, uno por la boca, otro por la entrepierna. El dinero cayendo sobre el escenario. Sus orgasmos, uno tras otro, como una letanía de placer y humillación. Su cuerpo desnudo siendo cargado por su abuelo. La cama. El sueño. 


—Levántate. Tengo que hablar con vos —dijo Pablo, y se incorporó, saliendo de la habitación sin esperar respuesta. 


Valery se incorporó con dificultad. Cada músculo de su cuerpo protestaba. Las caderas le dolían, las muñecas tenían marcas violetas, el sexo le ardía como una quemadura de sol. Se miró en el espejo del baño: tenía chupones en el cuello, moretones en los muslos, los labios todavía hinchados. "Soy un mapa de lo que me hicieron", pensó. Pero el pensamiento no era de horror. Era de curiosidad, casi de fascinación. 


Abrió la ducha del baño de su abuelo, un recinto de mármol blanco con una ducha tipo lluvia que le masajeó la espalda dolorida. El agua caliente le corrió por los moretones, por los pezones sensibles, por las nalgas duras que todavía guardaban el eco de tantas embestidas. Se enjabonó con un gel que olía a sándalo, el aroma de su abuelo, y sintió una extraña intimidad en ese gesto. Salió de la ducha, se secó con una toalla mullida, y se encontró sin ropa. La lencería blanca era un recuerdo roto en el piso del salón. Su camiseta y su short de gimnasio quién sabe dónde estarían. Abrió el armario de Pablo y tomó una camisa blanca, de esas que él usaba para las reuniones. Se la puso sin abrochar del todo, las mangas sobrandole varios centímetros, el dobladillo llegándole apenas a la mitad de los muslos. Nada más. Sin corpiño, sin tanga. Solo la camisa de su abuelo sobre su piel desnuda. 


Bajó a la cocina descalza. El mármol frío del piso le helaba las plantas de los pies. Pablo ya estaba sentado a la mesa, un café negro frente a él. Levantó la vista cuando ella entró y la recorrió con esos ojos que no delataban nada. Valery se sirvió café, se sentó frente a él, y bebió un sorbo. El silencio era un animal pesado entre los dos. 


—Cómo te usaron esos hombres anoche —dijo Pablo de repente, con la misma naturalidad con que habría comentado el clima—. Para muchas mujeres en el mundo, hacer eso es la diferencia entre comer y no comer. Pero vos no lo sabés, porque tenés una vida privilegiada. 


Valery sostuvo la taza con ambas manos. Las palabras de su abuelo le llegaban como piedras a un estanque, generando ondas que no sabía interpretar. "¿Solo fue una prueba más lo de anoche? ¿Un experimento para enseñarme algo?". Estaba confundida, pero debajo de la confusión, una parte de ella se rebelaba contra la pasividad. 


—¿Me tengo que sentir mal por ser privilegiada? —preguntó con una timidez que no era fingida. 


—Para nada —Pablo negó con la cabeza—. Pero tenés que entender el mundo para ganar dinero. 


"Entender el mundo". La frase le dio vueltas en la cabeza. ¿Qué mundo? ¿El de las máscaras y los billetes? ¿El de los cuerpos usados como moneda? No entendía, pero algo en el tono de su abuelo le decía que esa confusión era parte de la lección. 


—En tu vida, lo único que has hecho es ir al gimnasio —continuó Pablo—. Pero no es algo malo. ¿Te gustaría tener tu propio centro de entrenamiento? 


La pregunta la tomó por sorpresa. Su propio gimnasio. Su propio espacio. No más depender de mesadas, de herencias, de abuelos con caprichos oscuros. 


—Sí —dijo sin pensar, los ojos celestes brillando. 


—¿Venderías tu auto a cambio de un centro de entrenamiento propio? 


—Sí. 


Pablo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas una curva en sus labios finos, pero era más de lo que Valery le había visto en años. 


—Esta tarde te presentaré a uno de mis administradores. Se encargarán de todo. 


Valery terminó de desayunar con una alegría que le hacía olvidar los moretones, el ardor, las máscaras de la noche anterior. "Voy a tener mi propio gimnasio". La idea era un sol pequeño pero potente que le iluminaba el pecho. 


Horas más tarde, en un salón privado que la familia Lara usaba para sus reuniones íntimas, Pablo Ezequiel Lara se sentó en un sillón de cuero frente a sus dos hijas mujeres. El lugar era sobrio: paredes revestidas de madera oscura, una alfombra persa similar a la del comedor principal, una mesa baja con una botella de whisky y tres vasos. 


Carla, la madre de Scarlett, vestía un vestido negro ajustado, su cabellera rubia cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Sus ojos verdes, miraban a su padre con una mezcla de devoción y complicidad. A su lado, Violeta, la madre de Valery, era una mujer más menuda, con el cabello rubio oscuro recogido en un rodete flojo y los ojos celestes, herencia directa de su hija. Vestía una blusa de seda color vino y una pollera lápiz que le marcaba, miraban a su padre con una mezcla de devoción y complicidad. A su lado, Violeta, la madre de Valery, era una mujer más menuda, con el cabello rubio oscuro recogido en un rodete flojo y los ojos celestes, herencia directa de su hija. Vestía una blusa de seda color vino y una pollera lápiz que le marcaba las caderas. Ambas habían heredado la belleza de su madre fallecida, pero también algo más: una inclinación que solo su padre conocía. 


—Mis nietas tienen mucho futuro —dijo Pablo, sirviéndose un whisky. 


Carla alzó una ceja, una sonrisa pícara curvando sus labios. 


—¿Son muy putitas? 


Violeta soltó una risa suave, cómplice. 


—Si salen como nosotras, no hay duda —dijo, y sus ojos celestes buscaron los de su padre. 


Pablo sonrió. Fue una sonrisa de orgullo torcido, de satisfacción profunda. 


—Más que ustedes. 


Carla y Violeta se miraron. En esa mirada había años de historia compartida, de secretos susurrados en la oscuridad, de límites que habían dejado de existir mucho tiempo atrás. Sin necesidad de palabras, las dos mujeres se pusieron de pie. Carla se desabrochó el vestido negro, dejándolo caer al suelo con un susurro de tela. Debajo llevaba un conjunto de lencería roja, mínimo, que apenas contenía sus pechos generosos y marcaba sus caderas anchas. Violeta se quitó la blusa color vino, revelando un torso tonificado, sus pechos pequeños y erguidos apenas cubiertos por un corpiño de encaje negro. La pollera siguió el mismo camino, deslizándose por sus piernas estilizadas. 


Ambas se arrodillaron frente a su padre. Carla, siempre la más audaz, apoyó las manos en las rodillas de Pablo y lo miró a los ojos. 


—Vos nos hiciste putitas. 


Pablo rió, una risa ronca que le salió del pecho como un trueno lejano. 


—Ustedes nacieron así, mis lindas putitas. 


Las dos mujeres desabrocharon el cinturón de su padre con movimientos expertos, sincronizados, como si hubieran ensayado esa coreografía mil veces. La hebilla cedió con un clic metálico. La bragueta bajó. Carla extrajo el miembro de Pablo, ya semi erecto, y lo sostuvo con una veneración que tenía algo de ritual. Violeta se acercó también, sus dedos rozando la piel de su hermana mientras ambas comenzaban a trabajar. 


Carla fue la primera en tomar la iniciativa, deslizando su lengua desde la base hasta la punta, un recorrido lento y húmedo que provocó un suspiro profundo en su padre. Sus labios, pintados de carmín, envolvieron el glande con una suavidad experta, succionando apenas, mientras su mano masajeaba lo que su boca no podía abarcar. Violeta, a su lado, se inclinó para lamer los testículos de su padre, su lengua pequeña y precisa dibujando círculos sobre la piel arrugada, sus dedos acariciando el perineo con una presión que conocía de memoria. 


Pablo echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la mano derecha posándose sobre la cabeza de Carla, la izquierda sobre la nuca de Violeta. No necesitaba guiarlas. Ellas sabían. Llevaban más de dos décadas sabiendo. 


Carla intensificó la succión, su boca deslizándose arriba y abajo con un ritmo que arrancaba gemidos cada vez más profundos de la garganta de su padre. De vez en cuando se detenía, sacaba el miembro de su boca con un sonido húmedo, y lo golpeaba suavemente contra sus propias mejillas, contra sus pechos que se habían liberado del corpiño rojo en algún momento. Sus pezones oscuros rozaban la piel caliente de Pablo, y ella gemía con cada contacto. Violeta, mientras tanto, había subido su boca hacia la base del miembro, y ahora las dos hermanas se turnaban, una lamiendo la punta mientras la otra besaba el tronco hinchado, sus lenguas encontrándose a veces, un roce fraternal que tenía algo de incestuoso y algo de sagrado. 


El sudor perlaba la frente de Pablo. Sus dedos se enredaron en el cabello de sus hijas, apretando, tironeando apenas. Carla recibió el mensaje. Abrió la boca más, relajó la garganta, y dejó que su padre empujara hacia adentro, las lágrimas asomándole a los ojos verdes, pero sin detenerse, sin apartarse. Violeta se incorporó para besar el cuello de su padre, para morderle el lóbulo de la oreja, para susurrarle palabras que solo él escuchaba. 


—Somos tus putitas, papá. Siempre lo fuimos. 


El cuerpo de Carla se movía al compás de las embestidas de su padre, sus pechos balanceándose, sus caderas girando en el aire mientras seguía arrodillada. Violeta bajó de nuevo, sus dedos encontrando los pezones de su hermana, pellizcándolos, retorciéndolos con una crueldad suave que arrancaba gemidos ahogados de la boca ocupada de Carla. Las dos mujeres se tocaban entre sí mientras satisfacían a su padre, un trío de cuerpos que se conocían de memoria. 


Pablo sintió el orgasmo acumulándose en la base de su columna. Carla lo sintió también, en la tensión de los músculos de su padre, en el sabor más salado de su piel. Aceleró, su boca volviéndose un vaivén frenético, sus mejillas hundiéndose con cada succión. Violeta apretó los testículos de su padre, masajeándolos, empujándolo hacia el abismo. Y Pablo estalló, un rugido escapando de su garganta, vaciándose en la boca de Carla, que tragó sin perder una gota, los ojos cerrados, una expresión de éxtasis en su rostro. 


Las dos hermanas se quedaron arrodilladas, la respiración agitada, los cuerpos brillando de sudor. Carla se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano. Violeta apoyó la cabeza en el muslo de su padre. Pablo les acarició el cabello a ambas, un gesto de posesión y de ternura retorcida. 


Quedaron tirados en la alfombra persa, los tres cuerpos entrelazados, el olor a sexo llenando la sala. Para ellos era algo normal. Desde que Carla y Violeta tenían dieciocho años, su padre les había enseñado el verdadero placer junto a los negocios. Las había moldeado, las había entrenado, las había convertido en las mujeres que eran hoy: esposas de hombres ricos, madres de familia, y en la intimidad, las putitas de su padre. 


Afuera, en el mundo, Valery y Scarlett empezaban a caminar el mismo sendero sin saberlo. Una abriendo un local de ropa masculina. La otra soñando con un gimnasio propio. Ninguna sabía que esos regalos eran el anzuelo. Ninguna sabía que el verdadero negocio de la familia Lara no era la economía, ni las concesionarias, ni los edificios. Era el deseo. Y muy pronto, ellas también aprenderían.

 


Continuara... 

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